Los llenos en las plazas de toros no son iguales todas las tardes, al menos no lo son en Las Ventas de Madrid. Por supuesto, no se hace referencia al número de gentes, que es dato fijo e inamovible, sino al rigor ambiental que se respira en el recinto; no a lo físico, sino a lo químico; no a la letra, sino a la música. Porque los llenos en esta plaza, por inverosímil que parezca, tienen su música: el rumor que expelen los tendidos, gradas, palcos y andanadas. Por ejemplo, los llenos de tardes con figuras en el cartel desprenden un murmullo altisonante, de gozosa expectación generalmente mancillada por una gritería disconforme con el poder establecido, algo parecido al quince/eme nacido de la juventud contestataria, solo que éste otro, ya talludito, se ubica en otra plaza, y en vez de asentarse en la Puerta del Sol se sienta en los tendidos de sol. En cambio, los llenos con carteles modestitos transmiten un run-run opaco, apático, de laxitud obligada, especialmente si la corrida está dentro del ciclo de toros de San Isidro y se celebra en un domingo de mayo. Son llenos de sordo murmurar, como si el público asistente hubiera llegado con la resaca del sabadete en fase terminal o bajo los efectos de la pesada digestión que provoca la celebración de una de tantas primeras comuniones que se dan cita por estas fechas. Estos llenos “cantan” desde el principio el estado anímico del personal que ocupa las localidades del recinto: se traduce en modorra dominguera.
Iban saliendo los de Ibán (don Baltasar), luciendo finas hechuras dentro de su anatomía cinqueña y se comportaban poderosos, encastados, transmisores de emocionantes embestidas y poniendo en aprietos a los lidiadores y la modorra dominguera se mantenía presa de su letargo. Se arrancaban los toros de largo al caballo de picar y ni siquiera a los que tantas tardes vindican estas cosas desde la solana se les alegraban las pajarillas de su acendrado torismo. Parecían anestesiados. Debe ser que la modorra dominguera es contagiosa ¡Qué tedio, señor!
¿Fue, por tanto, una corrida aburrida? En modo alguno. Si no fuera porque los dos últimos toros salieron extremadamente ariscos y se negaron a viajar con franqueza tras las telas de los toreros, estaríamos hablando de una de las corridas más atractivas de la feria de San Isidro; y, sin embargo, cuando ustedes lean la reseña abreviada que sirve de epílogo a esta crónica, y evalúen los resultados, pueden llegar a la conclusión de que la corrida no tuvo el menor interés. Pero al aficionado, a ese sujeto inmune a la modorra dominguera o a quien por conocerla y sufrirla durante tantos años está vacunado contra ella, le interesó y mucho la corrida. El primer toro estuvo demasiado tiempo bajo el peto del caballo de picar, empujando con fijeza, y llegó al tercio final engallado y con recorrido; el segundo pedía el carné al matador más templado, tuvo nervio y ofreció un gran espectáculo en la primera parte de la faena; el tercero empujó de firme al caballo en el primer encuentro, salió suelto del segundo puyazo y escarbó un par de veces. ¿Y qué? A ver si acabamos de una vez con la estupidez que acuñó hace ya treinta años un malversador de la opinión, asegurando que todo toro que escarba es manso. ¿Fue manso ese tercer toro, arrastrado entre una gran ovación? Fue un toro de triunfo gordo, arrancándose con alegría de largo, metiendo el hocico a milímetros de la arena y repitiendo codicioso las embestidas; el cuarto fue otro toro encastadísimo, aunque terminara aburrido (¿amodorrado?) y se mostrara menos agresivo ante el torero que sus hermanos de camada. Dicho lo cual, y reiterando que los dos últimos desentonaron del conjunto, se deduce que los toreros no debieron estar a la altura de tan excelente material.
Pues mire usted, tampoco es eso. Quizá el más lánguido de los tres espadas fuera el mexicano Fermín Spínola, recruzado y valentón con el abreplaza, al que derribó de una estocada superior, y monótono con el cuarto, al que colocó un soberbio par de banderillas El Chano. Porque Serafín Marín tragó paquete con el muy enrazado “ibán” que sorteó como primero del lote, un toro que pedía sometimiento por abajo y vendía cara cada embestida. Meritorio Marín con este toro. Sudó la gota gorda el torero y recibió escasa recompensa cuando el animal murió con la boca cerrada. El peor librado de la terna fue Rubén Pinar, pero justo es reconocer que fue quien ligó las tandas de muletazos más largas y ceñidas de la tarde. Solo por el pitón derecho, porque por el izquierdo el tono bajó considerablemente. Sucedió en ese tercer toro, bravo donde los haya (sí, el que escarbó dos veces). Rubén decidió lucirlo citando desde larga distancia, y estas cosas o se miden muy bien y se está muy seguro de armar la escandalera o derivan en un posicionamiento del público a favor del toro. Y eso fue lo que ocurrió, de modo y manera que cuando Rubén Pinar clavó por arriba una excelente estocada las palmas no se las llevó el que vino de Tobarra, sino el que embarcaron en el “Cortijo Wellington” de El Escorial.
La lidia de los dos últimos toros sobrenadó en las tranquilas aguas de la nadería. El grandón que salió en quinto lugar arrollaba en la embestida y pegaba tornillazos a la muleta de Marín y el cierrapalza frenaba y calamocheaba ante la de Pinar. Fue cuando la modorra dominguera encontró su punto álgido, el de mayor placidez. Solo espabiló al percatarse de que el puntillazo final había acabado, efectivamente, con la corrida. Comenzó entonces el desfile de la somnolienta concurrencia, con la mirada perdida hacia ninguna parte.
Madrid. Feria de San Isidro. 18ª de abono. Lleno.
Toros: Baltasar Ibán, bien presentados, todos cinqueños, encastados, con nervio, especialmente bravos los tres primeros, más apagado, pero noble, el cuarto y deslucidos quinto y sexto.
Toreros: Fermín Spínola (de turquesa y oro), gran estocada (palmas), estocada muy baja (aviso y silencio); Serafín Marín (de negro y oro), pinchazo, estocada y descabello (aviso y ovación)) y tres pinchazos y estocada caída (aviso y silencio) y Rubén Pinar (de grana y oro), buena estocada (aviso y división) y media fulminante (silencio).

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Fernando Fernández Román
Ignacio Sebastián de Erice
Julián García Candau
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