Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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Crónicas liberales

Déficit democrático y deuda parlamentaria

Manuel Martín Ferrand
 

Por mucha que sea la alegría producida por la victoria futbolística de España frente a Italia parece excesivo convertir a Vicente del Bosque, santo varón, en héroe nacional. Quizás debiéramos reflexionar sobre la circunstancia, aparentemente casual, de que las selecciones nacionales de España, Italia y Portugal hayan obtenido en el campeonato europeo mejores resultados que las pertenecientes a países de mayor provecho, productividad y bienestar material. En principio, no resulta ejemplar que el “éxito deportivo” sea inversamente proporcional a la realidad económica de las naciones participantes en el torneo que ha marcado el pulso europeo de las últimas semanas.

Europa es un continente que pierde contenido con velocidad asustante y que, como para demostrarlo, ha encontrado en el fútbol un nexo armonizador más eficaz y tangible que el pensamiento griego, el derecho romano o la ética cristiana que le ha servido de armazón a través de los siglos.

En lo que respecta a la economía, y olvidándonos del Reino Unido que se precipita al vacío como consecuencia de su pretendida excepcionalidad con vistas al oeste, el euro, la grapa que encuaderna el fascículo continental, está en apuros. La crisis, hija de la temeridad operativa de la UE y agrandada por la incapacidad resolutiva de sus órganos de gobierno, cursa con distintas intensidades nacionales, pero debilita el concepto global de la unidad europea. Italia y España, un ratito antes del fútbol, tuvieron que lanzar un órdago demostrativo de su firme (?) posición discrepante de la doctrina alemana. Mario Monti arrastró a Mariano Rajoy a una “rebeldía”, útil en función de sus resultados provisionales, muy distante del estilo reservón y pretendidamente astuto del presidente del Gobierno de España.

Es tan escasa y superficial la información de la que disponemos sobre la realidad de la situación económica de España, incluyendo en esa alarmante escasez las cifras del problema financiero nacional, y es tan corto nuestro conocimiento de lo que se guisa en las cocinas de la decisión europea, que habrá que dar por bueno lo que nos cuenta la máquina gubernamental de información y propaganda. Aún así, dándolo por bueno, cabe señalar, y con alarma, que el proceso cursa bajo mínimos democráticos.

Vivimos un déficit democrático que, a largo plazo, puede resultar más dañino y demoledor que el déficit presupuestario que tanto nos escandaliza y perjudica. Algo que corre parejas con la deuda parlamentaria que acumula el modelo de gobierno que practican Rajoy y su equipo ministerial. No es democrático, y conlleva un arrogante desdén representativo, el que, después de seis meses de gobierno, el presidente no se haya dirigido a la Nación para exponer su visión de la difícil situación por la que transitamos, plantear sus planes de futuro y provocar algo parecido a la esperanza entre los ciudadanos.

Un Gobierno inteligente y dispuesto aprovecharía la crisis que padecemos, verdaderamente tremenda, para fortalecer las instituciones, eliminar la mucha obra muerta que presenta el tinglado nacional y reducir seriamente, en profundidad, la grave elefantiasis de nuestras muchas – demasiadas – máquinas administrativas. Pero, de momento, todo se queda en gestos y se traslada la necesaria austeridad a los ciudadanos, los contribuyentes, antes que a la reducción del gasto público. Ese déficit democrático es más demoledor que el presupuestario y está produciendo una desconfianza en la ciudadanía de impredecibles efectos. Lo que debiera ser, según el mandato constitucional, una democracia parlamentaria y representativa tiene poco de lo uno y nada de lo otro. La partitocracia imperante, agravada por el lánguido discurrir del socialismo, acelera ese proceso degenerativo. Las deudas se pueden llegar a pagar; pero la escasez democrática genera efectos de imposible y pacífico retorno. Nuestra propia Historia lo demuestra bien a las claras.

En ese ambiente, la alegría de los goles de Silva, Jordi Alba, Torres y Mata pueden ejercer un efecto analgésico, pero no son un remedio efectivo para la enfermedad que padecemos.


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