Nº 1164 -  20 / VI / 2013 
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OPINIÓN

El escándalo Dívar como síntoma

Fernando Glez. Urbaneja
 

El señor Dívar, presidente del Tribunal Supremo, tendrá que irse del cargo y de la carrera, antes o después. Cuanto más tarde en llegar esa liberación, para él mismo y para España, menos pesada será la carga. El personaje es patético, lo era desde primera hora, pero mereció el beneficio de la duda, la hipótesis de que personaje tan extravagante podía significar y aportar algunos valores. No funcionó; el sujeto es lo que parece. Zapatero le aupó al cargo en una de esas decisiones suyas audaces que pretendían empatar pero que carecían de reflexión y fuste. Tampoco hay que descartar cierta malicia en el presidente cuando hizo esta elección que, además, iba más allá del mandato legal ya que no son los partidos o los líderes, quienes deben designar al presidente del Consejo del Poder Judicial y el Supremo. Pero de esos polvos, de ir más allá de la ley con manifiesto abuso de poder, vienen estos lodos.

Tampoco hay que olvidar que los grupos dominantes del Consejo, donde funcionan pactos subterráneos, estaban encantados con un Dívar que deja hacer y sirve de coartada. Ya ocurrió algo semejante en la Audiencia nacional donde ejerció de presidente objeto, peculiar, habilitando espacio a algunos de los males que han carcomido la Audiencia Nacional.

Al margen del personaje, que da material para una novela que puede discurrir por el humor o la tragedia, el problema de este escándalo radica en lo que muestra, en su carácter de síntoma de otros males. La sala segunda del Supremo no quiere entrar en el caso, aunque cuatro magistrados entienden que deberían, al menos, investigar por repugnancia o por captura de sus respectivos valores.

Desde el punto de vista de los partidos las posiciones son claras. Los socialistas quieren poner punto final al mandato Dívar y los populares prefieren resistir, quizá porque la posición socialista es la contraria y no quieren darles ninguna posibilidad. Mientras el prestigio de las instituciones se hunde un poco más. En breve alguno de esos medios internacionales que últimamente zarandean lo español sin contemplaciones, descubrirá el filón Dívar y aprovechará para remachar la tesis de que España no es un país serio, que nunca lo fue, menos que Italia, a la que sigue en males endémicos.

Cinco vocales del consejo han reclamado una reunión urgente del mismo para debatir la situación y el PP ha admitido que el presidente del Supremo y del Consejo comparezca en el Congreso para explicar la memoria de la institución. Da la sensación de que ofrecen plazos al señor Dívar para que tome el gabán y se vaya sin producir más estropicios. Pero el hombre no se anima, teme que si pierde la posición le puede ir aun peor porque sabe que el equilibrismo que ha practicado hasta ahora no tiene futuro. Si los de la prima de riesgo se enteran de esta historia la cosa puede ir a peor. La mejor reforma que puede intentar el Gobierno, la más productiva, sería la de la justicia, para que sea eficaz y respetada.

Que el escándalo siga coleando, enredado en una pugna partidista pone de relieve que bajos están los estándares de exigencia en la vida pública y que la regeneración democrática es una tarea pendiente.

fgonzalu@nebrija.es

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