“Somos los que hacemos repetidamente. La excelencia, por tanto, no es un acto, sino un hábito”. Lamentablemente, la vieja cita de la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles ha quedado en el olvido. Estamos más atentos al detalle, al momento, que al conjunto de las acciones de cada uno de los seres humanos. Así van las cosas: los modelos de conducta que dominan en nuestra sociedad son los de aquellos que tienen hábitos perniciosos pero, de vez en cuando, hacen algo más o menos sobresaliente. Como Amy Winehouse, Jorge Javier Vázquez o cualquier político que elijamos.
El pasado fin de semana se estrenó en España “Project X”, una gamberrada que refleja, mal que bien, una tremebunda fiesta con tintes homéricos de orgía contemporánea. Algo que sería muy divertido si, cada fin de semana, no se sucedieran los botellones de menores de edad que, contraviniendo la ley presuntamente vigente, beben hasta hartarse sin que nunca les pase nada. Su ejemplo es malo, pero son menores. Que la policía no actúe es algo pésimo, porque, como con casi todo, hay una cierta sensación de impunidad en todo aquello que no tiene que ver con el IRPF y el IVA de los ciudadanos comunes, no con los de las altas esferas.
Hemos llegado a tal punto que aceptamos como común y lógico cualquier acto que en otros países –tampoco muchos, para qué engañarnos– resultarían escandalosos. Pablo Motos, cada noche, vende como producto blanco un programa donde abundan los chistes obscenos y/o políticos. El jefe de los jueces puede largarse de fin de semana a costa del presupuesto, y todos contentos. Los partidos políticos y las centrales sindicales y patronales no han visto reducidas sus partidas presupuestarias en estos tiempos de penurias. Así, hasta es comprensible que un político se lleve a su hijo a ver un partido de fútbol en la otra punta de Europa.
Frente a estos ejemplos, afortunadamente existen otros que sirven de ligero consuelo. Rafael Nadal, después de ganar su séptimo Roland Garros, se echó a llorar Humildemente. Su éxito es resultado de innumerables horas de trabajo, del esfuerzo denodado de sus músculos y de su equipo. Allá, en París, otro campeón, Pau Gasol, pasó prácticamente desapercibido hasta que le dio un abrazo a su querido amigo. En Polonia, un grupo de jugadores que ha ganado la Eurocopa y el Mundial se esfuerzan por ganar otro título aunque reciban las críticas injustificadas de nuestra prensa deportiva, a menudo no muy lejana de la infame del corazón.
De todas maneras, el esfuerzo de Nadal parece demasiado lejano para el común de los mortales. Es mucho más simple ser Carlos Dívar, un gran banquero, un golfete de partido o, sencillamente, irse de botellón sin que te vaya a pasar nada. Una cosa es la admiración que despierta el tenista de Manacor, y otra seguir su ejemplo. Sobre todo en un país donde trabajar se considera un castigo y no un privilegio que nos fortifica.
Este próximo viernes tampoco se estrena ninguna película que dé ganas de verla. Y no hay tantos acontecimientos deportivos como el pasado fin de semana. Eso nos dará más tiempo para pensar en nuestras cosas. Algo que importa bastante poco, porque parece que todo nos va la mar de bien. O esa es la impresión que da la ciudadanía española, fascinada por los buenos y malos ejemplos que nos dan nuestros famosos de todo tipo y condición.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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