Estaba la ‘Roja’en Cibeles, aclamada por el pueblo de Madrid y afónica de cánticos y vítores por su heroicidad de Kiev, mientras en al Auditorio de la capital la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, integrada por otros jóvenes virtuosos salidos de los ranchitos más pobres de su país triunfaban en la capital de España y le rendían su homenaje al gran sordo alemán, Ludwig Van Beethoven, tras interpretar su tercera Sinfonía, La Heroica. La que el compositor dedicó a Napoleón Bonaparte, hasta que se proclamó emperador y el autor tachó su nombre, con furia.
Hay momentos en la Historia de un país, y España está en uno de ellos, donde la fuerza de los contrastes –fuego en Valencia, crisis económica y triunfo en el futbol mundial- reclaman acciones que han de ser heroicas para sobrevivir y superar los retos. Pero para ello no solo hace falta que el pueblo, asustado o resignado, arrime el hombro, haga sacrificios –ahora se les van a pedir más y más- y se conforme con el tiempo negro y difícil que les ha tocado vivir.
La orquesta “bolivariana” toca con virtuosismo y con pasión y sigue con la mirada la punta de la batuta de Gustavo Dudamel un director de orquesta que vive la obsesión de la Tercera Sinfonía con un especial entusiasmo y dedicación. Porque no hay Heroica sin orquesta, ni orquesta sin director. Y en España lo que más está fallando es la dirección política, por causa del tecnocrático y más bien escaso liderazgo de Rajoy, que nunca está donde debe –ayer mismo debió de estar en Valencia, y el pasado día 10 de junio en Madrid y no en Polonia-, y que no tiene pasión por la Democracia ni exige la ejemplaridad, especialmente a los más poderosos del país, siempre a cubierto de cualquier inclemencia y protegidos por el poder oficial.
Y sin esos requisitos, de liderazgo, democracia y ejemplaridad no hay nada que hacer. Y con ese abúlico liderazgo que además suele acompañar de un discurso pesimista y nefasto, difícilmente podrá Rajoy levantar los ánimos del pueblo español para sacar fuerzas donde apenas ya las hay y luchar en contra de enemigos invisibles y gigantes imbatibles como los que ahora tienen en vilo al bravo y quijotesco pueblo español. El que sabe que una gran parte de toda la responsabilidad de la enorme crisis que vivimos la tienen todos nuestros gobernantes, los de antes y los de ahora, los del PSOE y los del PP, que despilfarraron sin cesar, que se subieron a lomos de las olas de la euforia de las vacas gordas, que no supieron ver ni prevenir lo que se nos venía encima, y que no saben ahora que hacer por más que Rajoy nos diga que él sabe a dónde va. Pues sí que se lució ayer en Sevilla cuando debió estar en Valencia.
Para completar la heroicidad de vencer a la crisis hay que seguir los pasos de La Heroica del divino sordo. Primero un arranque con brío, que será seguido de la marcha fúnebre por los caídos en la dura batalla. Luego vendrá una tenue alegría cuando la luz se asume al final de un túnel que parece no tener final, y por último llegará el Alegro Molto Vivace, y triunfal del bien sobre el mal.
Las encuestas castigan mucho a los políticos en general tanto del Gobierno como de la oposición, porque los ciudadanos saben que sobre ellos recae la mayor responsabilidad. Y sin apoyo popular, sin cohesión nacional y sin liderazgo político difícilmente llegará el tiempo de la heroicidad. Pero ¿dónde están nuestros líderes? No se ven por ninguna parte, en el PSOE ni en el PP. Y entonces ¿qué se puede hacer? No se sabe. Ahora que terminan los fastos de La Roja, ahora que la UE abrió las compuertas prohibidas de la financiación –con condiciones previas, por supuesto- ahora que se agota el tiempo y que nos hundimos lentamente en el fango negro de la recesión ¿qué hacer? Pues para empezar habrá que construir un discurso político nuevo, vibrante y cautivador. Pero ¿dónde habita el genio que pondría juntas la épica y la heroica en la misma partitura? Desde luego, en la Moncloa no. Allí se está cocinando otro libreto, otra canción, más bien La Patética. Y miedo da pensar e imaginar su estreno en el Auditorio Nacional.