Nº 1134 -  21 / V / 2013 
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Crónicas liberales

¿Pobre Rato?

Manuel Martín Ferrand
 

“Pobre Rodrigo (Rato) – me dice un veterano notable del PP –, toda una vida de sacrificio dedicada a la política para terminar bajo sospecha e imputado por la Audiencia Nacional”. Es una manera de ver las cosas. A los profesionales de la política les gusta presentarse, disimulando que el ansia de poder suele ser su motor principal, como personajes abnegados sin más pretensión que la del bien común. Tienen derecho a creérselo, pero no a intentar que lo creamos también quienes, desde la no voluntaria situación de contribuyentes, sufragamos los gastos de sus partidos y, llegado el caso, de sus errores en una determinada función pública.

Rodrigo Rato es, y no por casualidad, la cabeza visible del proceloso “caso Bankia“, todo un ejemplo del despropósito financiero que, con poco matices diferenciales, demuestra la concupiscencia establecida entre el poder político y, desde antes de la II República, las Cajas de Ahorro que, aunque nacieron para ser “el banco de los menos afortunados”, degeneraron en herramienta y extensión del caciquismo local del XIX, en plataforma de poder dentro del franquismo y, desde los años setenta, con la Transición, en notables elementos para la financiación irregular de las Autonomías y disposición de los líderes regionales y locales.

Es muy posible, e incluso resultaría deseable, que Rodrigo Rato sea penalmente inocente de todo cuanto pueda imputársele; pero debe pesar sobre él, y sobre muchos notables de su partido, una clara responsabilidad política. Las Cajas, sin notables excepciones, de Narcís Serra al citado Rato, han sido refugio para cesantes y vía de irregularidades consentidas por el Banco de España y el Ministerio de Hacienda.

Los nuevos tiempos facilitaron el manejo territorial de las Cajas y, lo mismo en las Autonomías “históricas” que en la de reciente invención, fueron acumulando poder y decisión entre cesantes distinguidos y amigos fieles de los partidos políticos. En eso, y para nuestra alarma, no hay mayores diferencias, salvo las de su propio volumen e influencia, entre el PP y el PSOE y entre ambos y los partidos regionales, nacionalistas, que llegaron a considerarlas como “bancos nacionales” para la financiación de sus quimeras independentistas.

Cuando José María Aznar alcanzó, en 1996, la presidencia del Gobierno de España, se apresuró a satisfacer las ambiciones de algunos de sus amigos de juventud, algo muy humano y escasamente responsable. Del mismo modo que, por parecidas razones, Juan Villalonga ocupó la presidencia de Telefónica, Miguel Blesa pasó a presidir el Consejo de Administración de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, una fundación del padre Piquer que sirve para demostrar que los buenos principios no conducen inevitablemente a finales virtuosos.

Caja Madrid se convirtió en “centro de convivencia” de políticos desamparados y, muy equitativamente, se repartieron los sillones del Consejo entre notables de los partidos, de la patronal, de los sindicatos y demás próceres con más beneficio que oficio. La crisis financiera global y la españolísima del ladrillo, las dos, precipitaron la catástrofe. Caja Madrid, como la mayoría de las existentes, se precipitó en fusiones y maniobras que, con la pretensión de disimular la situación, la convirtieron en terminal.

Para financiarse, Bankia – la suma de Caja Madrid con otras siete igualmente catastróficas – colocó, no siempre con la debida limpieza, los títulos de su propiedad, sus acciones, entre pequeños impositores y ahorradores modestos que, en solo unos meses, han visto adelgazar su patrimonio. Ya nos dirán los Tribunales, cuando se pronuncien con su acostumbrado retraso, si en esas operaciones surgieron figuras delictivas; pero lo que ya debieran decirnos el Congreso de los Diputados, las Cámaras Autonómicas, el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores a quienes corresponde la responsabilidad política que concurre en el caso.

Quienes, por ceñirnos al “caso Bankia”, nombraron a Blesa y le mantuvieron en su poltrona a la vista de la decadencia de la institución y quienes, después, le sustituyeron por Rato, cuyos méritos vicepresidenciales no acreditaban su talento en la gestión financiera, alguna responsabilidad tendrán en el caso. ¿No?

Lo que ya no es de recibo es que la inconsistente máquina propagandística del PP, y sus equivalentes en el Gobierno, traten de presentarnos al “pobre Rato” como una víctima del sistema. Para poder ser mártir es imprescindible, primero, tener fe. Quien salió huyendo de Washington en vísperas de la crisis global y se contrató con Lazard, La Caixa y Santander – tres intereses contrapuestos – para dar, después, un salto mortal a la presidencia de Bankia podrá ser un figura del transformismo; pero su fe, si existe, es poliédrica.


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