En esto del toreo hay una cosa meridianamente clara: ya pueden llegar ventoleras y ventolinas azotando el aire de la tarde, que cuando coinciden en el ruedo un toro bravo y acometedor y un torero que sabe y quiere torear, se puede; es decir, se torea, se produce ese chispazo milagrero que enciende el arte del toreo.
Ayer, en Las Ventas, los capotes se movían dislocados, con convulsiones abruptas e intempestivas, incontrolables para algunos matadores y, en general, para el peonaje. Hasta que llegó Daniel Luque y se abrió de capa en los tercios del 10, ofreciendo la bamba del percal a un bóvido del Puerto de San Lorenzo, tercero de la tarde, un toro negro como la noche y con una seriedad en el ademán y en la mirada que imponía respeto a quien tuviere la obligación de retarle en buena lid. Pero era un buen toro, un toro de pausada y pastueña embestida, que son las más difíciles de canalizar, sobre todo en los primeros compases de la lidia. Sin embargo, Luque no se anduvo con rodeos, ni con probaturas, ni con zarandajas. Abrió el compás, adelantó el capote a un metro del húmedo morro del animal y comenzó a impartir todo un curso de toreo a la verónica, dibujando el lance parsimonioso, lento, lento, lento, como si el hombre se desperezara de una íntima somnolencia. ¡Qué belleza de toreo de capa! ¡Qué magníficos remates, echándose el toro al espaldar en la media! Todo un recital en tres entregas, dos para el saludo y una tercera para el quite correspondiente; sin duda, lo mejor que se ha visto con la percalina en estos casi treinta días de toros consecutivos. Puro arte.
También la faena de Daniel Luque a este toro ha sido la más compacta, la más acabada, la más profunda de cuantas se han visto en el doble serial. El del Puerto fue a más después del tercio de varas y tomó la muleta del torero con alegría, encastada nobleza y acusada fijeza, llevando los trancos hasta el final del arco de los muletazos. Así surgieron tres tandas a derechas y dos de naturales, rotundas, de arrebatada ejecución y notable ligazón, abrochadas con largos y ceñidos pases de pecho. Lástima que el toro se rajara antes de que Daniel pusiera epílogo con un gracioso toreo a dos manos y otro más efectista, manejando la muleta libre de espada; pero el espadazo hasta los gavilanes le valió la oreja, un premio legítimo que nadie –salvo alguien que esté casado con la inverecundia— osará discutir.
No pudo Daniel Luque rematar en gran triunfo su última tarde madrileña porque el quinto de la tarde fue una mole de 602 kilos atiborrada de mansedumbre. Corría por el ruedo, huidizo, haciendo ascos a quienes requerían su atención, buscando regresar al Puerto de la Calderilla, de donde no debió salir. Luque le ofreció su muleta en todos los terrenos, pero ni en el de tablas pudo hacer vida del mansurrón de alto tonelaje, al que despenó de un bajonazo.
Confirmó alternativa un jovencito francés llamado Thomás Dufau, un mozo con buena planta que acreditó notable valor y un excelente concepto del toreo. No se arredró antes las adversidades climáticas que hacían bambolear los engaños, ni a las invectivas que hacia el toro dirigía un grupo de aficionados, clamando ante una supuesta invalidez (perdió las manos en un par de ocasiones, más por la inercia del viaje que por debilidad y no se volvió a caer), y aprovechó la encastada y humillada embestida del toro de la confirmación (por mal nombre “Carafeo”, que, en puridad, era un dije, bajo de agujas y acucharado de cuerna) para torear con buen porte en varias tandas en redondo, con la derecha y la zocata, ajustadas y templadas. Fue justa la gran ovación que saludó tras colocar arriba y algo trasera la espada, pero fue injusto el aviso que envió el presidente cuando el toro doblaba las manos. En sexto lugar salió a escena un burraco alunarao y botinero. Manso perdido. Mesié Difó (por decirlo con fonética francesa) no le perdió la cara y acabó encelándolo en la muleta, a base de ofrecer la golosina del trapo y no quitárselo de la cara al mansurrón. Lo malamente que acabó con este toro de cromática pinta, no empaña la grata impresión que causó en los aficionados.
Finalizaremos con otro argumento incontestable: Manuel Jesús “El Cid” se va de Las Ventas con su papel bursátil a la baja. Tres tardes sin que pase nada –o que podía haber pasado y no pasó, que es peor–, le estarán rondando a estas horas por la cabeza, como una pesadilla. Es cierto que ayer, su segundo toro, de pitones pavorosos, cambió bruscamente cuando Manuel le ofreció la muleta, y se comportó como un verdadero barrabás, lo cual justifica el abatimiento del torero; pero en su primer toro, segundo de la tarde que flojeó en el tercio de varas y fue protestado, debió recuperar prestigio y cotización. La buena casta del toro de Lorenzo Fraile le hizo venirse arriba en el tercio final, y persiguió la franela del Cid con tránsito de bravo. El torero, sin duda acuciado por las especiales circunstancias que atraviesa en esta plaza, se mostró aceleradillo y dio muchos pases sin encontrar buena recepción en los tendidos. Ni siquiera se valoró su guapeza entrando a matar en rectitud, cambiando la estocada por un jirón en los rizos de su pechera.
Mal lo tenéis Mío Cid. Habrá que echar mano de las quintillas de Nicolás Fernández de Moratín, evocadoras de un suceso de dudosa verosimilitud (el alanceamiento de un toro por Rodrigo Díaz de Vivar en el rústico Madrid de su época), para hacer comparanza con la tesitura que vive el Cid de nuestro tiempo. Tomemos los cinco versos de remate: Y es fama que, en la bajada,/ juró por la Cruz el Cid,/ de su vencedora espada/ de no quitar la celada/ hasta que gane Madrid. Lo tenía más fácil el de Vivar que el de Salteras.
Madrid. Feria del Arte y la Cultura. Cuarta de abono. Algo más de media entrada.
Toros: Puerto de San Lorenzo, los tres primeros de bellas hechuras, protestados primero y segundo, precisamente los tres que mejor juego ofrecieron, mostrándose encastados, bravos y nobles; el cuarto, cambió bruscamente, desarrollando sentido y cortando los viajes, quinto y sexto, mansos de solemnidad.
Toreros: Manuel Jesús “El Cid (de grana y azabache), estocada valerosa (silencio), pinchazo hondo y descabello (pitos); Daniel Luque (de azul noche y oro), estocada (oreja), bajonazo (ovación) y Thomas Dufau, que confirmaba alternativa (de blanco y plata), estocada trasera (ovación y aviso inoportuno) y tres pinchazos, y estocada trasera y caída (silencio).

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Fernando Fernández Román
Ignacio Sebastián de Erice
Julián García Candau
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