Nº 1163 -  19 / VI / 2013 
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El clavo

¿Consumatum est?

José Luis Manzanares
 

Sólo desde el sectarismo, desde la ceguera o desde el pesebre puede discutirse que los actuales lodos de nuestra economía proceden en buena parte de los abundantes barros con que el último gobierno de Rodríguez Zapatero nos obsequió en sus últimos años. A riesgo de resultar cansino, no me resisto a recordar algunos de los mensajes triunfales de aquel tiempo perdido: habíamos adelantado a Italia, nos disponíamos a hacerlo con Francia, ganaríamos la Liga de Campeones y nuestro sistema financiero era el mejor del mundo. Después, cuando ya resultaba imposible negar la realidad de la crisis (palabra nefasta cuyo uso se castigaba con el calificativo de antipatriota), el ministro Sebastián decidió regalarnos unas bombillas chinas de bajo consumo, otro gurú redujo a 110 km la velocidad máxima en las autopistas y un tercero entendió que lo mejor era arreglar aceras y acondicionar polideportivos. Y el lector alargará sin mucho esfuerzo la lista de ocurrencias y/o (una concesión al progresismo gramatical) estupideces.

Quizá aún estuviéramos a tiempo de evitar el desastre cuando desde fuera de España pusieron firme a nuestro anterior presidente. Se cayó del caballo o, mejor, lo descabalgaron. Como en la canción cubana, llegó el comandante, o sea, Bruselas, Berlín y Washington, y mandó parar. Entonces nos aplicamos aquello del “digo” y del “Diego”, y dimos media vuelta para quedar bien, pero sin exagerar. Naturalmente, los sacrificios nunca gustan y, menos aún, cuando afectan a los intereses de, por ejemplo, nuestros bien subvencionados sindicatos, más preocupados por los trabajadores que todavía tienen trabajo que por los que ya figuran en las listas del paro.

Rodríguez Zapatero se limitó a tomar un par de medidas para intentar salir de la crisis sin esforzarse mucho. El resultado fue que su credibilidad cayó bajo mínimos y a nadie sorprendió que el líder del optimismo antropológico sufriera un duro descalabro electoral. Dimos entonces un suspiro de alivio puesto que el PP difícilmente podría gobernar peor. Tras un buen diagnóstico se nos aplicaría de inmediato el oportuno tratamiento. Se habían ido los curanderos y nos atendería un buen equipo médico. El paciente confiaba en un par de operaciones. Quizá el apéndice y algún quiste de poca importancia. Unos meses a régimen y la pesadilla habría acabado. Ni siquiera cuando los “populares” empezaron a quebrantar sus promesas electorales se les retiró el voto de confianza. Lo fundamental era corregir el rumbo. Mientras tanto, el otro gran partido, el PSOE, cuyos actuales dirigentes siguen siendo los culpables directos del desaguisado, encabeza una oposición que no aporta ninguna alternativa.

Últimamente, en pocas semanas, la situación se ha vuelto insostenible. Al retraso del PP en la elaboración de los presupuestos nacionales y en la adopción de dolorosas medidas antes de las elecciones andaluzas, poniendo los intereses partidistas por encima de los nacionales, se han añadido otras demoras en materias que requerían actuaciones rápidas. Se elevaron los impuestos (a los de siempre) y se dejaron para después -¿para cuándo?- la reducción de los gastos públicos, muchos de ellos absolutamente superfluos. O simples prebendas para los políticos de turno, sus familiares, amigos o simpatizantes, en la línea del más puro clientelismo. Ahí están los innumerables asesores, las empresas públicas deficitarias y, en primer término, el despilfarro –políticamente transversal- de las Comunidades Autónomas. Los deberes más incómodos quedan para mañana, mañana, mañana, Tarde o nunca, al hispánico modo.

Luego comprobamos que nuestros problemas financieros tienen como destacados protagonistas a muchas cajas de ahorro, más gestionadas con criterios políticos que económicos, convertidas en bancos a mayor gloria del partido gobernante en la correspondiente provincia o Comunidad Autónoma, pero con reparto de bien remunerados cargos para las demás formaciones políticas, sindicatos y asociaciones empresariales. El escándalo de Bankia y la petición de ayuda estatal por parte de la Comunidad de Valencia han sido golpes muy graves para la credibilidad del PP.

El balance final es desolador. Nos hemos quedado cortos con las reformas. La prima de riesgo de nuestra deuda pública se ha disparado. La confianza de los inversores extranjeros se agota. Y aquí continuamos jugando con las palabras y dando por ciertas e inminentes unas ayudas europeas cuyas condiciones aún desconocemos y que, en el mejor de los casos, podían llegarnos demasiado tarde.

Tal vez nos hayamos visto obligados a solicitar la intervención en toda regla antes de que se publiquen estas líneas. Sólo habría cogido desprevenidos a quienes confiaron cándidamente en los diagnósticos y pronósticos de unos responsables políticos y financieros que erraron una y otra vez, dicho sea cortesmente. La búsqueda de culpables fuera de España sería la última insensatez, porque los culpables de nuestra ruina somos nosotros mismos.

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