Nº 1135 -  22 / V / 2013 
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OPINIÓN

La impudencia

Javier Pérez Pellón
 

Arthur Schopenhauer, el filósofo alemán que como su connacional, la Señora Angela Merkel, no expresó nunca una gran simpatía por los habitantes de estas tierras, tocadas por la gracia divina del arte y del sol, decía que entre todos los pueblos de Europa los italianos representaban el ejemplo de “una perfecta desvergüenza” o, como quiere su traducción literal “impudencia”. Gustando mirar el lado positivo de las cosas, la cara optimista de la moneda de la vida, a mí este juicio me parece, ciertamente, un poco exagerado, pero, sin embargo, quien, como yo, vive, desde hace tiempo en este país, no puede por menos que preguntarse ¿dónde estaban, en los últimos treinta o cuarenta años, los actuales protagonistas de la escena pública italiana? ¿Qué hacían o decían, si es que hacían o decían algo? ¿Qué pasaba? ¿Eran, todavía tan niños cómo para estar aún tirando de las tetas de sus madres? ¿Quizás vivían todos en el extranjero ajenos a lo que sucedía en su patria? A mí me parece que no, porque la inmensa mayoría de estos redomados actores, protagonistas de la cosa pública, es la misma que conozco, desde hace treinta y cinco años, interpretando, mejores o similares papeles, con los que ya entonces pisaban las tablas escénicas de la política italiana.

Lo que sucede es que ninguno de ellos, ni por casualidad ni uno solo, se siente responsable de algo. Y me da por pensar que algo de razón habría que dar a Schopenhauer cuando lanzó, hacia los italianos su anatema de ser culpables de “impudencia” o “desvergüenza”.

Idénticas conclusiones a las que llega Ernesto Galli della Loggia, respetadísimo politólogo y editorialista del “Il Corriere dalla Sera” que en un reciente artículo de opinión en el diario milanés, se lamenta que nadie de los que vienen dedicándose a la política, desde hace tanto tiempo, se sienta, mínimamente, responsable de los desastres, grandes o pequeños que sean, que, como una red envolvente, tiene atrapada la vida social y la economía italianas. Desvergüenza, impudencia. La deuda pública está en crecimiento vertiginoso, el gasto público es el paradigma de despilfarro de todo tipo y medida, estamos de frente a una administración de ineficacia como no existe otra comparable en toda Europa. Asistimos al espectáculo escandaloso de como las profesiones liberales permanecen afincadas en un sistema oligárquico dependiente de los más túrgidos intereses corporativos. El reparto de puestos de trabajo y de intereses económicos se mueve según la lógica de pertenencia a un partido político o a otro. Percibimos, sin grandes esfuerzos de observación, como el Estado de bienestar, el llamado walfare, se ha construido para la tutela de los intereses de los más fuertes y que las redes y servicios se han organizado en forma oligo-monopolística y siempre en detrimento de los intereses del consumidor. Se termina aceptando, con resignación, un sistema bancario ineficiente acostumbrado a vejar a los clientes de buena fe y el que un buena parte de la industria privada esté, habitual y frecuentemente, alimentada por el Estado a fondo perdido. Es de común opinión el considerar a la justicia, uno de los pilares del Estado, como un organismo que cuenta con la desconfianza de la mayor parte de los ciudadanos y con sus cárceles que yacen en condiciones horripilantes olvidadas por la pública administración a pesar de las denuncias con que, diariamente, se expresan los medios de comunicación.

Este es el panorama auténtico y angustioso de la Italia de ahora mismo y de la que tanto se lamenta, con objetiva justicia, el editorialista de “Il Corriere dalla Sera”. Un panorama huérfano de padres ya que quienes lo han generado niegan hoy su paternidad. Todos inocentes. Comenzando por los partidos políticos que, hasta el mes de noviembre del 2011, han gobernado en el ámbito nacional y en aquellos otros locales y regionales. Aquellos partidos, una entera legión de hombres y mujeres, que, como mínimo, en los últimos treinta años, han tomado las decisiones que hoy, todo el mundo considera casi siempre como equivocadas, sin preocuparse del mañana sino, solamente, del consenso electoral que podía derivarse en beneficio personal o de su propio partido. Partidos y sus representantes en el Senado y en la Cámara de Diputados, con nombres propios, que han aprobado gastos absolutamente desconsiderados y leyes absurdamente pensadas y aún peor aplicadas una vez entradas en vigor.

Por no hablar de los sindicatos, propugnadores habituales de vínculos asfixiantes, sobre todo en el personal de la pública administración, sostenedores implacables de organismos fuera de la realidad y siempre hostiles al mérito y a la eficiencia en el trabajo.

Pero no todo termina aquí, pues en la caldera de los desaguisados habría que incluir el sistema de información. Por demasiado tiempo la llamada información independiente se ha mostrado excesivamente indulgente hacia el poder político y económico y hacia sus representantes. Y no sólo eso: ha exhibido, a priori, demasiado respeto hacia los tabús culturalmente consagrados, hacia tantas discutibles pretensiones y derechos de los diversos cuerpos del Estado. Igual indulgencia, idéntico conformismo que ha tenido la información ideológicamente orientada.

Como dice Ernesto Galli della Loggia “en la Italia que hoy cuenta estábamos todos los que hace treinta años habíamos ya cumplido la mayoría de edad. Cada uno de ellos con su parte grande o pequeña parte de culpa, aunque muchos traten de fingir que lo han olvidado. Los italianos, en su gran mayoría, implicados, de mil maneras, en subyugar una minoría de auténticos pobres y sin derecho alguno que los asista”. Esa mayoría, todos electores, entre los que se cuentan los evasores fiscales, los inválidos fingidos, los pensionistas “fantasmas”, los beneficiarios de condenaciones en la construcción de viviendas abusivas, los impenitentes viajeros hacia los paraísos vacacionales de las islas encantadas de la Polinesia y de la Micronesia. Y todo a costa de la “generosidad” de un Estado que debería sentirse avergonzado y estafado, algo que no sucede porque forman parte de una grande o reducida corporación de privilegiados. Más o menos los mismos de los que hoy intentan recitar el papel de superindignados contra la “casta”.

Quizás no debería decirlo, porque me faltan datos objetivos para comprobarlo, pero mi olfato me indica que, actualmente, existe una cierta similitud entre la catastrófica situación italiana y la española. La “golfería” despepitada es una característica, de indeleble raíz genética, mezclada entre otras muchas cosas buenas, de los pueblos levantinos.

Y todo, volviendo a Italia, – quien quiera comparación con España que la haga – , porque el máximo obstáculo que paraliza este país y que le impide volver a caminar, como Dios manda, es su mala conciencia: el olvido generalizado y autoabsolucionista de la sociedad en general y de la falta de la más mínima autocrítica por parte de los partidos políticos que los hace, cada vez, menos creíbles en sus propuestas de futuro. Mal endémico de quienes perorando, a través de vacuos discursos, sobre los beneficios del sistema democrático, en realidad se comportan como absolutistas oligárquicos.

Pero, en este país que es Italia nunca ha faltado “el hombre de la Providencia”, como dijera el papa Pío XI de Mussolini 11 de febrero de 1929 con ocasión de la firma de los Pactos Lateranenses entre el Reino de Italia y la Santa Sede, que reconocían la soberanía territorial e independencia del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Este nuevo “hombre de la Providencia” se siente hoy encarnado, al menos él se lo cree, y acompañado en esa misma fe por algún millón más de los que le dan las encuestas oficiales, por la joven promesa política italiana de Silvio Berlusconi que, a bombo y platillo, ha ya anunciado su retorno, nunca se cortó la coleta, al vertiginoso ruedo de la “politichese”, el neologismo utilizado por la gente, el ciudadano de a pie, para indicar el ampuloso, falso, incomprensible e inútil lenguaje empleado por los profesionales de la política.

Silvio Berlusconi vuelve a la política activa porque “no desea, – según sus últimas declaraciones a una revista alemana – , una Europa germanizada sino una Alemania europeizada”. Bajo este eslogan, más o menos acertado, pero, seguramente eficaz, el Berlusca esconde sus propios y auténticos objetivos: no perder el consenso que, sin duda tiene, entre una clase empresarial a la que mimará con cuidado procurando no tocar sus intereses y el mundo de la información, sobre todo televisiva, donde il “Cavaliere”, tiene depositada su influencia y un ingente capital. Un mundo, este de la televisión, cambiante y que puede dar sorpresas en favor de las digitales terrestres y de internet.

Berlusconi se presentará, pues, como “premier” a las elecciones del 2013. Para entonces el joven candidato a guiar, en caso de victoria, los destinos de Italia hasta el 2018, habrá cumplido ya los 77 años de edad. Ha nacido en Milán el 29 de septiembre de 1936 ¡Qué Dios nos ampare! ¡Qué Dios ampare a Italia y a Europa!

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