Nº 1138 -  25 / V / 2013 
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Espacio de batientes

Siria, masacres y geopolítica

José Javaloyes
 

Cuando el balance de la represión ronda las 20.000 víctimas mortales y el número de heridos rebasa con creces ese mismo techo, carece de sentido pararse en el debate de si lo que allí ocurre eso deja de ser una guerra civil, puesto que todo conflicto de tales características siempre supone el enfrentamiento entre dos partes y nada tiene que ver con ello la carnicería perpetrada por el Gobierno de Damasco contra la disidencia político-religiosa, rayana poco menos que en el genocidio en medio de la inoperancia diplomática y política de las instituciones internacionales. Especialmente por parte de la ONU, cuyas limitaciones estructurales y funcionales expresan por ellas mismas todo un alegato contra su utilidad.

Obviamente, ante las propias lamentaciones del secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, por el fracaso en las mediaciones de su sucesor Kofi Annan, cerca del autócrata Bashar Al Assad, el problema, en términos diplomáticos, no estriba en otra causa que en el bloqueo ruso-chino dentro del Consejo de Seguridad. Una situación que impide toda medida suficiente para detener la máquina de guerra contra cada uno de los espacios urbanos donde, alternativa y sucesivamente, afloran los focos de resistencia y, entre tanto, son más sonadas las defecciones de personalidades del régimen sirio; entre ellas, la del embajador sirio en Bagdad y nombres de las jerarquías militares definidas biográficamente por sus servicios históricos al régimen de Damasco, como el general Manaf Mustafá Tlas.

Tan graves y brutales han sido los últimos episodios represivos que la propia diplomacia rusa se ha visto forzada a condenar lo sucedido con la muerte de 200 personas en el último bombardeo contra la resistencia. Pero ello, como en ocasiones anteriores, sólo han sido gestos para la galería. Maniobras retóricas practicadas para enmascarar una política formalmente insostenible, materialmente estribada en las defensa de la ya menguada presencia geopolítica rusa en las aguas calientes del Mediterráneo oriental y del suroeste asiático. De una parte, sus bases navales de Tartus y Lataquia, en Siria; y de otra, mediante la cobertura diplomática a Irán, también compartida por China, en la cuestión del programa nuclear de la República Islámica.

Un escenario y otro componen las motivaciones de fondo, de estricta condición geopolítica, que llevan a que la alianza ruso-china venga a bloquear toda acción internacional suficiente para detener las masacres contra la mayoría suní de la población siria desde la minoría alauí: entroncada con el chiísmo ahora gobernante en Iraq, al que por su parte hostiga el terrorismo de Al Qaeda, y con el de Irán, de específica sintonía histórica con Rusia, y de oportunismo y conveniencia con China, tan cuidadosa en preservar su estatus de privilegiado cliente en la compra de petróleo. Cosa que ahora se desdobla en simbiosis de doble dirección, al absorber una parte significativa de los flujos de petróleo iraní afectados por el embargo comercial a las exportaciones de Teherán, impuesto como añadida sanción por causa del programa nuclear.

La danza de los problemas geopolíticos, en fin, es la determinante del bloqueo internacional en el Consejo de Seguridad de la ONU a las sanciones suficientes sobre Damasco, por causa de sus inmisericordes masacres contra los disidentes políticos. Junto al interés chino en el petróleo persa, Rusia, como digo, se aferra con uñas y dientes a su instalación en los referidos puertos sirios, de importancia crítica para su presencia en el Mediterráneo oriental, especialmente desde que la caída del naserismo arrastró su implantación en Egipto luego de que Estados Unidos, con Eisenhower en la Casa Blanca y Foster Dulles en el departamento de Estado se negaran a financiar la presa de Assuan.

Utilizando la ventana de oportunidad que aporta a Washington la victoria electoral de la Fraternidad Musulmana en Egipto – que objetiva y sectariamente favorece a la resistencia suní de Siria -, la diplomacia de Washington se ha movido muy significativamente por El Cairo con la visita de Hilary Clinton, secretaria de Estado, mediante alternativos encuentros con el presidente Mursi y con el mariscal Tantaui, mando supremo de la Junta Militar. Uno y otro, los dos polos de poder egipcios tras de las elecciones presidenciales, ahora enfrentados nuevamente a propósito de la rechazada disolución, por el Tribunal Constitucional, del Parlamento elegido en las elecciones del pasado invierno.

Militares e islamistas, son los dos poderes históricos en Egipto, pero tanto unos como otros resultan ahora para Washington merecedores de la misma atención e idéntico cuidado político. La necesidad norteamericana viene definida por la preservación dentro de su propia órbita del país de los faraones y, en idéntica medida, fuera de la influencia rusa en el Mediterráneo, ahora reducida, en el extremo oriental de este mar, a su instalación en Siria. Por eso mismo, Estados Unidos no sólo mantiene la asignación anual dispensada al régimen de Mubarak, sino que la señora Clinton ha dejado en El Cairo el mensaje de que incrementará la subvención casi en otro tanto.

Todos los esfuerzos son pocos para la primera potencia mundial con tal de que el relativamente nuevo Egipto mantenga con Israel el mismo esquema de relación que el suscrito en su día con el presidente Anuar el Sadat – que reconoció al Estado judío -, asesinado por los ahora vencedores en las elecciones judías.

En fin, la coalición ruso-china, al servicio de la ambición rusa en las aguas calientes del Mediterráneo, bloquea la intervención internacional contra las masacres del Gobierno de Damasco; pero la diplomacia norteamericana parece conseguir en Egipto el bloqueo indefinido de todo regreso y cualquier progreso a una presencia e influencia mayores de la Federación Rusa en el Mar Mediterráneo. Dentro de tales pretensiones anida la tragedia de la disidencia siria, deslumbrada en su día por los resplandores de la primavera democrática en el mundo árabe.

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