Excusas y más excusas, esperando el rescate
Fernando Glez. Urbaneja
Publicado el 19-06-2012
El discurso público sobre la crisis discurre de excusa en excusa, siempre con enemigos exteriores a los que endosar la responsabilidad de las causas y de urgencia de las soluciones. Habitualmente el BCE es quien debe proveer los arreglos, el ingeniero capaz de volver a poner en marcha el vehículo averiado; también Merkel, Bruselas y el lucero del alba. Y a la hora de localizar culpables lo más fácil es apuntar a la conspiración de avariciosos banqueros de negocios o de cualquier otro género, o burócratas dogmáticos de la ortodoxia, y también al BCE por lo que hace y por lo que no hace y desde luego los del rating y los especuladores, que merecen garrote vil. La lista es larga y quienes la utilizan para una explicación tranquilizadora-irritante ocupan todo el arco político, gobierno y oposiciones.
El Gobierno anterior clamaba contra las agencias de rating y los especuladores internacionales y les consideraba causantes de los males que nos agobiaban de forma inexplicable. Y el Gobierno actual empieza a sucumbir a la tentación del mismo argumento. A falta de razones y explicaciones, recurren al pensamiento mágico y a tontos y tristes tópicos.
Al BCE se le puede pedir más madera, más liquidez, pero de momento ha puesto más de un billón de euros en los circuitos durante los últimos meses, sin que haya servido para cambiar la tendencia. En el caso español la oferta del “dichoso y confuso” crédito de cien mil millones, en las mejores condiciones, no ha aliviado la situación, por el contrario ha multiplicado desconfianza y agobio.
Demasiadas excusas y poco trabajo en casa. El Gobierno (y la oposición) proclaman su esforzado y admirable trabajo de ajuste pero sin avanzar un metro. El déficit público del 2011 (responsabilidad del Gobierno anterior) alcanzó casi el 9% (unas décimas menos que el año anterior) y este año el objetivo del 5,3% se aleja por semanas. Los pérfidos inversores han financiado al Estado español (y al sector privado) con ingentes masas de dinero (más de dos veces el PIB anual de stock acumulado) y dudan de ir más lejos e incluso de recuperar todo lo invertido. Ese es el problema de fondo. Con el añadido de que instalados en la recesión decrecen las posibilidades de hacer honor a los compromisos.
Se entiende que el pavor de cuantos están en el ajo crezca por días, ni el ajuste suficiente, ni hay crecimiento, ni hay salida. Y además en la opinión pública crece el sentimiento de que cada cual ya ha hecho su ajuste y que son otros los que tienen que asumir el empobrecimiento.
El Gobierno, este y el otro, no aciertan a explicar la crisis, quizá ni siquiera la entienden. Y van como pollos sin cabeza detrás del ruido sin objetivos y procedimientos decididos y consistentes. El énfasis en que hay que mutualizar las deudas soberanas es vano, seguramente hay que hacerlo pero antes habrá que conseguir la confianza en los socios, que hoy no existe.
Probablemente España va a necesitar un gran rescate y que éste será del interés de todos, aunque maldigan el gesto.Y quizá sea el momento de adelantarse, de pedirlo antes de que lo impongan otros con malos modos. La experiencia de la ayuda a los bancos (no diré rescate para no molestar, además no han rescatado nada aún) merece atención. “Tarde, mal y a rastras” (certera expresión utilizada por Rajoy) es el mejor procedimiento para el fracaso.
fgonzalu@nebrija.es
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