Los bancos centrales han tratado de agradar a los mercados y a los agentes económicos con bajadas de tipos pero no lo han conseguido. Hasta el Banco de China participó este jueves en la apuesta monetaria, bajando los tipos oficiales por segunda vez en pocas semanas hasta situarlos en el 6%. El Banco Central Europeo (BCE) los ha reducido al 0,75%, un cuarto adicional de descenso, tras haberlo recortado en sendos cuartillos en noviembre y en diciembre del pasado año, de modo que en apenas siete meses los tipos oficiales de la Eurozona se han reducido a la mitad, desde el 1,50% hasta el 0,75%. No son bajadas menores sino generosas, aunque todavía tenemos tipos por encima de Japón y de Estados Unidos.
Pero los tipos de interés no parecen ser la medicina que la mayoría espera. Lo que esperan los mercados es garantía más firme de que la situación se va a arreglar, y los pasos que están dando las autoridades no ofrecen esa seguridad. Además, las cifras son bastante elocuentes. Este mismo jueves, mientras el BCE bajaba el tipo principal desde el 1,00% al 0,75%, el Tesoro español emitía Deuda Pública a plazos de 3, 5 y 10 años. La de 10 años, que suele ser considera como la referencia principal, se ha lanzado al 6,505% de tipo marginal frente al 6,121% de hace apenas unas semanas. Por lo tanto, los mensajes que emiten por un lado el BCE y por otro el Tesoro español son abiertamente contradictorios.
Mientras el BCE expresa su deseo de abrir más las puertas del crédito, el Estado español está diciendo que los mercados no se fían de la deuda española y que, en consecuencia, le exigen más precio, o sea, rentabilidad más alta, para comprarla. El Estado tiene que pagar hasta un 6,5% de rentabilidad a 10 años de plazo para convencer a los inversores. De poco sirve que el banco central de la zona esté dando una referencia de tipos de interés por debajo del 1%. La desconfianza en los títulos del Estado español refleja la creencia, ampliamente extendida, de que España está teniendo dificultades para financiarse y que va a seguir teniéndolas en el futuro.
La deuda española es demasiado pesada para el país y más aún si subsisten incógnitas a corto plazo sobre las nuevas deudas que ha de asumir el Estado español para pagar la crisis bancaria, los famosos 100.000 millones o lo que se decida finalmente. Si hoy tenemos que pagar tipos superiores al 5% a tres años, por encima del 5,6% a 5 años y del 6,5% a 10 años para recibir dinero prestado de los inversores, estos niveles tenderán a empeorar cuando la deuda española se vea recargada con los préstamos destinados a sanear a las cajas de ahorros. Todavía no está claro cómo se va a realizar este crédito ni cuáles serán las garantías que aportará España ni qué grado de preferencia tendrán los nuevos créditos respecto de los que ya están en circulación. La persistencia de esta incógnita está dañando la capacidad de financiación del país y al país mismo, ya que los crecientes tipos de interés se comen a cada paso los esfuerzos de saneamiento y ajuste de gastos que aplicamos los españoles a nuestra economía doméstica.
Los mercados están, por lo tanto, actuando con una lógica que no cuesta mucho comprender. Ni el BCE ni los máximos responsables de la UE, en este caso Alemania, consideran que el problema prioritario es rebajar los niveles de tipos de interés a los que puede financiarse España. De las diversas fórmulas que se pueden aplicar, posiblemente la de comprar deuda en el mercado secundario para enfriar los tipos de interés en los mercados primarios es la más directa y de más rápida eficacia. Pero el BCE y algunos de nuestros socios europeos se resisten a aplicarla sin proponer n ninguna solución de recambio como alternativa. De momento, profundizar en el recorte de gastos forma parte de nuestra tarea obligada, aunque como se ve tampoco consigue efectos favorables mientras la economía se hunde cada vez un poco más, dificultando su capacidad de reacción.

Pablo Sebastián
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
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Juan Fco. Martín Seco
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Daniel Martín
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