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Los tramposos

Marcello

Publicado el 11-06-2012

En el avión periodístico que Iberdrola fletó a Gdansk, para hacer con esfuerzo y eficacia “marca España”, en pos del emocionante encuentro de Italia y España, donde Rajoy se desmelenó con una colección de muecas y aspavientos impropios de la cortesía y la deportividad en un palco oficial, en ese avión había talento más que suficiente para integrar la espléndida Redacción de un diario que no estuviera sometido a los partidos políticos, ni a los Pedro J. y Cebrián, pero eso es mucho pedir a las orillas enfrentadas del Rio Bravo español de la información, a pesar de la falta que hace.

Al regreso del periplo relámpago a Polonia –al que no nos pudo acompañar un ganador nato como es Sánchez Galán, porque se lesionó un pie toreando un novillo llamado Florito, al que cortó las dos orejas sin pestañear-, Edurne Uriarte y Carlos Herrera dormían como unos benditos mientras Alfredo Relaño, que es el que más sabe de futbol en España, preparaba los titulares del AS, y Marcello meditaba un cúmulo de maldades hasta concluir que a Rajoy hay que llamarle desde ahora “Mariano el del Bombo” por su pasión deportiva y el entusiasmo con el que aporrea su tambor al grito de ¡Es-pa-ña, Es-pa-ña!, convirtiendo en triunfo el empate con Italia y el rescate bancario del país.

Un rescate sobre el que el Gobierno nos ha ofrecido una versión actualizada de aquella divertida e inolvidable película de Los Tramposos, donde Tony Leblanc se consagró como actor, y por ahí sigue el genio triunfando con las aventuras Torrente, el brazo tonto de la Ley (que debería ocuparse de Dívar, Urdangarin, los banqueros avispados, los corruptos de ERE y Gürtel, etc) del sabio Santiago Segura –una máquina de hacer dinero en el cine español-, a quien Rajoy debe nombrar ministro de Economía o Portavoz, porque si de lo que se trata es de mentir y divertir a personal Santiago es, sin duda, la persona adecuada, porque es capaz de hacer todo eso sin herir a nadie y dejando entender lo que ocurre de verdad.

Los políticos son como niños y algunos de ellos y ellas puede que incluso estén en la edad de la inocencia porque piensan que todos los españoles somos tontos de capirote, y que los periodistas están dormidos en sus laureles o a las ordenes del poder y alejados de la sociedad lo que no es verdad. Los periodistas duermen con un ojo abierto y avizor y al amanecer rompen aguas como Carlos Herrera en Onda Cero al frente del informativo más influyente del país, al  que también escuchamos en el día de ayer entre sueños y los goles fallidos de Torres, que es el niño de Del Bosque, como Soraya era la niña de Rajoy para el enfado de la Cospedal. Aunque veremos lo que duran los dos porque anda suelto el gallo del corral del PP, Javier Arenas, afilando los espolones para regresar a la capital del Reino –ya ha quedado con 200 personas para comer- y pronto sabremos a cuál de las dos flores le moverá el sevillano el sillón.

O sea que España no tiene ni delantero centro, ni presidente del Gobierno. Y acabamos de estrenar a Linde como gobernador del Banco de España, a las órdenes de la troika de la intervención financiera, como bien lo subrayó el Rey en su toma de posesión diciéndole  a De Guindos como broma, “enhorabuena” y a Linde “menudo momento” elegiste majo (pareció entenderse) porque el Rey, a pesar de los pesares, no pierde el sentido de humor que es lo poco que nos queda.

De ahí el éxito de la nueva versión de Los Tramposos cuando Rajoy nos contó que quien ha presionado a la UE, hasta ponerla entre las cuerdas –se entiende- fue él, lo que provocó carcajadas en el público del ruedo ibérico, o como cuando añadió que esto no era un rescate si no “una línea de crédito”. Le faltó decir a Rajoy, como estrambote final, que le ha robado el bolso a la Merkel y ha tomado el pelo a Draghi, Monti, Hollande y Rehn que es, a buen seguro, lo que piensan en la Moncloa, sin imaginar que la nueva guerra de las Termópilas está a punto de estallar y que el contagio a España puede llegar a Madrid antes que los fondos de rescate lo que sería un calamidad. Para mondarse de risa, a juego con todo lo demás.


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