Los meteorólogos dicen que los vientos pueden ser de dos clases: permanentes o periódicos. Naturalmente, no le han echado cuentas a los de las Ventas. No saben que en la plaza de Madrid la ventolera es permanente, y ello es independiente de la estación del año, del frío o del calor, del sol o la lluvia; solo se precisa que en su ruedo se celebre un festejo taurino, a poder ser una corrida de toros, y si es con las grandes estrellas de la torería, mejor que mejor. Ventolera asegurada.
Ayer, dentro de la llamada feria del Arte y la Cultura, tuvo lugar la esperada corrida de Beneficencia con el cartel más rematado del abono, San Isidro incluido. Y ayer, vaya por Dios, las banderas que ondean sobre el caballete de la fachada principal se pusieron a tremolar como no lo habían hecho en las veintisiete tarde de toros anteriores. Soplaba en viento con fuerza, de oriente y de poniente, del norte y del sur. Es un viento racheado, cruzado, tozudo aventador de muletas y capotes, un viento que conocen muy bien los toreros que actúan en esta plaza. Ahora, sumen a ese viento multidireccional un nuevo vector, exclusivo de este escenario taurino: el viento que sopla desde varios puntos de tendidos, gradas y andanadas, generado por palmas a compás de índole recriminatoria o por silbos –“música de viento”, le llamaban los antiguos revisteros– de variada intensidad, ora para el toro ora para el torero, y obtendrán un mapa isobárico inusual, genuino de la plaza de las Ventas.
Si la tarde de toros de esta tercera del abono de la feria del Arte y la Cultura (elongación de la de San Isidro) se hubiera celebrado en otra plaza de primera categoría –elijan ustedes el escenario–, aún con el contratiempo del viento que no dejó de soplar durante toda la corrida, estaríamos hablando de una función bien distinta a la que presenciaron los aficionados que llenaron hasta las tejas la llamada primera plaza del mundo. Estaríamos hablando de un éxito rotundo de, al menos, dos de los componentes de la terna de toreros, y ¿saben por qué?, pues porque en el resto de las plazas de toros del mundo –desde la segunda hasta la última—el otro viento, el muy propio de las Ventas, no es que esté en calma es que, simplemente, no existe.
De los toros anunciados de Núñez el Cuvillo solamente se lidiaron cuatro. De ellos, el que hizo segundo, lavado de cara y degollado de papada, pero bien armado y astifino, fue ruidosamente protestado por su deficiente presentación; pero fue un gran toro, bravo y poderoso en el caballo y codicioso en todos los tercios. También se protestó (pero menos) el que abrió plaza, otro toro de Cuvillo que rompió a embestir en la muleta, y, por supuesto, recriminaron la presencia del quinto y del sexto (estimo que simplemente por lucir el hierro del ganadero titular), y ambos posibilitaron el triunfo de sus lidiadores. Completaron el lote de toros dos de Victoriano del Río, el lidiado en tercer lugar (con diferencia el de menor presencia, pero sorprendentemente el menos protestado) que resultó de bandera, y un zambombo de 631 kilos que entró como segundo del lote de Morante, y que tampoco desarrolló malas intenciones.
Pues bien, a pesar de lo expuesto sobre la presentación y juego del ganado, solo Alejandro Talavante salió victorioso de la confrontación. Se lo ganó a pulso. Ya sorprendió al público con un ceñido quite por chicuelitas rematado con un original recorte, soltando una punta del capote; después la faena de muleta, bien que intermitente, tuvo momentos espléndidos, con tandas macizas, llevando al extraordinario toro de Victoriano hasta detrás de la cadera en muletazos por ambos pitones, ceñidísimos. Quizá pecó el torero de agobiar al bravo toro, en su obsesión por la cercanía, intercalando parones y arrucinas que fueron acogidos con gran júbilo por el público, aunque no tanto por ese viento puntual y efímero que genera la cerbatana de sentencias de dudoso gusto. Se volcó tras la espada y ganó una merecida oreja. Y otra más paseó, antes de ser paseado en hombros, del sexto, un “cuvillo” encastadito e incierto en las primeras fases de la lidia, al que fue sometiendo Talavante con la muleta, a la vez que su bien amueblada cabeza fue absorbiendo y diluyendo los alfilerazos que salían de las toberas del tendido, cada vez más huracanados, no sea el demonio que a éste le dé por meter la espada y se abra otra vez la Puerta Grande; pero pegó un espadazo y se fue en volandas. A esas alturas de la corrida, ya la música de viento no contaba y las cerbatanas estaban embotadas.
El resto del festejo fue la historia de un fracaso anunciado. Morante se peleó con los vientos más que con sus toros, y solo dejó en la mente de los espectadores tres o cuatro muletazo en redondo al primer toro y un quite por bulerías (Morante no torea por chicuelitas, sino por bulerías) a la mole jugada en cuarto lugar. Y Manzanares empleó la tarde tratando de sobreponerse al calvario que hubo de soportar, a una especie de tramontana, tan contumaz e hiperbólica, que es capaz de abatir al carácter más templado. Sucumbió José Mari ante la irascibilidad el público, frente a dos toros que ofrecieron grandes posibilidades de lucimiento, como sucumbieron sus dos toros de sendos espadazos al volapié y en la yema. Ni eso le tuvieron en cuenta. Fue quien más hubo de sufrir el tornado que se amasa en el tendido y llega al ruedo para succionar al torero con sus vórtices y remolinos.
Mientras Talavante era paseado en hombros por el ruedo, Morante y Manzanares se encaminaban hacia el Palco Real, para ser cumplimentados por la Infanta Elena; aquél, sereno ante la adversidad y la indecencia de quienes arrojan almohadillas, éste contrito y desconcertado. Puso ser una gran tarde de toros. Como las de antaño. Como las que terminaban en ovaciones de clamor para los toreros y cargaban con ellos hasta la plaza de Manuel Becerra. Eran otros tiempos, cuando en la plaza de Las ventas solo soplaban los vientos atmosféricos.
Madrid. Feria del Arte y la Cultura. Tercera de abono. Lleno.
Toros: cuatro de Núñez del Cuvillo, primero y segundo discretamente presentados, correctos quinto y sexto, manejables en general, destacó el segundo, encastado y bravo en todos los tercios; dos de Victoriano del Río, uno (el tercero) escaso de trapío pero de gran juego, bravo, noble, encastado y codicioso, y otro (el cuarto) sobredimensionado en peso, poco castigado en varas y con cierta nobleza en el tercio final, pero sin humillar.
Toreros: “Morante de la Puebla” (de verde botella y oro), más de media habilidosa y descabello (silencio) y pinchazo y estocada (bronca); José María Manzanares (de azul noche y oro), estocada a volapié (silencio) y gran estocada (silencio) y Alejandro Talavante (de grana y oro), estocada y descabello (oreja) y estoconazo (oreja). Salió en hombros por la Puerta Grande.
Incidencias: Corrida de Beneficencia. Presidió el festejo la Infanta Elena, en representación de la Casa Real Española.