Los del Gobierno intentaban vender que la ayuda europea era “buena, bonita y barata”; el ministro insistía en que los plazos son largos larguísimos, y los tipos, buenos, buenísimos. El presidente se iba a entregar por enésima vez el dichoso código de las esencias patrias al obispo de Santiago. Mientras en Bruselas escribían el MoU, el contrato que va a regir la reforma del sistema bancario hispano y algo más. Son veinte folios intensos de exigencias, plazos, detalles que debe poner en práctica el Gobierno, con soberanía plena, ¡cómo no!, pero con disciplina prusiana.
Lo que imponen los de Bruselas no es sorprendente, podía ser mucho más exigente. Pero si es contundente y claro. Si los del Gobierno hubieran andado más listos (estos y los anteriores), podían haber aplicado por propia voluntad la mayor parte de las exigencias que ahora vienen escritas en inglés. “Tarde, mal y a rastras” sentenció Rajoy tras el estallido de Bankia (que fue la prueba decisiva para perder la división y la autonomía). Tenía toda la razón, dio en el clavo.
A rastras hubo que pedir ayuda (no digo rescate) y a rastras llegamos a este MoU que deja la soberanía en suspenso, en el almacén de los trastes viejos. Hace pocos años los 400 funcionarios que forman la inspección del Banco de España eran los mejores del sector, exportables, “la roja” de la supervisión, sopas con onda a los franceses, los británicos y los alemanes.
Pero nada dura eternamente, ni la mejor reputación, se pierde con unos cuantos tropiezos. Y como hubo tropiezos, vacilaciones, pelas inútiles y algunos fracasos, la reputación se ido abajo.
El Gobierno ahora puede intentar disimular, que sus amigos insistan en que es una crédito blando para hacer arreglos en casa. En realidad estamos ante una intervención de las de la nueva fase de intervenciones. No es a la griega, sino a la española, así figurará en los libros de historia. Les han pegado con el MoU en la crisma y al ministerio de Economía, cuya misión era reestructurar el sistema bancario, le han dicho que se haga a un lado y deje hacer. La mejor estrategia será acatar, cumplir, hacer lo que dicen con disciplina germánica y prepararse para recuperar reputación con el paso del tiempo y con el éxito del programa.
El calendario es bastante concreto; hay que ejecutar, barrer, limpiar, ajustar y pasar todas las revisiones con éxito. Puede llevar 18 meses, y permitir que para las próximas elecciones el señor Rajoy pueda presentar una ejecución eficaz. Si prefieren el disimulo, la propaganda, las maniobras, lo más probable es un fracaso con recesión crónica y consecuencias imprevisibles.
Rajoy tiene una oportunidad esta mañana en el Congreso para decir “hasta aquí llegó la riada”, vamos a recomponer y a tomarnos en serio la salida de la crisis. Puede llamar a gente seria para hacerse cargo de los problemas, o no hacerlo y seguir con la vieja política que nos lleva a la ruina. Una decisión personal e histórica.
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