No es sólo una cuestión de semántica política, de llamar de un modo lo que puede entenderse de otra manera. La solicitada operación de ayuda al sector bancario no cabe presentarla como operación de rescate de la economía española, como lo fueron en su correspondiente día las que se aplicaron a Grecia, Irlanda y Portugal, dado que éstas conllevaron intervenciones directas de las políticas económicas en cada una de tales naciones, con la consiguiente merma de sus respectivas soberanías más allá, de cuanto a porciones significativas de la misma renunciaron sucesivamente, al ingresar en la Comunidad Europea y al acceder a la Eurozona.
Otro asunto es lo que concierne al caso español, cuya política económica llega a este momento precondicionada por los correspondientes y sabidos criterios de estabilidad económica y equilibrio fiscal, aunque sin la sabida presencia de los “hombres de negro”, propia de un régimen de intervención, conceptualmente gemelo de un régimen de protectorado y, hasta cierto punto, del sistema de “soberanía limitada” con el que el sistema soviético embridó con riendas más cortas aún el destino de los pueblos adscritos a su férula, luego de la Segunda Guerra Mundial, en virtud de los Acuerdos de Postdam y Yalta.
Estamos en otra cosa tras de la videoconferencia de este último viernes. La intervención de España resulta ociosa y hubiera sido redundante. Las pautas de Bruselas sobre la crisis han sido y están siendo seguidas con escrúpulo. Consecuentemente, no vendrán los “hombres de negro”, que dijo el ministro Montoro, porque no hay causa ni materia para ello. Pero sí lo hay para los “hombres de gris”, para la auditoria en curso del sistema financiero español, recabada por el propio Gobierno, siendo ello por causa de dos motivos: la propia convicción política de que la realidad manifestada se compadece con lo cierto y la presumible razón de que si hubiera sido otra la calidad gestora del gobernador saliente del Banco de España, no se hubiera llegado al desbarajuste causado en el propio gestor financiero español.
Tales pueden ser las oportunas consideraciones sobre el perfil de esto a lo que se ha llegado, visto el asunto desde una específica y muy concreta percepción española del socorro bancario cuyo concreción última, en términos de cantidad, se establecerá desde lo que resulte de la auditoria en la que ahora se trabaja. Otros extremos corresponden al marco general en que todo esto acontece, y no sólo en la propia Eurozona sino en la misma la Unión Europea.
Del mayor interés resulta la caída del mercado interbancario no sólo en España sino también en todo nuestro espacio económico, hasta el punto de que la renacionalización emergida en el circuito de tal actividad bancaria entre países como paso subsecuente a las caídas del interbancario en su cada uno de ellos. De ahí que ya se hable de un proceso de balcanización de la banca europea, desde la aprensión de que si al cabo de este síndrome la Eurozona sobrevive es posible que no lo haga el mercado único financiero, que expresa el libre movimiento de capitales dentro de la Unión Europea.
Consuelo de tontos o percepción de los más avisados, la extensión y la profundidad de la crisis no sólo señala carencias sistémicas en el propio Euro sino que apunta a la percepción temerosa de una Unión Europea en trance burbuja.