El curso académico se acaba y con el termina mi Presidencia del Instituto Universitario Europeo. Mientras, Florencia se cuece bajo ese sol de la Toscana que atrajo aquí a los artistas, turistas y amantes anglosajones deslumbrados por su belleza. La Fundación Strozzi acoge en su magnífico palazzo la exposición “Americani in Firenze” para recordar a los pioneros que llegaron a finales del siglo XIX y dejaron aquí su huella artística.
No son huellas artísticas lo que le falta a esta ciudad, prototipo del museo a cielo abierto habitado por una población envejecida que se resiste a entender los nuevos tiempos, que es como los asiáticos definen a Europa.
Pero los italianos están más preocupados por la crisis económica que por su pasado artístico. Moody’s acaba de degradar de nuevo la nota del país, el crecimiento será negativo en torno al -2 %. Monti sigue explicando la necesidad de los ajustes con mas pedagogía que Rajoy en España. Pero en Roma y en Madrid enfrentamos el mismo problema de la falta de crecimiento sin el cual no será posible cumplir los compromisos que nos pide Europa.
Desde Florencia he seguido la intervención de Rajoy en el Congreso explicando esos ajustes en el gasto público y la subida de impuestos, IVA incluido. Era imposible sustraer el recuerdo a lo ocurrido el 10 de mayo del 2010 cuando Zapatero presento sus ajustes y el PP los rechazo calificándolos de antisociales. Se aprobaron por solo un voto de diferencia. Ahora Rajoy esta en el papel de Zapatero, suministrando dos tazas de la misma medicina y la oposición socialista se opone calificándolos de antisociales. ¿Sera verdad que en las actuales circunstancias los pueblos pueden cambiar de gobierno pero no pueden cambiar de política, porque las políticas nos las dictan desde fuera?
Si hace dos años el PP hubiera conseguido rechazar los ajustes de Zapatero, nos hubieran intervenido entonces. Y ahora nos intervienen aunque se aprueben los ajustes de Rajoy. En mi anterior crónica decía que estábamos estrechamente vigilados, pero los acontecimientos van tan rápido que una semana después ya hay que decir que estamos de facto intervenidos.
Ha acabado ocurriendo lo que Zapatero tanto temía y procuró evitara a toda costa: la intervención financiera del país y la pérdida de soberanía que ello implica. Las medidas de política económica que Rajoy acaba de anunciar le han sido tan impuestas como a Zapatero entonces. La única diferencia con Grecia, Irlanda y Portugal son las formas. Era inevitable y hasta se podría considerar necesario si eso nos asegurara al menos una financiación más barata y segura.
Pero esa diferencia formal implica una gran diferencia en las consecuencias financieras de la intervención. Esos países están sometidos a una dura condicionalidad y una estrecha vigilancia, más o menos como nosotros, pero tienen la financiación asegurada en condiciones aceptables, mucho más baratas que las que el mercado estaba dispuesto a concederles. Pero nosotros seguimos teniendo que financiar nuestro déficit publico acudiendo a esos mercados que nos siguen pidiendo cerca del 7 % de interés por el bono a 10 años, el valor límite que marco la frontera de la intervención para Grecia y su exclusión de los mercados financieros.
A ver si va a resultar que nos hemos quedado en el peor de los dos mundos, intervenidos pero no financiados. Con la política económica dictada desde Bruselas pero siguiendo tener que ir a conseguir financiación a un precio insostenible. Es posible que eso convenga a nuestros socios europeos porque los fondos de rescate no tendrían capacidad para financiarnos directamente, pero es un precio muy alto para mantener la apariencia de que no nos han intervenido.
Sobre nuestra situación nadie se llama a engaño. Desde luego no lo hace Nouriel Rubini que en los actos de fin de curso no desmereció su fama de profeta del fin del euro. Como tampoco los asistentes al seminario sobre “El euro y la economía internacional” que Robert Mundell, el Premio Nobel de Economía autor de la teoría de las zonas monetarias óptimas, organiza en su casa, en realidad un palacio renacentista de varios miles de metros cuadrados rodeado de jardines en un pequeño pueblecito cercano a Siena, para celebrar sus superactivos 80 años.
El valor añadido de ese seminario entre amigos, unas 50 personas, es la variada procedencia de sus participantes y sobre todo la presencia de representantes del mundo financiero político y académico del sudeste asiático.
Así, después de cuatro días de intenso aprendizaje sobre las venturas y desventuras del euro, uno debería sentirse más capaz de vislumbrar la salida a la crisis. Pero no, más bien la tormenta de ideas provoca más confusión que claridad sobre el way out de una situación que se complica cada día más desde que Papandreu ganó las elecciones en Grecia, de eso hará pronto ya tres años.
Casi todo lo que se propone y que sería razonable hacer, desde un papel más activo del BCE a un Presupuesto europeo de tipo federal, parece políticamente imposible. La situación la resume bien uno de los contertulios chinos de Mundell al decirnos que los europeos nos hemos embarcado en la aventura del euro sin prever sus posibles derroteros y sin los instrumentos necesarios para salir de una zona tormentosa como la actual.
Los no europeos que nos miran tratando de entender nuestros complejos procedimientos creen que esta crisis es solo el primer acto de una crisis profunda de las sociedades occidentales que se enfrentan a una globalización que ya no controlan.
Desde la guerra del opio hasta la crisis del euro, el mundo ha empezado a volver a donde estaba antes de la revolución industrial. Y los europeos todavía no nos hemos dado cuenta, inmersos en nuestras peleas de campanario, como las que oponían a sieneses y fiorentinos cuando ese palacio fue construido.
Puede que tengan razón y que necesitemos un sobresalto. O puede que no. La historia está por escribir y a ella nos hemos asomado desde Florencia y Siena, intentando imaginar el camino que va a seguir. Pero a la vista de lo que ocurre, se comprende el pesimismo sobre la capacidad de Europa de superar sus contradicciones entre una moneda única supranacional y la continuación de las demás políticas económicas sobre la base de los antiguos Estado-nación.
Los anglosajones son muy escépticos acerca de nuestra capacidad de hacer lo que decimos que estamos dispuestos a hacer para salvar el euro, es decir más integración fiscal, financiera y por ende política. Y los asiáticos no comprenden como el problema de un pequeño país, Grecia, ha hecho tambalear los cimientos de nuestra unión monetaria.
Pero siempre nos quedara el David en la Piazza de la Segnoria.