Nº 1131 -  18 / V / 2013 
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Retablos financieros

El mando a distancia

Primo González
 

El programa de trabajo que ha presentado Mariano Rajoy este miércoles en el Congreso es posiblemente lo más parecido al programa electoral que cualquier persona con sentido común y unos mínimos conocimientos de economía habría presentado para optar a la confianza de los ciudadanos en las elecciones de noviembre del pasado año, las que ganó el PP por mayoría absoluta, aunque prometiendo hacer todo lo contrario de lo que ha dicho este miércoles el señor Rajoy en el Congreso. Se puede contraargumentar que si Rajoy hubiera dicho en la campaña de noviembre de 2011 todo lo que ha dicho este miércoles no le hubiera votado nadie, ni siquiera algunas dirigentes del partido (Aguirre y Barberá se han explayado en reproches en las últimas horas a su jefe de filas). Y es posiblemente verdad. No hay casi nadie tan ingenuo como para suponer que los programas electorales expresan las intenciones de los candidatos ni casi nadie tan osado que piense que los programas están para cumplirse. Faltaría más, hasta ahí podríamos llegar.

¿Se puede decir entonces que la política, al menos en España, es el arte de mentir y hacerlo con la mayor maestría del disimulo y la doblez? Es legítimo peguntarse cuál de los dos rajoys es el bueno y verdadero, el que deambulaba camino de La Moncloa, con paso firme, allá por el otoño de 2011, seguro de que la mayor máxima de su programa era decir lo menos posible para no delatarse antes de tiempo o este otro que pregona con seriedad y firmeza imperturbables “lo que hay que hacer”, ahora que está en el poder. Difícil saberlo. Lo más preocupante es que ni el propio interesado debe tenerlo muy claro. Ni él ni quienes le rodean.

Una de las preguntas pertinentes es por qué Rajoy ha tardado siete meses en cantar las verdades, en exponer sus convicciones, en desplegar todo el abanico de posibilidades para salir de una crisis que ciertamente en noviembre del año 2011 ya había mostrado todos sus pliegues. La conclusión fácil es decir que ni Rajoy ni Zapatero han sido capaces de entender la crisis. Es decir, no han tenido la menor posibilidad de ponerle remedio. Y sus colaboradores más directos puede que estén en la misma onda, aunque los dos líderes son responsables de haberles elegido. Han elegido, por lo tanto, de forma errónea, no han dado con las personas adecuadas.

Suárez tuvo a Fuentes Quintana (proporcionó el armazón conceptual) y a Abril Martorell (lo aplicó a su manera). Felipe González tuvo también su pareja de rigor (Boyer, brillante autor del diseño, y Solchaga, ejecutor, aunque con revisiones). Aznar lo tuvo todo en una misma pieza, Rato, y no le fue mal, además de salirle más barato. Zapatero no ha tenido ni lo uno ni lo otro, posiblemente porque en su ignorancia y en desgraciado uso de sus muchas limitaciones intelectuales nunca llegó a entender que no tenía idea de economía ni ganas de arreglarla, dada la complejidad del asunto y los malos precedentes de la etapa final de González, cuando no hubo forma de que la familia socialista pusiera de acuerdo a expertos, políticos y sindicalistas. Ahora estamos en la etapa de Rajoy y llevamos camino de reeditar la experiencia Zapatero, es decir, desaprovechando las experiencias positivas que nos dejaron los Gobiernos de la Transición. Ya, de entrada, el hecho de que Rajoy declarase al principio de la legislatura que no nombraría un vicepresidente económico, que para eso estaba él, fue toda una declaración de principios a la que casi nadie dio la suficiente importancia pero que, vista con la perspectiva de apenas siete meses, es para echarse a temblar y desde luego para explicar lo sucedido. A diferencia de Gobiernos anteriores, en este no hay ni cabeza pensante ni gestor avezado.

A diferencia de etapas anteriores, el “sabio” de la economía española está ahora en Bruselas. No es de la casa. Conduce esto de España con el mando a distancia. Carece, por lo tanto, de la sensibilidad de un político de raza y actúa con la sabiduría convencional y de manual de los tecnócratas de las grandes instituciones supranacionales, que tantos cadáveres han dejado sobre la mesa de la historia económica reciente. Rajoy se limita a seguir las directrices que le transmite el recadero, en este caso Guindos. Al menos, Italia ha contratado a uno de la casa, experto en pasillos y en intrigas de la organización supranacional, la UE, en cuyas manos, queramos o no, nos encontramos ahora mismo. Quizás sea un consuelo: siempre será mejor que tener a Zapatero. Y siempre será más eficaz que dejar sólo a Rajoy. Los del mando a distancia no han sido elegidos por nadie, ningún español ha depositado su confianza en ellos. Pero ahora mismo guían a nuestros representantes, se supone que por el buen camino.

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