La masiva imputación de consejeros de Bankia y BFA (su banco matriz) en la querella que ha sido admitida por la Audiencia Nacional por la presenta comisión de delitos en la administración del grupo financiero parece más bien un exabrupto que una decisión seria y meditada. Es verdad que los integrantes de los Consejos de Administración de una sociedad asumen responsabilidades solidarias y plenas, pero si de lo que se trata es de apuntar a los verdaderos responsables de la deriva en que se convirtió la trayectoria de este grupo financiero en los últimos meses, y por extensión necesaria también en los años inmediatamente anteriores, da la impresión de que no se ha actuado con la necesaria finura. Tras leer los nombres de los 33 imputados, bien se puede decir aquello de que no están todos los que son ni son todos los que están.
La situación a la que ha llegado Bankia es, por desgracia para todos, el resultado de una acumulación de torpezas y decisiones erróneas (no sólo de conductas delictivas) a las que no son ajenos ni el Gobierno de la Nación con su precipitada actuación en la recta final de la crisis de este banco (es especial, la actuación del titular de Economía, Luis de Guindos), ni el Gobernador del Banco de España de aquellos momentos (Miguel Angel Fernández Ordóñez), ni los consejeros actuales de Caja Madrid (no se sabe muy bien por qué no han entrado en la “melée”, lo mismo que están los consejeros de Bankia y los de BFA, a pesar de que han estado presentes en casi todo el proceso en estos últimos meses), ni desde luego los últimos gestores de Caja Madrid, con Miguel Blesa a la cabeza.
Los problemas de Bankia así como los de su principal núcleo constitutivo, la antigua Caja Madrid, no son cosa de dos días, ni hay quien en su sano juicio sea capaz de defender la idea de que profesionales como Francisco Verdúi, quien acaba de llegar, como quien dice, a la organización, reclamado por su buen saber profesional, procedente de una entidad privada de probada eficacia y rentabilidad, la Banca March, resultan culpables de actuaciones irregulares de tipo genérico, asimilables a las que presuntamente han podido cometer los otros compañeros del banquillo de los posibles acusados.
Está claro que la sociedad española pide más celeridad a la Justicia. Está claro que el sector financiero ha sido objeto en los últimos años de algunas conductas que han degenerado en hechos reprobables, entre los que se puede citar, sin ánimo de ser exhaustivos, la “encerrona” de los inversores en los títulos preferentes emitidos por una veintena de entidades financieras o las quiebras de varias cajas de ahorros, mal gestionadas, supervisadas por los partidos políticos o los responsables de algunas Autonomías, además de las indemnizaciones y retribuciones de auténtico escándalo que han percibido o están a punto de percibir algunos directivos de cajas arruinadas, que no han dudado en emplear el dinero percibido del Estado para sanear las entidades y evitar su quiebra en el pago de retiros de oro para recompensar precisamente a los gestores que han provocado su ruina. En el sector financiero y en la actuación de algunas entidades y directivos en estos últimos años, parece haber material más que sobrado para un intenso trabajo de la Justicia y de los profesionales encargados de administrarla.
Todos estos hechos, algunos posiblemente delictivos, los más reprobables desde el punto de vista ético, han pasado prácticamente (hasta ahora) sin sanción alguna, ni administrativa ni judicial, ya que ni siquiera han llegado a los tribunales en la mayoría de los casos. La rapidez con la que se ha activado la querella contra los administradores de Bankia y BFA es, por todo ello, bastante llamativa, aunque lo más criticable es la aparente ausencia de actores principales del drama de la caja madrileña y de las cajas que se han cobijado bajo su manto, empezando por la más notoria de todas ellas, Bancaja. Mucho tendrá que afinar la instrucción de este caso para delimitar las verdaderas responsabilidades de los 33 imputados y las de los también numerosos personajes que ni siquiera aparecen, algunos de los cuales son indudablemente parte principal en la desastrosa trayectoria de la caja madrileña, sin cuya perversa actuación profesional nada, o casi nada, de lo que ha sucedido habría sido posible.