Llegó la hora de llamar a las cosas por su nombre tras del ya largo y revuelto camino de la desestabilización política en el norte de África, que se llamó “primavera” y, aparentemente, ha quedado poco menos que en nada. Si en Libia ganó las primeras elecciones alguien que fue Primer ministro con Gadafi, en Egipto han sido los Hermanaos Musulmanes quienes se han alzado tras de las suyas presidenciales, luego de que la Junta Militar, tutora del proceso de transición, haya tenido que tragarse su disolución del Parlamento surgido de las urnas del invierno. Puesto que Mohamed Cursi, el islamista proclamado presidente, ha resuelto anular la disolución de la Cámara decidida por los militares, escudados en una resolución del Tribunal Constitucional.
Ocurre también que por causa de esto el proceso egipcio amenace de nuevo con descarrilar. Si de un punto la potestad de legislar aparece divida entre dos fuentes de legitimidad formal, la que nació del Parlamento salido de las urnas del invierno y la del Tribunal Constitucional, del que la Junta Militar se erige en brazo armado, de otro punto, la Plaza Tahrir se constituye en una suerte de tercera Cámara, en la que se oficia el poder asambleario de las multitudes. Un poder este que sería el más genuino de la situación post-Mubarak, puesto que fue por la Plaza Tahrir por donde comenzó a operar el factor promotor de la nueva escena.
Cabe decir, visto lo sucedido desde que el Rais Mubarak fue apeado de su pedestal, que el cambio egipcio es de naturaleza poco menos que circular, puesto que supone una evolución parcialmente involutiva, al producirse “leninísticamente”, mediante la fórmula recurrente de dos pasos adelante seguidos de otro hacia atrás.
La cuestión estriba en saber cuánto tiempo más seguirán las cosas así. La Junta Militar y su poder, con más de medio siglo de existencia, no procede de un golpe contra la democracia sino que ha sido, desde el primer momento, órgano e instrumento de afirmación de independencia nacional frente a la dependencia colonial de hecho que representaba la monarquía del rey Faruk, excrecencia fáctica del Imperio británico.
Frente al estamento militar, las urnas han acabado por llevar al poder a una fuerza política, la islamista, que enlaza con el Egipto dependiente de la Turquía Otomana, desaparecida tras de su derrota en la Primera Guerra Mundial y que de algún modo remedaba el “califato universal”, eso en que pretende resolverse el panislamismo de nuevo cursante dentro de las mayorías nacionales en el mundo árabe, tal como se acaba de advertir también en las elecciones libias de ahora y en las que antes celebraron los tunecinos y los marroquíes, y previamente en Argelia, donde el FIS fue desalojado del poder por el Ejército.
Lo que parece desvelar en buena medida este “invierno político árabe” es que aquella primavera que se saludaba en la revuelta popular contra las decantaciones autocráticas de esos Estados nuevos, cuajados tras de la descolonización propulsada por norteamericanos y soviéticos, lo que ha terminado por destapar ha sido un pulso entre la modernidad del Estado nacional y el arcaísmo mediavalizante de unas sociedades regidas por la ley coránica. De ahí el enorme interés del proceso que ahora se vive en Egipto, donde las fuerzas laicas y occidentalizantes esperan esa oportunidad que aun no les ha llegado.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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