Será difícil encontrar en la crónica de las comisiones parlamentarias encargadas de realizar una determinada investigación, para obtener determinadas conclusiones en cualquiera de los órdenes en que éstas se suelen desenvolver, algunas como esas a las que ha arribado, y después expresado en su informe sobre lo ocurrido en Japón por causa de la catástrofe de Fukushima.
Un documento de 600 páginas entregado este jueves al presidente del Parlamento, y que articula sus consideraciones sobre un triple orden de referencias (al Gobierno, a los organismo reguladores de la industria nuclear y a TEPCO, la empresa explotadora de ésta) sobre las eventuales responsabilidades que pudieron detectarse para que lo ocurrido alcanzara sus dimensiones, concluye en que “el desastre resultó de un error y pudo haberse evitado”. Uno de los miembros del panel de expertos participantes en los trabajos de investigación ha llegado incluso a la afirmación de que “no se puede decir que no habría habido crisis (de seguridad) sin el tsunami”.
El contexto en que se ha presentado el tal informe viene definido, entre otros componentes, por la reactivación de uno de los reactores nucleares que se ponen en marcha para hacer frente a la subida de la demanda eléctrica a que obligan los consumos de energía durante el verano, por causa de los imprescindibles sistemas de aire acondicionado en todos los núcleos urbanos del país, especialmente en la megápolis de Tokio. Y como gran referencia de fondo, ahí está el peso de los más de 20.000 vidas que se llevó por delante el tsunami, originado por un temblor sísmico superior a 9 grados en la escala de Richter.
Es la catástrofe sísmica, sobrevenida muy por encima de los rangos de probabilidad que se consideran para las térmicas de fisión y, en su respectivo orden, para toda suerte de actividades industriales, la cuestión clave en el debate de Fukushima. Y es obligada esta observación en la propia medida de que si no se hiciera, lo sucedido en el caso japonés resultaría de la misma naturaleza que lo ocurrido en Chernóbil, por causa de la chapuza técnica determinante de aquel suceso, del desprecio soviético de la seguridad al prescindir en los presupuestos de las instalaciones nucleares de las estructuras de contención y del principio de doble uso – civil y militar, para la obtención de plutonio -por el que se regía aquella central ucraniana.
El lobby antinuclear en Japón – país en el que sobran motivos para sentirse inseguros por su incardinación geológica dentro del llamado Círculo de Fuego del Pacífico -, cabe decir, ha hecho el ridículo de forma clamorosa con el informe parlamentario sobre Fukushima. Pero hecha esta salvedad, lo que subsiste es la cuestión de estimar qué volumen de recursos habría de aplicar para sustituir el componente nuclear de su estructura energética. Y junto a ello, el viejo principio de que cuanto más se aproxima la seguridad a lo absoluto, más se dispara hacia el infinito el coste de ello.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Fernando Fernández Román
Ignacio Sebastián de Erice
Julián García Candau
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