No eran muchos los que esperaban que el Banco Central Europeo optara este miércoles por bajar los tipos de interés, dada la asimetría existente en estos momentos entre los principales países de la zona euro y la existencia de fuertes tensiones en los mercados, cuya solución, ni siquiera su apaciguamiento, no depende de las tasas oficiales de interés. Las políticas monetarias han dejado paso en los últimos años a un protagonismo excesivo de las políticas fiscales. Los bancos centrales prácticamente han dejado aparcadas sus estrategias monetarias tradicionales y se limitan a mantener durante largos periodos de tiempo unos tipos de interés oficiales bajo mínimos, como sucede en Japón, Estados Unidos y desde luego en la Eurozona.
Por lo tanto, del BCE interesan otras cuestiones, también de vital importancia, como su predisposición a facilitar liquidez abundante a las entidades y su actividad en los mercados abiertos, como agente regulador de los precios de los activos financieros estatales, con el objetivo de facilitar la más correcta financiación de los Estados. En estos asuntos, el BCE ha estado parco en respuestas, de manera que la pelota sigue en el tejado de los Gobiernos y de las instancias comunitarias. La Eurozona no tiene un problema de tipos de interés sino de identidad institucional, de tareas pendientes de los Gobiernos, de reformas que devuelvan la competitividad a la zona y de mayor cohesión entre los Estados miembros.
Los dos asuntos que tiene ahora mismo la UE sobre la mesa son las elecciones griegas del día 17 de junio y el formalismo con el que se encaja el acopio de capital para los bancos españoles en crisis, ya que se trata más de una cuestión formal que de un asunto de convicción y de diagnóstico.
Hay sensación generalizada de que hay que ayudar a los bancos españoles para desatascar una de las principales trabas que ahora mismo contribuyen a exacerbar las tensiones en los mercados, situando a un país como España en una situación financiera cercana a lo insostenible, con unos tipos a largo que han estado a punto de rebosar la línea crítica del 7%. Por fortuna, los tres días recién transcurridos han servido para que la prima de riesgo abandonara el listón de los 500 puntos básicos, situándose ligeramente por debajo. Los tipos a largo plazo se han moderado hasta niveles del 6,30%, lo que constituye un alivio de cara a la subasta que hoy habrá de fallar el Tesoro, con la prevista emisión de deuda pública a medio y largo plazo, incluidos los bonos a 10 años.
Los bancos españoles afrontan en estos momentos un examen, con examinadores internacionales, cuyos resultados se conocerán a finales de este mes, momento a partir del cual podría restaurarse el clima de confianza que afecta ahora mismo a la práctica totalidad del sector pero que realmente se concentra en un reducido grupo de entidades. El resultado de los exámenes resultará más eficiente para la normalización de la economía española y de los tipos de interés que una rebaja de tipos oficiales, como esperaban algunos pocos analistas, básicamente los bancos privados alemanes.
La cuestión es cómo va a recuperar el conjunto de la banca española la confianza de los mercados internacionales una vez el sector cuente con el aval de los auditores y consultores que ahora mismo están en plena tarea de evaluación de la solvencia del sector. La banca española ha quedado arrinconada en un “ghetto” del que tendrá que salir a la mayor celeridad para recuperar el ritmo normal de financiación en los mercados internacionales. Y, con él, la fluidez del crédito que necesitará la economía productiva, las empresas y las familias, para cuando el ciclo económico reanude su ritmo más normalizado.