Nº 1134 -  21 / V / 2013 
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OPINIÓN

La Terra Trema

Javier Pérez Pellón
 

“La Terra trema” (“La tierra tiembla”, considerado uno de los pilares de aquella extraordinaria estación cinematográfica italiana que ha pasado a la historia del séptimo arte con el nombre de “Neorrealimo”, es un film de Luchino Visconti del 1948 inspirado en una novela, “I Malavoglia”, del escritor siciliano Giovanni Verga que narra, en el interior de un drama social, la historia de una familia de pescadores condiciones de miseria en las que vive y faena en un pequeño pueblo cerca de Catania. Gente humilde con sus rencores, celos y venganzas. Y aunque no tiene que ver nada con lo que trata el fondo estas líneas, el recuerdo de su título me ha servido de pretexto para hacer una pequeña reflexión de la dramática realidad italiana de estos días asolada por la implacable ley de la naturaleza. Más cerca, cinematográficamente de cuanto digo, parece estar aquella escena final donde una Ingrid Bergman implora la ayuda de Dios al verse atrapada, en su intento de huir de las iras ardientes de un volcán en “Strómboli tierra de Dios”, 1950, obra maestra de Roberto Rossellini y escenario que dio origen al tempestuoso amor entre la actriz sueca y el realizador italiano.

Viendo cómo, en estos días, “La Terra trema”, me ha dado por pensar que estas leyes consideran indignas todo de cuanto bello haya creado el hombre a través de siglos de cultura y civilización. Es como si tuviera celos del hombre. Por muy majestuoso que sea un paisaje del Himalaya o de los Andes, el solo David de Miguel Angel o la cúpula de Brunelleschi de Santa María dei Fiori, la catedral de Florencia, o la Capilla Sixtina o el milagro flotante de Venecia, o la arquitectura romana en la sublimidad de sus acueductos, basílicas, arcos de triunfo, templos cristianos, reducen a una nimiedad una naturaleza que quizás sea repetible en Marte o en la Luna. Por no hablar de lo que el hombre ha sido capaz de construir, partiendo de su imaginación creativa en otras partes del mundo, como las Pirámides de Egipto o los templos camboyanos de Angkor Vat el Machu Pichu, o la Alhambra de Granada o la Mezquita de Córdoba.

Pero, a través de muchos siglos de historia parece que esta naturaleza centra su envidia y sus celos en el país más bello del mundo, aquel itálico, donde resido desde hace tantos años y que posee cerca del setenta por ciento de las obras de arte del continente europeo, que sería como decir del entero universo mundo. El país que nos ha enseñado, con su “Derecho romano”, las leyes de la convivencia social y política, aún vigente en nuestros códigos; del que con Maquiavelo, Guicciardini y el cardenal Mazzarino hemos aprendido hasta dónde puede llegar el refinamiento del arte de la política. El país que ha dado luz a los más grandes ingenios que jamás haya conocido la historia del hombre, Leonardo Da Vinci, Miguel Angel, Rafael y tantísimos otros. Del que, incluso, no existe vademécum militar en el mundo donde no se estudie a César, a Escipión, a Adriano, a Trajano o a Tácito.

Pero existe una maldición. Es como una serpiente subterránea que atraviesa toda Italia, desde Sicilia hasta las provincias del norte, Giulia-Venecia, Friuli y Alto Adige.

Una serpiente venenosa que, cuando se despierta de su letargo, en su ímpetu destructivo no respeta ni vidas ni haciendas, ni obras de arte ni humildes viviendas, dejando a su paso la muerte, la desolación, polvo, rabia e impotencia ante la ira divina o infernal que sea. Es la línea sísmica que, de año en año, repite su presencia. En mi oficio de periodista he sido testigo de cuantos “desajustes” sísmicos se han producido en Italia en los últimos treinta y cinco años, desde el norte en la de Friuli, hasta el centro como Roma o el Aquila o el sur en Irpinia (en la región de la Campania).

Pero, en estos días, me ha conmovido, particularmente, una historia. Don Iván Martini, sesenta y cinco años, era, desde hacía nueve, párroco de Rovereto, ciudad por donde ya había pasado el terremoto del pasado veinte de mayo de este mismo año del 2012. Un cura de aldea, como aquel de Bernanos, sólo tiene una iglesia. No importa si no forma parte de la historia de la arquitectura o si allí no existen obras de arte. Pero cada mueble, cada estatua, cada paramento eclesial es como si fuese un pedazo del pueblo. Es allí, también, donde ha encontrado la muerte, dentro de su iglesia destruida. Igual que los dos frailes franciscanos de Asís, el sacerdote Angelo Api y un seminarista polaco, sepultados por los frescos de una de las iglesias más bellas del mundo, en cuyos muros sagrados, Giotto ha narrado la historia de San Francisco.

Don Iván Martini quería a su iglesia y a todo lo que estaba dentro de ella y había que salvar todo lo que fuera posible. Particularmente una estatua de la “Madonna” de la que sus parroquianos eran grandes devotos. Agarrado su estatua Don Iván ha encontrado la muerte en la mañana del pasado 29 de mayo; una piedra o una viga ha acabado con su vida. Era un cura de aldea respetado por todo el mundo, aunque no había sido fácil ejercer su labor pastoral entre comunistas y emigrantes que llaman a Dios con otro nombre.

Este último terremoto se ha llevado por delante al menos cinco muertos y más de doscientos heridos y ha dejado en la calle, por destrucción total de sus viviendas, a ocho mil personas que sumadas a las seis mil del último movimiento sísmico del 20 del pasado mes de mayo suman un total de catorce mil “sin techo”.

Ahora, como sucede siempre después de un terremoto de estas magnitudes, se repiten nuevos temblores de tierra, debidos a ese fenómeno llamado de asentamiento. Será necesario volver a diseñar el mapa de posibles, seguros, terremotos en Italia. Algo sumamente difícil, porque la naturaleza continuará vengándose de este “país donde florecen los limoneros” (Gohete). La “Terra trema” y continuará temblando a despecho del saber de los hombres de ciencia.

Por no hablar de la fuerza destructora del hombre que, por ser racional y pensada, supera en terror a aquella otra de la naturaleza. En el curso de la “Segunda Guerra Mundial”, la potencia destructiva de la aviación estadounidense, – los “areogansters”, como los definió despectiva, pero, por desgracia, acertadamente Joseph Goebbels, el tristemente famoso “Ministro de la propaganda”, muerto suicida, junto a su mujer y seis hijos en el “búnker” de Berlín, el primero de mayo de 1945- , bombardeó, repetidamente, durante dos meses, las sagradas ruinas de Pompeya, borró del mapa el Monasterio benedictino de Monte Casino, inestimable joya arquitectónica medieval que conservaba miles de manuscritos religiosos. Bombardeó el cementerio de Pisa, en la Plaza de los Milagros, el Duomo renacentista de Rímini, todo el barrio florentino de San Frediano, junto a algunos de sus históricos puentes,…Desde la isla de Sicilia a la frontera con Austria y Yugoslavia, los “areogansters”, convertidos en los “Cuatro jinetes del Apocalipsis”, completaron, en apenas dos años, la aventura destructiva que la naturaleza había tardado varios milenios en realizar.

La “Terra trema”. Continuará temblando en Italia. Habrá que saber hasta cuándo ¿hasta el final de los tiempos? Dice una antigua profecía, atribuida al Venerable Beda (672 al 25mayo 735) un monje inglés, historiador y santo que vivió siempre en el Monasterio de San Pedro y San Pablo, en Wearmouth, en Inglaterra: “Finchè esisterà il Colosseo, esisterà anche Roma; quando cadrà il Colosseo cadrà anche Roma, quando cadrà Roma cadrà il mondo” (“Mientras exista el Coliseo, existirá Roma; cuando caerá el Coliseo caerá Roma, cuando caerá Roma caerá el mundo”).

 

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