Nº 1136 -  23 / V / 2013 
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Crónica Taurina
Fernando Fernández Román

Crónica taurina

‘Mulillero’ era de derechas

Fernando Fernández Román
 

Arrancaba a matar Iván Fandiño al sexto toro de Adolfo Martín y las manecillas del reloj de la plaza de Las Ventas marcaban un perfecto ángulo recto. Eran las nueve en punto. Dos horas de corrida, de la última corrida de toros de la feria de San Isidro de este año de gracia de 2012. “¿De gracia por qué, oiga? ¡Con la que está cayendo!”, diría cualquiera que oyera esta frase sacada del lugar que siempre ha ocupado en la fraseología común. Es un decir. Fandiño pinchó a las nueve, de seguida clavó una estocada y a las nueve y seis minutos un toro cárdeno herrado con la “uve” de nombre “Sombrerillo”, dejaba un rastro caliente y sanguinolento sobre la arena de la plaza. Acabó la feria. Todos a casa. Llegan dos entremeses de rejones y se anuncia el plato de un nuevo ciclo para la próxima semana, a fin de que no se pierda el hilo que conduce a sentarse en la piedra cárdena de la plaza de Madrid y completar las treinta tardes de toros consecutivas, que es cifra mágica para que salgan los números de unos y de otros.

Minutos antes del comienzo de la postrera cita con miniciclo “torista”, el ganadero Adolfo Martín Escudero, me comentaba que apostaba por el segundo toro, y por el tercero y por el cuarto y por el quinto… Ahí paró. ¿No te gustan los que abren y cierran la corrida?, pregunté; y Adolfo, todo sinceridad, contestó: Pues no. Los dos tienen reacciones que no me gustan.

He de confesar que las preguntas iban con retranca. Los ganaderos suelen marrar de forma clamorosa en los pronósticos. No fue éste el caso, y podría decirse que Adolfo Martín anduvo cerca de hacer pleno. No lo logró porque le fallaron cuarto y quinto, ambos muy zurrados en el caballo. Falló, sobre todo, la reserva de casta para venirse arriba en el tercio final. Digamos que le faltaron solo un par de números para cantar bingo.

Nada más aparecer en el ruedo el segundo toro de la tarde cantó también el toro las bondades y virtudes que le adornan: precioso de lámina, carnes apretadas y rematadas desde el testuz a la penca del rabo, armamento bien conformado en la estrechura de sienes y en el material córneo arremangado y astifino. Remató en tablas siempre que llegó hasta ellas. Cárdeno, naturalmente. Un dije, el tal “Madroñito”. Juan Bautista lo saluda con un racimo de verónicas de excelente trazo, templadas, limpias de ejecución, rematadas con media que enrosca al toro sobre la cadera del torero. Toma un gran puyazo, arrancándose de largo y romaneando y otro más al relance. Quita Bautista, quita Fandiño y repite enfurruñado Bautista, que para eso el toro es suyo. ¿Demasiado capotazo? ¿Demasiado tiempo bajo el peto del caballo en la primera vara? Quizá. El caso es que el dije de Adolfo se fue aplomando paulatinamente en la faena de muleta, una faena de impecable pulcritud a cargo de Juan Bautista, toreando muy despacio, a tenor de la energía del toro. Los muletazos surgieron a ritmo cadencioso, pero a una parte del público no les pareció bien. Volvieron los gritos y denuestos en pleno trasteo y aquello se fue ahí, al traste. Lo cierto es que el torero francés estuvo impecable con el toro y, seguramente, desconcertado y abatido cuando llegó al callejón. Fueron muy injustos los pitos que entraron en la taracea de la ovación. El quinto embistió cansino y vacilante, y Bautista muleteó voluntarioso, llevándolo “a su aire”, sin más pretensiones que cubrir el expediente.

Fandiño huele a puerta grande en esta plaza. Le quieren, porque él se ha ganado el cariño, que conste. Pero le quieren y le ayudan. No le protestaron cites ni colocaciones en el tercer toro, “Mulillero” de nombre, un “adolfo” feote de cara, exageradamente abierto de cuerna y cornipaso, que para no desentonar con su aspecto hizo cosas feas en los primeros tercios. Sin embargo, Iván se fue a los medios y, sorprendentemente, citó a gran distancia, el toro arrancó veloz y el torero ligó tres tandas a derechas fantásticas, curvilíneas, abrochándose el toro a la cintura. Por el lado izquierdo el toro “buscaba el bulto”, que es como en la jerga taurina se denuncia la malvada intención de los cornúpetas. El bulto, naturalmente, es el torero, un bulto sospechoso para el cárdeno de los rizos, que a poco se lo lleva por delante en las postreras probaturas. “Mulillero” se llevó otras tres series más, siempre con el torero armando la muleta en la mano diestra. Fue un gran toro, encastado, bravo y noble, pero solo cuando embestía por un pitón. “Mulillero” era de derechas, y murió pasado por las armas de Fandiño de mala manera. No lo merecía. En el sexto, el torero vasco consumió casi todo el tiempo de la faena cruzándose ante la cara del “adolfo” para satisfacer a los baluartes de una ortodoxia que se ha puesto de moda de unos años para acá. Se cruzaba el torero con ademanes ampulosos, con la intención de llegar a la otra orilla del río, y si puede ser pasar a la ribera y meterse en las viñas del más allá. ¡Pero ánde vas, criatura!, susurró a mi lado un aficionado cabal. Fue una faena de cruces y recruces, entreverada con muletazos sueltos que no dijeron nada. ¿Qué clase de toreo es éste? ¡Mamma mía!…

A José Luis Moreno le cayeron en el lote dos toros difíciles; el que abrió la corrida, que derribó al piquero con desusada fiereza, llegó a la muleta escarbador e incierto. Solo se medio-confió Moreno en algunos naturales espolvoreados sobre una faena escasa de argumentos, con el torero más a la defensiva que el propio toro; y como al cuarto le pegaron un palizón en varas, le fallaron las fuerzas y se mostró perezoso ante la muleta, sin querer pasar y tirando gañafones. José Luis, que es buen torero, ha pasado por esta feria no de puntillas, sino en estado de levitación. Mala cosa.

Todavía clareaba el día cuando fuimos al careo del cuarto donde destazan los matarifes. De una de sus espeteras, colgaban los restos mortales de los bóvidos de la última corrida. Sobre otra espetera, la que portan en sus espaldas de los aficionados, se aprietan veinticuatro tardes de toros de a pie y de a caballo. De verdad, de verdad, en el recuerdo solo queda el nombre de un novillero, Gómez del Pilar. El resto, con todos mis respetos, para el tinte. Pesada carga.

Madrid. Feria de San Isidro. 24ª de abono. Lleno.

Toros: Adolfo Martín, bien presentados, cinqueños tercero y quinto, el mejor, el segundo, encastado, bravo y noble, magnífico por su codicia y largo viaje, el tercero, pero solo por el pitón derecho, amenos por agotamiento en varas, cuarto y quinto, peores, primero y sexto.

Toreros: José Luis Moreno (de tabaco y oro), pinchazo, estocada y dos descabellos (aviso y silencio), más de media (silencio); Juan Bautista (de esmeralda y oro), más de media en la yema (fuerte división), media desprendida (silencio) e Iván Fandiño (de rosa y oro), tres pinchazos, media, bajonazo y dos descabellos (dos avisos y ovación), pinchazo y estocada (silencio).

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