Cuando Europa ha dado saltos adelante en su integración ha sido por necesidad y oportunidad; en todos los casos el eje franco alemán ha estado engrasado, pero en todos ellos la Comisión ha jugado un papel decisivo. Ocurrió con Delors y no ha ocurrido con Barroso, que habla idiomas pero no sostiene proyectos consistentes. El peso de la Unión ahora está en Berlín y en París, Merkel y Hollande, pero sobre todo Merkel.
Adenauer (1949-1963) el eterno canciller, “el viejo”, quería Europa para proteger a los alemanes de sus fantasmas, de sus pasiones. Brandt (1969-74), Schmidt (1974-82) y Kohl (1982-90) eran europeos porque no querían repetir la historia. El caso de la señora Merkel es más impreciso, viene de la Europa del este y no está claro cuál es su plan, aparte de defender sus dineros.
En la Comisión, que debe ser motor de iniciativas, el presidente Barroso pasa los recados de los jefes de gobierno que cuentan, la vicepresidenta y alta representante para Exteriores y Seguridad anda perdida en el éter de las islas, y ni está ni se la espera. El presidente del Consejo Rompuy aún no ha dado la medida del cargo. El único contrapoder a los jefes de Gobierno alemán y francés es el presidente del Banco Central Europeo que tiene vuelo propio y tiene poder, aunque sea limitado por los tratados.
Con ese andamiaje la llamada Europa tiene dificultades para tomar decisiones, especialmente si deben ser rápidas. La reunión del miércoles en París de los dos actores principales para cerrar la agenda de la cumbre de Bruselas es determinante, lo que no quieran ellos no saldrá adelante, y lo que propongan puede requerir de meses y de negociaciones internas para que se ponga en marcha.
De esta cumbre no puede salir un papel de buenas intenciones porque eso pondría de rodillas a los países amenazados, a España primero y a Italia después. Además está el problema de Grecia que sigue abierto en canal. Hollande va a conseguir poner en marcha su programa de crecimiento, y la canciller no permitirá mutualizar la deuda europea en tanto las cuentas no encajen y cuadren con los objetivos de estabilidad. Mientras eso ocurre la Comisión va a poder ampliar su influencia con un comisario para dibujar la unión fiscal y bancaria que deben servir para evitar futuras crisis semejantes a la actual pero no a salir con rapidez del laberinto.
España va a conseguir el crédito para sanear las cajas con problemas, pero con condiciones explícitas e implícitas que van a obligar al Gobierno Rajoy a tomarse más en serio la política presupuestaria que mediado el año está atascada en los mismos niveles de déficit que el año anterior.
La cumbre de esta semana debería ser para tomar decisiones drásticas, decisivas, pero los equilibrios de fuerzas e influencias no están para eso, a la marmita de la unión le faltan más tiempo al fuego. Los europeos siguen en el laberinto tanteando posibles salidas. Como dato cabe apuntar que Hollande y Merkel quieren sostener el euro. No es poco.
fgu@apmadrid.es

Pablo Sebastián
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