Rajoy no se esperaba este cuadro económico que nos agobia, aunque era previsible; tampoco Zapatero podía creerse, en mayo del 2010, que le tocaba el papel que interpretó a su pesar. Ambas situaciones forman parte del problema, jefes de gobierno, presuntos líderes, que van a rastras de los acontecimientos y tienen que hacer lo que no forma parte de sus convicciones. Rosa Díez le dijo a Rajoy, ¿han gastado ustedes alguna hora en hablar con los demás grupos políticos, usted o un director general, para componer estas medidas? No es una reflexión baladí; el Gobierno está entregado a Bruselas, y es lógico, pero ha olvidado que además tiene que convencer, alentar, implicar a los ciudadanos e incluso a sus adversarios políticos.
No parece que Rajoy vaya a dedicar horas a la oposición, ni siquiera a socialistas y nacionalistas que suelen formar el núcleo de gobernación estable. No le hace falta, goza de mayoría suficiente y no precisa de más apoyos. No le vendría mal sumar voluntades y complicidades, siquiera parciales, incluso aunque no sean imprescindibles. Se puede prescindir de todos los demás cuando el plan está claro y la ejecución tiene garantías. Pero no parece que la cosa esté clara, especialmente cuando el presidente se ampara en que no le queda más remedio; un argumento pobretón, decepcionante, nada movilizador.
El Gobierno ha puesto sobre la mesa “un paquetón”, cuantificado en 65.000 millones para 30 meses, más de doce mil al semestre. Y además un lote de reformas estructurales de esas que van mareando los sucesivos gobiernos desde hace décadas, muchas de ellas contenidas en aquellos tomos azules (¿cuatro?) que propuso el Tribunal de la Competencia que presidió Miguel Ángel Fernández Ordóñez veinte años atrás.
Lo concreto son las medidas fiscales, todas ellas para recaudar por el procedimiento de subir los tipos impositivos, especialmente indirectos, que son los que recaudan de inmediato. Es el camino más efectivo pero no necesariamente el más eficaz ya que produce efectos secundarios imprevisibles. El nuevo IVA plantea incertidumbres peligrosas y acaba con otra de las armas de reserva que estaban en el almacén.
Las medidas de ahorro de gastos van por dos niveles: es efectiva la rebaja de salarios a los tres millones de funcionarios, más de 4.000 millones este año; pero también tendrá consecuencias confusas. El resto son recortes oportunistas que siempre tienen la misma música, menos, menos, menos… para los mismos.
Pero no hay reformas de calado, regeneración política, estímulo moral, compromiso ciudadano. El discurso dice “más Europa”, que es mucho, pero que puede no decir nada, palabras vacías. Podían haber planteado “más democracia”, “más trasparencia”… pero eso no preocupa. España tiene un problema de endeudamiento, pero también de crisis institucional, carencia de moral política. Y de eso nada. El Consejo del Poder Judicial sigue en sus egoísmos insoportables, la estrategia antiterrorista es confusa, equívoca, y el modelo territorial sigue pendiendo de un hilo sin que nadie se decida a hablar en serio.
Rajoy está desbordado, demasiado arroz y poco pollo. Ha hecho un catálogo bastante completo de medidas, ha puesto casi todo en la perola, incluso espera que las soluciones vengan de fuera, pero no tiene proyecto ni receta y lo más probable es que el guiso salga mal.
fgu@apmadrid.es

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