Van a cobrar la mitad del rancho a los militares del Ejército de Tierra.
Mis hermanos y yo, hemos vivido, y aún lo estamos, obsesionados por la comida. En mi familia solo hay tres temas fijos de conversación: qué hemos comido, qué vamos a comer, y qué bien o qué mal comimos aquel día.
En realidad, mis hermanos y yo, que nos llevamos bien, solo discutimos en serio cuando no nos ponemos de acuerdo en dónde es mejor ir a comer, y nada hay peor que ponerle una pega a un hermano con la comida, que si se le ha pasado el arroz, que si las patatas guisadas tenían demasiado pimiento, porque somos capaces de perdonarlo todo excepto una crítica con la comida. La comida es sagrada.
Cuando llegábamos a casa, la puerta de la nevera, era la segunda que abríamos. Sabíamos que no había nada, porque mi madre escondía la comida, o hacía la compra cada día, para que no nos comiéramos en un día lo que había para una semana; pero esa sensación de abrir la nevera, esperando no se qué milagro, resultaba inevitable porque vivíamos obsesionados por alimentarnos.
No es que pasáramos hambre, pero si sobraba una croqueta o un filete empanado, había que rifarla a dedos. En Navidad, si teníamos la suerte de que alguien nos regalara un jamón, asistíamos a ese momento lleno de solemnidad en el que mi padre envolvía el jamón con un trapo y lo colgaba en la cocina. Y ahí seguía el jamón intacto hasta que mi padre decidía abrirlo y entonces duraba tres días. No he olvidado ese momento en el que quitabas el trapo y aparecía el hueso casi raído como por los ratones porque nos levantábamos de noche a ver qué podíamos sacar del jamón, y siempre salía algo, aunque solo fueran unas tiras secas que nos sabían a gloria.
Cuando llegaba junio, estudiábamos por la noche y en uno de esos descansos en los que andábamos como en un duermevela, buscábamos esos lugares donde podía haber escondido mi madre el chocolate o cualquier otra cosa que nos sirviera para sentarnos a hablar de la comida.
La comida del rancho, también la probamos cuando mi padre estaba destinado de coronel en un regimiento del País Vasco. Era la comida de la tropa, en bandejas metálicas, o en platos de “Duralex” transparentes o de color caramelo, y casi siempre con mucha patata. Recuerdo un pescado azul, tal vez caballa, que cocinaban guisada con pimientos.
Todo en mi casa eran frases militares: “estás de guardia”: es que te tocaba recoger la cocina; “cucharada y paso atrás”: que cada uno se servía; “tocar diana”: la hora de despertarse para el desayuno. Mi padre hacía los domingos unas migas buenísimas. La comida. Cuánto le costó llevarla cada día a casa, cuántas croquetas, filetes rusos, purés de verdura, hizo mi madre.
Cuando acabábamos de comer, solía decir: “Otro día que hemos comido.”
No sé qué hubiera sido de nosotros si a mi padre, como dicen que harán ahora, le hubieran hecho pagar la mitad de su rancho.

Pablo Sebastián
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Marcello
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