Jens Weidmann, un cuarentón con aspecto de haber sido siempre el primero de la clase, fue durante mucho tiempo uno de los principales asesores económicos de Angela Merkel. Desde mayo del año pasado es presidente del Bundesbank y, como para dar imagen de su actividad, en su tiempo de mandato ya ha conseguido, sin mayores alborotos, reducir en un cinco por ciento la abultada nómina del banco central de la República Federal de Alemania. El equivalente de nuestro Banco de España, pero con más independencia respecto al Ejecutivo, más autoridad en el sector financiero en el que actúa y, de hecho, el más influyente del sistema que integran los bancos centrales de los distintos Estados de la Unión.
Cuando habla el joven Weidmann nunca se sabe si lo hace por su cuenta, como destilación de su propio pensamiento, o si actúa como recadero de Merkel. Tampoco importa mucho averiguarlo. Hay entre ellos, en lo que a la economía europea respecta, una suerte de unión hipostática como la que mantiene unidas a las tres personas de la Santísima Trinidad en un solo Ser, un dogma que suelen compartir, menos los Testigos de Jehová y alguna otra confesión menor, casi todas las iglesias cristianas.
Weidmann, con sabiduría propia de un octogenario, tiene dicho algo que resulta científico y que le cuadra a nuestro caso particular con la precisión con que la sombra sigue al cuerpo que la produce: “Los balances de los bancos son el reflejo de la economía general de un país”. Es algo que debieran inscribir en bronce sobre piedra Pedro Solbes y Elena Salgado y, por si acaso, Cristóbal Montoso y Luis de Guindos. Puestos a ello también resultaría didáctico – para los ciudadanos más que para los titulares – una edición en grageas de calibre escaso, no perjudicial en el tracto digestivo, para administrárselas a Miguel Ángel Fernández Ordóñez, el más irresponsable y menos independiente de cuantos gobernadores ha conocido el Banco de España desde que Ramón de Santillán fuera, en 1856, el primer responsable de tan distinguida institución.
Si lo que dice Weidmann es una opinión personal, un desahogo de fin de semana, puede seguir, como la limeña de Chabuca Granda, derramando lisuras y yendo y viniendo del puente a la alameda; pero él, que antes de fraile en el Bundesbank fue cocinero en el Banco Central Europeo, ha matizado con alarmante claridad que España debiera solicitar, además del programa específico de ayuda a la banca, un rescate del conjunto de la economía española.
Aunque la experiencia canicular nos enseña que es en verano, siempre en tiempo de vacaciones, cuando el monstruo del Lago Ness, el más célebre de los escoceses, hace sus apariciones, quizás para compensar la escasez informativa de la temporada, lo que resulta inquietante es que, aún valorando el desdén y la lentitud del Gobierno de Rajoy en materia de información, ningún miembro del Gabinete, ni del partido que lo sostiene, haya salido a la palestra para negar la sugerencia de Weidmann o, por lo menos, matizarla de un modo adecuado y procedente.
Previamente, como si fuese un redoble de tambor para fijar la atención sobre su anuncio, el joven y solvente Weidmann matizó, ante un auditorio cualificado y numeroso, que las medidas anunciadas por el Gobierno de España demuestran una voluntad clara de profundizar en la solución de los problemas pendientes. Esos problemas no son solo financieros. Así que verde y con asas, alcarraza. No desechemos el clasicismo aunque solo sea para gozar de un trago de agua fresca.
Mariano Rajoy, mientras estos dimes y diretes volaban por las cancillerías europeas, estaba dedicado, más que a recibir presiones ajenas, a impulsar las suyas propias. Los líderes continentales son así.