Nº 1134 -  21 / V / 2013 
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OPINIÓN

Oswaldo Payá: ¿accidente o asesinato?

Inocencio Arias
 

¿Por qué el régimen castrista iba en estos momentos a hacer titulares con una burda liquidación de un disidente político? No parece claro.

Oswaldo Payá era un disidente con una extendida reputación de honesto, patriota, que había rehusado exilarse y recibir subvenciones de Estados Unidos, una persona que incluso pregonaba que el embargo que Washington impone a la isla es un error. Por todas estas características, integridad, modestia, independencia, no era una figura cómoda para el régimen castrista pero a primera vista no resultan obvios los beneficios que el gobierno de La Habana obtendría con su eliminación.

Es probable que el régimen castrista no tuviera demasiados escrúpulor si hubiera que silenciar a un contrincante verdaderamente incordiante, que hiciera tambalear al sistema. Después de todo, para el castrismo un disidente es un ser literalmente despreciable, un anti cubano visceral, un gusano al que se puede humillar, vituperar y por el que no hay que tener mayor respeto. Los que se han marchado del paraíso comunista son, en consecuencia, la gusanera inmunda.

Ahora bien, Payá, a pesar de su buena fama, no presentaba mayores peligros para la estabilidad del régimen. Su reputación era buena pero restringida. Como decía hace un par de años un telegrama cifrado de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana(representación diplomática camuflada) y revelado por Wikileaks la oposición cubana no tenía las ideas claras y su influencia en los jóvenes y en las nuevas generaciones era bastante reducida. Los jóvenes cubanos estarán desencantados con el castrismo, que sólo hace pequeños cambios cosméticos, pero ninguna figura de la oposición, poco conocida, los galvaniza.

De otro lado, una muerte provocada chapuceramente por los servicios de inteligencia cubanos tendría un impacto negativo muy considerable en la opinión pública mundial que concluiría que el régimen castrista no tiene remedio de ningún tipo, es totalmente irrecuperable. Si la lamentable muerte de Payá ha tenido una repercusión extendida en nuestro país y suscitado rumores y sospechas de todo tipo imaginemos lo que sería si su deceso fuera, por la existencia de pruebas aplastantes, inequívocamente colgado en el debe de las autoridades de La Habana. El clamor duraría meses.

El joven español accidentado, y el sueco que viajaba también con Payá y que al parecer regresa muy pronto a Suecia, pueden arrojar luz sobre el suceso. Hay que ser, con todo, prudentes. Los castristas seguro que habrán hostigado bochornosamente a Payá en el pasado, han podido querer darle un susto en alguna carretera pero hacerlo desaparecer de la circulación con testigos parece un poco raro.

Nuestro Cónsul en La Habana ya debe conocer todo el meollo del asunto. Dentro de poco, lo sabremos todos. Hasta entonces, y aunque todo es posible, hay que ser cautos sobre las causas o la autoría.

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