Un despistado me pregunta en la puerta de la sala de prensa de Las Ventas, ¿pero no empezaba hoy la semana “torista”? Despistado del todo debe ser quien inquiere algo así en martes, pero, en fin, torista, lo que se dice torista, la corrida número veinte del abono de San Isidro no era precisamente la anunciada con el hierro de Las Ramblas, la ganadería que Daniel Martínez reunió hace poco más de veinte años en las tierras quebradas de Elche de la Sierra, a veinte leguas y media de Albacete, donde se cría un ganado encastado de origen Salvador Domecq, por lo general de pezuña dura por lo accidentado de la orografía, pero que siempre ha gozado de buena acogida por la torería andante más encopetada, y raro, raro, raro, sería el coletudo que le hiciera ascos a los toros de semejante linaje. Así que de “torista”, nada.
Ahora bien, para raro el cartel de toreros: el arte, el espectáculo y el valor, empaquetados en un pack que le da a la combinación una mixtura a prueba de paladares. Da la impresión de que se ha formado por el descuelgue de piezas toreras en el laberinto que suele crearse durante la elaboración de una feria tan larga, con tanta oferta, con tantos ringorrangos como ésta de San Isidro. De ser así, se explica la formación de esta terna: Aparicio, El Fandi y Perera. Azúcar, canela y clavo. Échale guindas al pavo.
Tampoco salieron por la puerta de chiqueros “pavos”, precisamente. Fue la de Las Ramblas una corrida dispareja de presencia, con un toro de gran trapío, el quinto, y otro más escurrido, el sexto. Los demás entran en el catálogo de la normalidad en lo que al aspecto se refiere, porque en cuanto a comportamiento casi todos fueron bravos en distinto grado, nobles y de escaso fondo, con un flojeras que salió en cuarto lugar y fue devuelto a los corrales.
Los dos últimos espadas del cartel, David Fandila “El Fandi” y Miguel Ángel Perera, torean en Madrid con un hándicap preocupante para ellos: no son bien vistos, sobre todo Fandila, el granadino, por un amplio sector de aficionados. Por tal motivo éste David torero no solo ha de superar los problemas que le pueda plantear el toro, sino vencer al Goliat que se presenta en forma de “monstruo de veinte mil cabezas”, que es como Gregorio Marañón definía al público de toros en general. Ayer no fue su tarde y me da que lo tiene del color de la lombarda para futuras actuaciones. Al Fandi se le contempla en Madrid con una sensación de hastío flotando en el ambiente. Ya puede esforzarse en su habitual exhibición de fuerza física banderillera, ya puede poner el mayor empeño por mostrar su bien aprendido oficio manejando la muleta, ora corriendo la mano sin enganchones, ora pisando terrenos comprometidos; ya puede emplearse lindo y templado con el capote a la verónica –la mejor canela de su pródiga tauromaquia– que el cónclave le recuerda aquello que, dicen, le espetó un sevillano zumbón en la Maestranza a un torero pesadísimo: “Eh, que te llaman por teléfono!…” Aquí, en Madrid no hay tanto ingenio. Hay más guasa. Así que cuando El Fandi se hartó de darle pases al bravo y noble segundo toro y de intentar dejar los tres pares de banderillas al grandón quinto, que llegó desfondado a la muleta, le dedicaron otras lindezas. Tampoco fue extremada la acritud, porque, al final, el personal hizo “mutis por el foro”, o sea, “chitón en Madrid”.
Lo de Perera es otra cosa. Para empezar, es otro tipo de toreo, más reunido, más ligado, de mayores cercanías. El clavo de cartel, porque se clava en el ruedo y es difícil que se enmiende. Exprimió al tercer toro, que intentó rajarse, no de manso, sino de agotado, y condujo la muy forzada embestida del astado con una despaciosidad que no caló para nada en el tendido porque el viaje del de Las Ramblas era de lo más mortecino y, además, lo mató mal. En cambio en el sexto, el toro menos “hecho” de la corrida, se empleó a fondo Perera. Dejó llegar al toro hasta los rizos de la pechera y se lo pasó cerca-cerquísima en las tres últimas tandas de la faena, bernadinas incluidas. Antes, había ligado los muletazos con gran sentido de la medida en lo que a distancia y composición se refiere, todo ello realizado entre constantes venablos orales, salteados por distintos sectores del tendido. Era terminar una serie el torero, arrancar la ovación del público y salía disparado el improperio desde los sectores más significados, con tal fuerza y crispación, que vaya usted a saber si a alguno de estos cualquier día le da una alferecía. A punto estuvo ayer, porque si Miguel Ángel agarra a la primera la estocada con que fulminó al sexto, lo oreja pedida y no concedida –gracias a Dios, pensaría el candidato a la alferecía–, hubiera caído al esportón del extremeño.
Lo de Aparicio fue penoso. No se comprende cómo un torero como éste, capaz de haber galvanizado a la plaza de Las Ventas y compilarla en un júbilo unívoco y tronante (solo comparable a las grandes tardes de Rincón o Esplá), puede protagonizar un espectáculo tan denigrante como el de ayer. Un toro noble, de escaso fuelle y con un pitón partido en el peto y otro sobrero de Fraile Mazas, que no dio motivo alguno para presagiar tal catarata de canguelo aparicista, marcaron bien a las claras el ocaso de este torero. La evidencia es contumaz: el azúcar del cartel se ha puesto rancio. Un silencio piadoso le acompañó a la barrera tras ser arrastrado el primer toro, pero se quebró cuando se lió a chicotazos con el sobrero burraco y despenó al pobre animal de mala manera. Los gritos de ¡fuera!, fuera!, ¡fuera!, tronaban en Las Ventas, con el público enfurecido. Y fuera parece ser que se ha ido Julio Aparicio, porque se cortó la coleta al finalizar la corrida. Le quitó el añadido en el ruedo su compañero Fandi, en presencia de Perera y todo el personal de cuadrillas. Sabia decisión.
Madrid. Feria de San Isidro. 20ª de abono. Casi lleno.
Toros: Las Ramblas, descompensados de presentados, la mayoría apretó en el caballo y fueron bravos y nobles, con menos fondo primeor, tercero y quinto. El mejor, el tercero, bravo y con recorrido. El cuarto devuelto por flojo y sustituido por uno de hermanos Fraile Mazas, que se movió encastado, pero no se pudo ver hasta el final por el comportamiento de su matador.
Toreros: Julio Aparicio (de grosella y azabache), bajonazo (silencio), dos pinchazos huyendo y tres descabellos (bronca); David Fandila “El Fandi” (de nazareno y oro), estocada (silencio), pinchazo, estocada y descabello (silencio) y Miguel Ángel Perera (de grana y oro), dos pinchazos y media desprendida (silencio), pinchazo y estocada (aviso, petición y ovación).

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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