La Santa Mafia
Javier Pérez Pellón
Publicado el 08-06-2012
Teniendo en cuenta que la antigua comunidad cristiana apenas salida de las catacumbas, en la época del emperador Constantino, se convirtió de perseguida en perseguidora y que, poco a poco, – los tiempos de la Iglesia han sido siempre largos – , el poder soberano del obispo de Roma se delineó en absolutismo, unas veces “ilustrado” como lo prueban las “dinastías” de los Rovere o la de la familia florentina de los Medici, mecenas y protectores de los inimitables grandes genios del Renacimiento, desde Miguel Angel a Rafael, y otras veces cruel y depravado, como fuera el caso de la “saga” española de los Borgia – , las intrigas, en el ámbito que rodeaba el poder espiritual y temporal del Pontífice romano, eran de “receta diaria”, y han continuado siéndolo a través de los siglos de su historia. Por ello no es de extrañar, añadiría que tampoco debiera ser motivo de escándalo, el acoso que está padeciendo Benedicto XVI por parte de la “Santa Mafia”. Sólo que algunos siglos atrás el Papa de Roma se deshacía de sus enemigos, ciertos o presuntos que fueran, enviándolos, previas tremendas torturas, a la hoguera, como en el caso de Giordano Bruno, cuando el papa Clemente VIII, para “celebrar” el Gran Jubileo del 1600, ordenó quemar al filósofo y fraile dominico, acusado de herejía, en la plaza romana de Campo dei Fiori, el 17 de febrero de aquel año. O cuando el Borgia Alejandro VI hiciera lo mismo, ordenando primero ahorcar y quemar después el cadáver del fraile dominico Girolamo Savonarola, hoy en olor de santidad, el 23 de mayo de 1498 en la espléndida plaza florentina de la Signoria, de frente a la arquitectura medieval del Palazzo Vecchio.
Viviendo, como vivo, desde hace treinta y cinco largos años “a la sombra protectora” de la Cúpula de Miguel Angel y habiendo dado varias veces la vuelta al mundo siguiendo los viajes (bastantes de ellas en el avión papal), de Juan Pablo II, aquel “al que quiere todo el mundo”, podría contar mil y una anécdotas, que no son el caso de relatarlas en las breves líneas de un artículo periodístico, sobre las intrigas que se desarrollan entre el ir y venir de los sutiles movimientos de sedas moradas o purpúreas de monseñores, obispos y cardenales de la corte pontificia.
A este respecto parece ser que la época de Ettore Gotti Tedeschi, al frente de la presidencia del IOR, el Banco Vaticano que ostentaba desde el 2009, ha terminado con el fulgurante cese del economista banquero decidido, por unanimidad, por los miembros del Consejo de la Sobreintendencia de dicho Instituto, una decisión que también ha contado con el voto del representante del Banco de Santander en el IOR.
El motivo oficial de esta medida no es sólo el de las carencias de eficacia en la gestión del Instituto, algo de lo que los cardenales que hoy tanto le acusan se podían haber dado cuenta mucho antes, sino el formar parte de aquel grupo de “conspiradores” que en estos últimos tiempos habría filtrado noticias reservadas del Vaticano difundiéndolas fuera de las herméticas estancias de los palacios pontificios.
Por la normativa canónica de la Santa Sede corresponde al Secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone el nombrar un presidente “ad interim” y lo ha hecho en la figura de su vicepresidente Ronaldo Hermann Schmitz representante de la “Deutsche Bank en el Consejo del IOR. “Deutschland, Deutschland über alles” , el papa Ratzinger parece fiarse sólo de sus connacionales. El Banco del Vaticano, vuelve, pues, a atravesar otro período de intrigas y turbulencias como los ya sufridos, anteriormente, en estos últimos treinta y cinco o cuarenta años y que tendrían que ver, en este caso, con el llamado “Vatileask”, esto es, la publicación de noticias reservadas del Vaticano.
Las investigaciones abiertas al respecto han llevado directamente a identificar a su principal culpable: Paolo Gabriele, el ayudante de cámara del Papa, su mayordomo, una de las figuras más cercanas al Pontífice y al que se le ha pillado con las manos en la masa en cuanto se le ha encontrado en posesión de documentos reservados y privados de Benedicto XVI. El Papa, como es natural, se ha sentido dolido por la conducta delictiva de uno de sus más estrechos colaboradores. Paolo Gabriele será sometido a tres grados de juicio, como cualquier otro ciudadano vaticano acusado de un delito semejante al suyo y juzgado por un tribunal apostólico, algo insólito y que no sucedía desde hace siglos. Por ahora está detenido dentro de la sede de la gendarmería de la Santa Sede. Pero si se le declara culpable puede ser condenado hasta con treinta años de prisión porque su presunto delito es muy grave, ya que supone la violación de la correspondencia de un Jefe de Estado, equivalente a un atentado a la seguridad del Estado. De ser condenado, convicto y confeso, descontaría su pena en una prisión italiana, porque las temidas mazmorras de Castel Sant’Angelo, pertenecen al pasado medieval y renacentista o para ser cantadas en alguna ópera de Puccini y, en la actualidad, no existe cárcel en el Estado de la Ciudad del Vaticano donde mantener a semejante “huésped”.
El cardenal Tarcisio Bertone ha declarado que las cartas sustraídas al Papa son importantes, pero las relaciones personales lo son mucho más y que lo más triste es que es que se ha violado la privacidad del Papa y de sus colaboradores, cardenales, obispos y monseñores de su más estricta confianza.
Todo esto nos hace dar marcha atrás, como en un túnel del tiempo, y recordar a Paul Casimir Marcinkus, el un día todopoderoso presidente del IOR, bajo el manto protector del pontificado de Juan Pablo II. Este monseñor, de origen lituano, nacido en Cicero, el tristemente famoso barrio de Chicago por ser el “cuartel general” de Cosa Nostra y de los más notables gansters de la época del prohibicionismo hasta nuestros días.
Estudiante en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entabla amistad con el Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Giovanni Battista Montini, futuro papa Pablo VI en 1963.
Según cuanto publicado el 12 de septiembre de 1978 en la revista OP que dirige Mino Pecorelli, asesinado el 20 de marzo del año siguiente de 1979, Marcinkus entró a formar parte de la masonería con el número de matrícula 43/649 y con el sobrenombre de “Marpa”. Su nombre figuraba junto a 121 eclesiásticos entre ellos el francés Jean Marie Villot, por entonces secretario de Estado del Vaticano, Agostino Casaroli que en aquellos días era jefe del “ministerio de Asuntos Exteriores” de la Santa Sede, monseñor Pasquale Macchi, secretario de Pablo VI, el cardenal Ugo Poletti, Vicario General de Roma y el jesuita Roberto Tucci , director de la radio vaticana.
En 1970, con ocasión de un viaje a Manila de Pablo VI, Marcinkus logró desviar el cuchillo con el que un pintor colombiano trataba de atentar a la vida del Papa. Este intrépido, inteligente y falto de cualquier clase de escrúpulos morales, mantuvo una estrecha amistad con Matthew Kennedy, presidente del Continental Illinois Bank de Chicago y, posteriormente, nombrado ministro del Tesoro por el Presidente USA, Richard Nixon. Sería este banquero el que le presentara a Michele Sindona, siciliano, miembro de la logia masónica P2, y en estrecho contacto con la Mafia, el cual, a su vez, le introduciría en círculo de Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano de Milán con quien fundaría la “Cisalpina Overseas Nassau Bank”, especializada en el reciclaje de dinero sucio, entre el cual se contaba aquel procedente del narcotráfico.
En 1972 Marcinkus tiene sus primeras divergencias con el Patriarca de Venecia, Albino Luciani, futuro papa Juan Pablo I, porque deseaba ceder, por parte del IOR, el 37% de las acciones del Banco Católico veneciano al Banco Ambrosiano de Roberto Calvi, sin contar con el conocimiento y aprobación de los otros prelados de la región veneciana. Los contrastes con Juan Pablo I, continuarían hasta la misteriosa muerte, aún sin aclarar, de este papa el 28 de septiembre de 1978, después de sólo treinta y tres días de pontificado.
El 23 de abril de 1973 Marcinkus fue interrogado por el Jefe del Departamento del Crimen Organizado, dependiente del ministerio de Justicia USA, con relación a un reciclaje de dinero y obligaciones falsas, por un valor de 950 millones de $ USA que partían de la mafia de Nueva York y que llegaban a los depósitos monetarios del Vaticano. Monseñor Marcinkus fue absuelto por insuficiencias de pruebas.
El 25 de septiembre de 1981 JUAN Pablo II le nombró arzobispo, aunque nunca le concedería la púrpura cardenalicia. Intervino directamente en la bancarrota del Banco Ambrosiano de Roberto Calvi y en 1987 se libró de ser detenido por el juez instructor de Milán gracias a la exhibición de su pasaporte diplomático.
Personaje con quien Marcinkus mantiene estrechas relaciones es Michele Sindona, fiscalista siciliano especilizado en la exportación de capitales hacia paraísos fiscales. La poderosa “familia” mafiosa, Gambino, le cede la gestión de sus ganancias procedentes del tráfico de droga. En el plazo de un año Michele Sindona funda un banco de su exclusiva propiedad. Por esos días conoce a Giovanni Montini, arzobispo de Milán y futuro Pablo VI. En 1969 inicia su asociación con el IOR y consigue que enormes cantidades de dinero se “desvíen” de su banco, a través del Vaticano, hacia las seguras arcas de los bancos suizos.
El liquidador designado por el Banco de Italia para hacerse cargo de la gestión de la bancarrota del Banco Ambrosiano de Roberto Calvi, Giorgio Ambrosoli, es asesinado por un sicario, William Joseph Aricó, llegado expresamente de USA, con cuatro tiros de pistola, cobrando por su hazaña 25.000 $ al contado y un cheque ingresado en un banco suizo por un valor de 90.000 $. En esos mismos días Boris Giuliano, Jefe de la policía de Sicilia y que investigaba sobre el tráfico de droga y que estaba en contacto con Giorgio Ambrosoli, cae asesinado en las calles de Palermo. En 1986 Michele Sindona e acusado, formalmente, de ser el mandante del asesinato de Giorgio Ambrosoli y condenado a cadena perpetua. A los dos días de si ingreso en la prisión super-protegida de Voghera, Sindona entrega su alma al Creador después de saborear, placenteramente, una taza de café al cianuro de potasio.
En 18 de junio de 1982 se encuentra el cuerpo de Roberto Calvi ahorcado bajo el puente de los “Frailes Negros”, en las londinense aguas del Támesis. Se le supone suicida, pero posteriores autopsias certifican que ha sido asesinado. Sus hijos continúan, aún hoy día, interponiendo recursos judiciales. Parece que, en última instancia, Roberto Calvi pidió ayuda al Opus Dei, para que, por su intercesión, le devolviera el dinero que el Banco Ambrosiano había depositado en el Vaticano. La Obra de Monseñor Escrivá de Balaguer, se mostró, en un principio, de acuerdo con las pretensiones de Calvi, pero otros poderes contrapuestos a la “Obra”, temiendo el ascenso rampante del Opus, desaconsejó la operación. El Opus Dei se retiró, prudentemente dejando a su destino fatal a Roberto Calvi, que en los tiempos de esplendor de su Banco había invertido tanto dinero en la promoción de “Solidarnosc”, el sindicato anticomunista polaco de Walesa tan querido del papa Juan Pablo II, a cuyas intenciones antimarxistas envió, también, un inmenso flujo de dinero a las organizaciones católicas de los países iberoamericanos y africanos subyugados por la doctrina revolucionaria leninista.
Nunca, desde hacía siglos, un pontificado como el de Juan Pablo II ha estado rodeado de crímenes y de escándalos nefandos. Comparándolos con las intrigas de hoy, las desazones de Benedicto XVI, se nos aparecen como pecadillo sin importancia, “pecatta minuta” que dirían los latinos. “El Padrino parte III”. “Dime con quién andas y te diré quién eres”, nos dice un viejo refrán castellano. Lo cual no siempre se cumple. Esto no podría decirse de Cristo que entre sus trece más queridos discípulos tuvo como compañero a Judas Iscariote.
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