En Italia los medios de comunicación celebraron la victoria de su presidente del Consejo, Mario Monti, en la cumbre del Eurogrupo de la UE, y alguno de ellos, como La República, lo festejó con el título de “Nuevo eje Paris-Roma”, ninguneando el órdago que Roma y Madrid le lanzaron a Merkel. Después el italiano se apuntó el triunfo mientras Rajoy, fiel a su desastrosa política de comunicación, con cara de sueño y modales poco finos, eludió cualquier atisbo de triunfalismo (para no enfadar a Merkel), y ocultó lo ocurrido -miente incluso cuando le conviene la verdad-, evitando hablar de las presiones o el chantaje que el italiano y el español hicieron a la cumbre de la UE bloqueando los pactos del Crecimiento hasta obtener la financiación directa de la banca de España, y la posibilidad de que los fondos europeos compren la deuda de los Estados, a fin de espantar el ataque de los mercados y acabar con nuestros altos tipos de interés.
Monti fue el cerebro y primer actor del drama en el que incluso amenazó con dimitir, para recordarle a Merkel que Berlusconi pretende volver. Pero Rajoy también hizo lo suyo y se mantuvo firme, a pesar que quisieron disuadirle. Pero al final el español no supo ni quiso sacar partido al triunfo hispano-italiano, temeroso Rajoy de la letra pequeña de los acuerdos logrados que esconden un as de espadas de Merkel: el impreciso calendario. Les faltó a Monti y Rajoy exigir que los pactos sobre el Crecimiento y los de la liquidez de la banca y la financiación de Estados deberán ser operativos al mismo tiempo, porque la canciller y sus cancerberos de la Comisión querrán vengarse de los dos rebeldes del Sur.
En todo caso Rajoy lo hizo bien, llevaba meses peleando por ello, y una vez más no ha sabido explicarlo y ha puesto cara de asco y de aburrimiento, porque da la impresión que la Política le aburre (si llega a imaginar la que le esperaba, a lo mejor hace tiempo que se había alejado de la primera línea del PP). Aunque mejor dicho, lo que le aburre es la Democracia, eso de ir al Parlamento -donde ahora podría hacer una entrada triunfal e incluso admitir el debate de la nación que él mismo ha laminado-, hablar con los medios, el ocuparse de los problemas de trabajadores, inmigrantes, enfermos e indigentes, que son muchos. Le aburre tener que ocuparse por todo y por todos, incluido el deterioro de la cohesión de España y sus instituciones, desde la Corona al Poder Judicial pasando por las Comunidades, municipios, diputaciones, Senado y todo lo que sobra y donde hay que recortar, antes incluso que en la Educación y la Sanidad.
La Política con mayúsculas y la Democracia le aburren y cansan a Rajoy, y él repite lo de “soy independiente” como si se enfundara una armadura impenetrable y a veces como Romanones musita lo de “¡joder que tropa!” (ya lo dijo una vez). Encima querrá Rajoy que lo adoren y le reconozcan como el “libertador” de la crisis, su nuevo juguete y obsesión, en la que teme perecer.
Y si Rajoy no se ocupa de la Política ¿quién lo hace? Nadie, pues en los segundos niveles de su Gobierno no hay talento, ni cultura democrática, y tampoco experiencia de primer nivel. Vivaquea, eso sí, en la Moncloa un equipo funcionarial sin más liderazgo ni grandeza, a la imagen y la semejanza del propio Rajoy. Y por no haber no existe ni siquiera una estructura o “Estado Mayor”, un centro de ideas y de estrategia, para afrentar los problemas y, en su caso adelantándose a ellos, tomando contacto con la realidad.
Además en el Gobierno se ha instalado la mentira como un arma defensiva, en medio de un preocupante deterioro moral. Lo que han hecho y hacen con la Justicia, los indultos a los políticos y los banqueros, la amnistía fiscal, el caso Dívar, RTVE, el Parlamento y los medios es algo que empieza a preocupar porque nos enseña la otra cara de Rajoy. El reverso oscuro de cosas que acontecen y que por ahora tapa la tensión económica y financiera de España.
Pero esto no puede seguir así y el presidente tiene que reflexionar y cambiar, es decir liderar y gobernar siendo muy exigente en la defensa y cumplimiento de las reglas del juego democrático, sin perder contacto con la realidad y la ciudadanía, empezando por los que mas sufren. Y también y si no le supone un gran esfuerzo el presidente debería empezar a sonreír, y no solo en los eventos deportivos que parecen ser lo único que no le aburre de verdad.

Pablo Sebastián
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