De joven tuve la suerte de tratar a Miguel y Paco, los hermanos mayores de Pepe Reina. Como el portero de la selección española, como toda la familia, eran educados, amables, nobles, divertidísimos y altamente dotados para el deporte. Eran, en definitiva, muy buena gente. Reina, en las celebraciones, representa el espíritu más alegre de “la Roja”, que es como ha devenido a denominarse la campeona del mundo y de Europa.
Pepe Reina volvió a mostrar sus dotes de showman el pasado lunes. Aparte del espectáculo (1), disfruté enormemente del cariño que cimenta la fortaleza de un grupo de personas normales que se quieren, que realizan su trabajo con profesionalidad, que revientan a la prensa más escandalosa con su forma de ser –tan lejana al divismo, tan cercana a sus aficionados– que incluso les lleva a celebrar el título en el césped con sus hijos y familiares.
España, en la Eurocopa, ha demostrado ser muy superior a sus rivales. Cual orquesta magníficamente dirigida por Vicente del Bosque, se mueven al unísono tanto en defensa como en ataque ofreciendo una apariencia de escaso esfuerzo. Pero, detrás de su grandeza, se ocultan años de denodado trabajo, meses de completa dedicación, días de buen rollo y siglos de férrea voluntad para conseguir el objetivo. Y son personas de lo más normal, comenzando por Xavi Hernández e Iker Casillas, mascarones de proa de una colosal nave de homérica leyenda.
Esa capacidad de trabajo, ese espíritu de equipo, esa fuerza de voluntad, esa buena condición humana… son los ejemplos que nos ofrece esta selección de ensueño. Buenos chicos, los yernos deseados de cualquier suegra, son personajes ejemplares en los que podemos observar cómo se consiguen las cosas, cómo se persigue un sueño que, por muy lejano que parezca, está al alcance de los que se esfuerzan y caminan, siempre, en la misma dirección.
Empero, no parece que dicho ejemplo vaya a calar en la sociedad española, siempre más pendiente del “¡Qué va a ser de nosotros!” que del “¡Qué vamos a hacer!”. Celebramos junto a la selección, disfrutamos de su triunfo, nos apropiamos incluso de él, pero no copiamos ni su esfuerzo ni su compañerismo. La selección española ha enseñado al mundo la potencia de los valores de la unidad y de la bondad profesional y personal. Pero son tan solo una gota en el proceloso e invertebrado océano español.
Hemos ganado la Eurocopa. Ya somos únicos en algo bueno. Iniesta, Xavi, Alonso, Busquets, Reina, Casillas, Navas, Silva… nos han dado un regalo inapreciable. Aparte del título, su comportamiento siempre ha sido ejemplar –a pesar de muchos periodistas y de los Mourinho de turno–. No son pocos los que han bromeado con que Del Bosque debería ser el presidente del Gobierno. No es eso. No necesitamos que nadie nos saque las castañas del fuego. Somos nosotros los que tenemos que conseguir sobreponernos a nuestros políticos, a nuestro sistema, a nuestras carencias… a partir del denodado trabajo bien hecho, del sentimiento sincero de grupo y de un comportamiento ético impecable. Algo que, en una semana, todos habremos olvidado.
(1) Lo del lunes fue grandioso menos en un elemento: varios jugadores llevaban una melopea de campeonato, valga el juego de palabras. Lógico, si no fuera porque así se presentaron ante millones de espectadores, entre ellos miles de niños. Mal ejemplo (pero en España celebramos así las cosas), aunque por lo menos los llevaban en un autobús que no conducían ellos.