Parece mentira que el año pasado se publicasen en España más de 80.000 títulos. En un país que lee poco y en el que la cultura es un bien escaso, se edita como si fuésemos una gran potencia intelectual. Sorprende aún más que sea casi imposible encontrar algo apetecible que comprar. Bibliófilo compulsivo, mis tres o cuatro últimas visitas a librerías han sido algo más que frustrantes. Afortunadamente, siempre se puede volver a los clásicos, como “La feria de las vanidades” de Thackeray o los inagotables cuentos de Chejov.
Entre lo poco interesante que he encontrado en los últimos meses está “Las normas de la casa”, de Jodi Picoult, una de las escritoras que más libros vende en el mundo, aunque en el páramo español sea una casi completa desconocida. Este libro no es un best-seller al uso. Aunque se disfraza de novela policiaca, “Las normas de la casa” cuenta la vida de una familia donde Jacob, el hijo mayor, de 18 años, sufre el síndrome de Asperger.
Jacob, entusiasta de la criminología, se ve involucrado en un crimen. A partir de ahí, Picoult elabora un interesante retrato de una familia afectada por un síndrome absolutamente perturbador, de la hipócrita sociedad norteamericana y de cinco almas que prácticamente respiran ante nosotros. Magníficamente documentada, con grandes dosis de humor, con gran lirismo gracias a la espléndida traducción de Julio Hermoso, “Las normas de la casa” se lee con interés, deleite y una eterna sonrisa en los labios.
Heinrich Mann fue el hermano mayor de Thomas, el famoso de la familia. La gran ventaja del primero es que, aunque sus novelas sean terroríficos augurios de lo que vino a continuación, se disfruta con su lectura sin necesidad de agotadores esfuerzos de concentración. Ya mencioné aquí “El súbdito”, su novela más conocida. Acabo de leer “El profesor Unrat”, demoledor retrato de la sociedad alemana de principios del siglo XX, donde un misántropo convencido arrastra en su caída moral a toda una pequeña ciudad. Esta novela sirvió de modelo para “El ángel azul”, la película que dio conocer a Marlene Dietrich.
Por último, gracias a una buena samaritana, he vuelto a Hanif Kureishi, al que tenía olvidado. La novela que he leído se titula “Algo que contarte”, una gran broma que vuelve a mezclar blancos con indios en otra mordaz caricatura de la multirracial sociedad inglesa contemporánea. Con su habitual sentido del humor, siempre gamberro, explícito en lo sexual y subversivo en el mensaje, nos sumerge en la crisis que sufren diversos personajes en los albores de la tercera edad mientras se enfrentan a los fantasmas del pasado y a las incertidumbres del futuro. A la postre, los reivindicativos jóvenes de los 60 y 70 han devenido en una copia grotesca de sus padres.
En España se publican muchísimos libros. Quizás por eso cueste tanto encontrar algo de calidad, que andará por ahí oculto en medio de la jungla de libros infumables. Mientras, muchos autores que triunfan en el mundo aquí son desconocidos. Además, los precios son de otro universo. Luego se quejan de la enorme crisis que afecta al sector editorial, otro que quizás necesite un responsable ejercicio de autocrítica para comenzar a hacer mejor las cosas, lejos del despropósito generalizado que es el primero y principal de nuestros males.

Pablo Sebastián
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
Primo González
José Javaloyes
Juan Chicharro
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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