Hubiera podido ocurrir, pero no fue así. De todas formas no era previsible que ocurriera lo contrario. Un duelo de civilización jugado en noventa minutos. Una especie de rescate moral de los clásicos atenienses contra Goethe y Hegel. Un desafío deportivo como metáfora de un diálogo interrumpido, desde hacía, al menos, casi tres siglos, entre la península helénica y aquella otra germánica de siempre entusiasta enamorada del clasicismo griego.
Un enamoramiento que proclamó al mundo entero una imponente equivocación del gran científico y arqueólogo Johann Joachim Winckelmann cuando, en pleno siglo XVIII, llegó a la errónea convicción que las esculturas y los palacios marmóreos de la antigua Grecia fueran blancos, cuando, en verdad, estaban todos coloreados, habiendo perdido su tinte original con el pasar del tiempo al aire libre y su exposición a las inclemencias climáticas. Lo mismo que siglos después ocurriría con las esculturas de la Roma Imperial. Hoy, por ejemplo, todavía, se pueden reconocer huellas de color en algunos fragmentos de de los bajorrelieves que, en forma de narración escultórica de las empresas guerreras del grand emperador Trajano, de origen cordobés, cubren toda la imponente columna trajanea, de frente al Foro Romano y al costado de los Foros Imperiales, en el pleno centro arqueológico deRoma.
Y, sin embargo, con este error Winckelmann perpetuó un estereotipo muy difícil de erradicar, aunque con sus incansables y, tantas veces, acertadas investigaciones hubiera conseguido inaugurar una relación secular de veneración de Alemania y, por ende, de toda Europa hacia la Grecia clásica. Habría construído el paradigma de un nuevo y moderno estilo clásico. Alemania y Grecia, al igual que sus predecesores, los Medici, con los portentosos genios del Renacimiento, desde Filippo Brunelleschi a Leonardo da Vinci, a Miguel Angel o Rafael que, redescubriendo la Grecia Clásica, italianizarían el arte de forma egregia, suprema e innimitable.
Un algo muy diferente que nada tiene que ver con los conflictos sobre el euro o con los cuartos de final de la Eurocopa.
El día 22 de este tórrrido mes de junio se enfrentaron sobre un campo de fútbol dos modelos, dos tradiciones, dos destinos. De una parte el destino de la Grecia clásica que, en el curso de la historia, perderá siempre más relevante importancia respecto a sus espectacularmente brillantes glorias del pasado. Que verá debilitarse su peso político. Que conocerá el agobio económico, que se está acercando al desastre, sin retorno, de su sistema finaciero y que ha puesto todo su esfuerzo en un partido de fútbol para tratar de reconquistar el orgullo perdido de frente a al extrapoder que hoy trata de aplastarla.
Del otro lado el destino de la cultura gemánica que ha colocado sobre un pedestal a aquella otra de la Grecia clásica. Que ha transtornado, inpirado, hipnotizado enteras legiones de escritores, filósofos, compositores, todos ellos artistas alemanes empeñados a hacer de Grecia su arquetipo cultural, el punto de mira de su enloquecido amor y de su maldición espiritual. Nietzsche fulgurado del sepiterno contraste entre Apolo y Dionisio. Schiller que tenía a Grecia tan grabada en su mente que elaboró la contraposición de la poesía de los antiguops vates como “ingenua” y la de los modernos como “sentimental”. Heidegger que escrutaba el Ser, el Devenir, el predominio de la Técnica, en coloquio parmanente con Parménides y Heráclito.
El descubrimiento de una especie de relación espiritual y estética que ¿porqué no? tambièn tiene algo que ver con un partido de fútbol y con las vicisitudes del euro. El agonismo olímpico moderno no es nada más que un explícito intento de desenterrar los juegos olímpicos de la antigua Grecia. Al igual que la reflexión política moderna ha tenido siempre como interlocutor ideal el modelo de la estética griega.
“La belleza clásica con su infinita extensión de contenido, materia y forma ha sido el don conferido al pueblo griego y nosotros debemos honorar a este pueblo por haber creado el arte en su más alta vitalidad”. Así escribía Hegel, para el cual el Espíritu del Mundo estaba transitando desde la Grecia mediterránea del mundo antiguo al Estado fuerte de la Prusia del siglo XIX.
Desde hacía siglos, desde el punto de vista histórico, Grecia ya no contaba nada sobre los escenarios del mundo. Cuando el romántico Lord Byron, epíritu indómito y rebelde, fue a morir para defender la indepencia de Grecia, llevaba en su corazón un mito, no un territorio y un archipiélago de islas que ya no contaban nada. La Roma antigua, por ejemplo, la de los Césares, se salvará de esta marginalidad transformándose en la Segunda Roma, aquella de los Papas. Atenas, sin embargo, será, sólamente, un puerto importante como el Pireo. Será transfigurada con las imponentes piedras de la Acrópolis. Con al filosofía griega. Con su clasicismo como modelo inalcanzable de pureza y de equilibrio para cualquier otra cultura, incluyendo la alemana.
Leni Riefenstahl, con su monumentalización épica de “Olimpia”, las Olimpíadas de Berlín del 1936 tan deseadas por Hitler, no fue nada más que un intento de relacionar los cuerpos de los atletas con aquellos otros de las Olimpíadas de la antigua Grecia. Siempre este reflejo, como en un espejo. Alemania ha deseado ser la revitalización moderna de la Grecia clásica. De aquella Grecia que combatía contra “los bárbaros” y contra el despotismo de la “unidad oriental” evocada por Hegel. Hoy, por hoy, no sabemos donde han ido a parar “los bárbaros”. Una competición deportiva. Un banal partido de fútbol jugado en un clima incandescente, que los griegos han perdido, contra los alemanes, en ese reciente encuentro del pasado 22 de junio. Aún así, perdiendo, los griegos habrán podido descubrir las huellas de dónde han ido a parar esos dichosos “bárbaros”.
Con su imponente error, el gran Joachim Winckelmann, creó el stereotipo de la Grecia clásica. Las estatuas no eran blancas. Tenían muchos matices de colores. Es posible que un partido de fútbol los haya descubierto.