Nº 1138 -  25 / V / 2013 
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OPINIÓN

Juventud divino tesoro

Javier Pérez Pellón
 

“Somos un país viejo con ideas viejas”. A decir esto sobre la Italia actual, no ha sido ni un filósofo, ni un politólogo afirmado, que aquí los hay y reconocidos con mérito en el ámbito internacional, sino un sociólogo improvisado que ha acertado en dar en la diana de este mal que, actualmente, padece el país Italia, como si fuera un virus sutil que ha contagiado todos sus estratos sociales, sin diferenciación de posición económica o profesional que sea. El “somos un país viejo con ideas viejas” es la sentencia con la cual Cesare Prandelli, en una conferencia de prensa, ha pretendido justificar la derrota de su amada “squadra azurra”, de frente a la “roja”, una juvenil selección de fútbol, no sólo anagráfica sino mentalmente convencida y concienciada que en “los mejores años de nuestra vida”, con tesón, con sacrificio y con limpieza de ánimo se pueden escalar cimas que, hasta ahora, parecían inalcanzables.

Italia no es sólo “un país viejo con ideas viejas”, sino demasiado pegado a un mundo que ya ha dejado a sus espaldas desde hace tanto tiempo. Aquí, lo notamos a diario, se vive con nostalgia del pasado, un pretérito tantas veces idealizado y escrito de nuevo en su memoria, con lo que de falsedad tiene este inútil ejercicio mental, mientras debería tener la exigencia de una operación radical que vuelva a meter en su ideario social un sentimiento totalmente opuesto al actual: la nostalgia del futuro, el hambre de futuro.

Todos tenemos el pleno convencimiento que vivimos en un mundo que ha cambiado profundamente, que, diariamente, se está transformando a velocidad social supersónica. La sociedad italiana conoce, a la perfección, los límites de este cambio, probando en su propia piel malestar y fatigas hasta ahora desconocidas y se concentra, solamente, sobre éstas rechazando el valorizar otros aspectos de la revolución global que se nos ha echado encima. Porque existen muchos aspectos positivos que van desde el hecho que vivimos en un mundo con menos pobreza (más de mil millones de personas han salido, en los últimos treinta años, del hambre secular que padecían, un progreso que no tiene precedentes en la historia). Un nuevo mundo en el cual se ha difundido la conciencia ambiental y la sensibilidad por los derechos y en el que viajar ha dejado de ser el privilegio de unos pocos.

En este mundo nuevo las generaciones más jóvenes habitan con pleno derecho, son, o deberían ser, las protagonistas y, sin embargo son las que están pagando el precio más alto de la crisis económica. Los datos difundidos hace tres días, sobre este tema, son desoladores. El paro, en Italia, ha descendido ligeramente, mientras que el juvenil aumenta de día en día. Esto significa que allí donde se presenta un nuevo puesto de trabajo se prefiere a uno con edad madura para dejar fuera a un joven, al que se considera sin experiencia. Se prefiere el paño usado al nuevo, los jóvenes han sido considerados, siempre, como inexpertos. Esto ya se sabía, pero no hace tanto tiempo se les consideraba como pletóricos portadores de energías recién estrenadas y de benéficos cambios. Pero esto es algo que aquí se ha olvidado.

Y, no obstante todo ello, sería útil darles la posibilidad, al menos, de probar. Este “sociólogo improvisado” que es Cesare Prandelli ha dado en el clavo. Ha enmarcado, perfectamente, cuales son los límites que hoy día encorsetan a la sociedad italiana y ha repetido, dos veces seguidas, que “quizás no estamos todavía preparados para vencer, el camino es aún muy largo. En el momento en el que estemos preparados para ganar, – y aunque si se refería al fútbol hay que interpretarlo como metáfora general de la sociedad italiana – , vencer y vencer de nuevo. De otra forma estaremos condenados, para siempre, a gozar sólo unos momentos de ilusión a los que seguirán otros oscuros y deprimentes”.

Se debería cambiar, pero no de la forma emblemática de este país tan bien representado en “El Gattopardo”, “se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi” (“si queremos que todo se quede como está ahora, se necesita que todo cambie”) tal y como su autor, Giuseppe Tomasi di Lampedusa hace decir, cínicamente, a Tancredi, uno de los protagonistas de la narración del escritor siciliano.

Desde hace treinta y cinco años, los que llevo viviendo en este país “donde florecen los limoneros”, continuo viendo los mismos rostros, idénticas personas que conocí, políticos, actores, cantantes, presentadores de la TV, que han ido envejeciendo, a la par que nosotros, pero que siguen en los mismos puestos de siempre. Los hay hasta que con un Parkinson avanzado, Dios y la ciencia los ayude, siguen cabalgando los estudios televisivos y los escenarios teatrales. Aquí parece que nadie se jubila. Siguen sentados en los mismos estrados de la Cámara de Diputados o del Senado, que hospedan los mismos culos desde hace treinta o cuarenta años. D’Alema, Fassino, Bertinotti, Bersani, Violante, Veltroni… comunistas de probada fe ideológica que después de más de cuarenta años de militancia en el partido del “Padrecito Stalin”, les vemos transformados, ahora, en el Partido Democrático, como si nada, como si no existiera una contradicción, primigenia y genética, que excluyera al comunismo de la democracia y del liberalismo. Y, por el otro lado exactamente igual, los próceres padres de la patria democristianos. Excluimos, a propósito, a Giulio Andreotti porque ya es un pedazo de historia que se ha convertido en un icono y porque a sus noventa y tres años sigue acudiendo, todas las mañanas a su despacho en el Senado de la República, como senador vitalicio.

No conozco a nadie que haya dimitido. Más de una vez he dicho que en el Parlamento italiano, hay tres puertas: una por donde se entra de cuando se es elegido, otra que conduce a la cárcel, cuyas bisagras están oxidadas del poco uso que de ellas se ha hecho desde 1947 y otra, mucho más frecuentada, que lleva directamente al cementerio. Por esta última he visto salir a gentes que he conocido y tratado, con más o menos confianza, y a las que he entrevistado: Enrico Berlinguer, Sandro Pertini, Amíntore Fanfani, Giorgio Almirante… entre otros de los más conocidos.

Otros se creen el relevo joven de la próxima estación política, para cuando el “gobierno técnico” que preside Mario Monti, ponga la palabra fin a su mandato, en el próximo 2013. Silvio Berlusconi, Gianfranco Fini. Umberto Bossi y toda la fila de los ex-comunistas, en la sala de espera, todos en tropel, para subirse al tren de la próxima legislatura. Y lo mismo sucede con los cantantes o con los presentadores de las televisiones, públicos o privados que sean, que yo no he conocido a nadie que haya salido por la puerta de la pensión porque, cuando así sucede, vuelve a entrar, furtivamente, por la ventana como colaborador. Eso sí, muchos más viejos, con el cabello encanecido, cuando no calvos como una bola de billar. Y siempre, pero que siempre, hablando de que hay que dar oportunidad a los jóvenes…!y una mierda! El otro día, sin ir más lejos, he visto a Giuliano Amato, el socialista alter-ego de Bettino Craxi, y como él, también, ex-Premier italiano, presentando un nuevo programa de la RAI ¡Viva la juventud, divino tesoro! Aquí sólo se habla y se recuerda a Primo Carnera, a Enrico Caruso, a Fausto Coppi, a Gino Bartali o al gol de Tardelli en el Mundial de Madrid de 1982. Cuando en España ya casi nos hemos olvidado de Indurain o de Santana y, de todas formas, aún reverenciando el pasado, no estamos dando la tabarra a diario y a todas las horas. Parece que Italia sigue viviendo en el siglo XX, después de que hace doce años y medio hemos entrado en el XXI.

Por eso se me ponen los pelos de punta cuando se vuelve a hablar de Felipe, el gordinflón y ex-presidente del gobierno más corrupto que ha tenido España desde los tiempos del Duque de Lerma. Como escrito está en las enciclopedias: “dice una coplilla popular que para no morir ahorcado el mayor ladrón de España se vistió de colorado, – (el color de la rosa sociata -) , en clara alusión al Duque de Lerma ya que consiguió el capelo cardenalicio momentos antes de su caída, evitando, así, todo tipo de procesos que le hubiesen condenado sin lugar a dudas: Y es que el Duque de Lerma puede ser considerado como el paradigma de la corrupción en España, cosechando todo tipo de honores y prebendas gracias a su posición como valido del monarca Felipe III”. Pero ¿a qué vienen todas esas chotadas expresadas en su última declaración ante los media como, por ejemplo diciendo que desde que está Rajoy la confianza de España ante el extranjero ha caído en un 50%? ¿De qué manga de ilusionista de circo pueblerino se ha sacado estos datos? Puede que sea el 30% o el 75%, un algo imposible de certificar ¿acaso ha ido entrevistando uno a uno a las cinco mil millones de almas que habitan el planeta? ¡Vamos anda! ¡Cállese!

Tampoco, en muchas de estas cosas, le va a la zaga el ex-bigotudo Aznarín, que si nos metió en Segunda Guerra del Golfo, se habla muy poco, o nada que Felipe nos metió en la Primera. Quizás para desfilar vistosamente en Washington junto a las potencias ganadoras; o, quizás para pagar sus deudas con la CIA que tanto le ayudó, monetariamente, a ganar las elecciones políticas españolas de 1982.

Pero, pero… ¿es que no existe en España una legión de jóvenes treintañeros, o cuarentañeros o maduros de cincuenta, preparadísimos talentos, con varios masters en las más prestigiosas universidades alemanas, inglesas o norteamericanas, conocedores, a la perfección de tres o cuatro idiomas, aún limpios e incorruptos dispuestos a dar una vuelta al país?

“No podemos pretender que las cosas cambien, si continuamos a hacer las mismas cosas”, escribía Albert Einstein a principios de los años 30, en un artículo recogido, después, en un breve ensayo titulado “El mundo tal y como yo lo veo” donde afirmaba que es “durante los períodos de crisis donde nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien es capaz de superar la crisis se supera así mismo sin ser superado. Quien atribuye a la crisis sus propios desastres y dificultades, viola su propio talento y da más valor a los problemas que a sus soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y de las naciones es la pereza para buscar soluciones y vías de salida. Sin crisis no existen desafíos, sin desafíos la vida se convierte en una rutina, en una lenta agonía. Sin crisis no existe el mérito. Es en la crisis cuando emerge lo mejor de cada uno, porque sin crisis todos los vientos no son más que una ligera brisa. Hablar de crisis significa incrementarla, y callarse durante la crisis es exaltar el conformismo. Hay que trabajar duramente. Acabemos, de una vez por todas, con la única crisis peligrosa, cual es la tragedia de no querer luchar para superarla”.

En un libro titulado “Raíz y decoro de España” donde se recogen varios ensayos, escritos a partir de los años 30, publicados después en la Colección Austral (Buenos Aires, agosto de 1952), que debería ser de obligada lectura en todos los colegios y de diaria meditación en la mesilla de noche de la juventud española a quien va dirigido, su autor, Gregorio Marañón, escribe que “el joven debe ser rebelde, sin rebeldía roja ni negra, sino vital, entusiasta, desinteresada, ante el espectáculo de la sociedad en continua evolución…el derecho a la rebeldía es una fuerza disolutiva y ciega que nadie puede atribuirse cualquiera que sea su condición o su edad. El deber de la rebeldía es, por ser deber, ante todo una disciplina. Disciplina para no acomodarse a la arbitrariedad de los demás, que es la verdadera indisciplina aun cuando muchas veces tenga el marchamo de la legalidad. Y esta disciplina de no someterse ante la injusticia, en la niñez constituye una quimera, porque el niño es débil; y en la plena edad es un heroísmo excepcional, porque el hombre maduro suele estar paralizado por la responsabilidad. Queda pues, como deber, reservada a la juventud. Y sin ella la humanidad se convertiría en unos cuantos años en un rebaño de corderos manejados por gañanes ignorantes y viles. Sed por deber rebeldes, no con rebeldía sistemática y ciega, sino contra lo que no sea justo y ante todo contra vuestra propia juventud que está indefectiblemente ribeteada de arbitrariedad y este es el deber supremo de la juventud”.

Felipes, Aznarines, Berluscones y demás ralea ¡cállense! Y, silenciosamente, hagan mutis por el foro.

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