Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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Crónicas liberales

Mangoneo e incapacidad

Manuel Martín Ferrand
 

Albero Núñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia, le ha dicho al ABC que “el problema de España es el paro, no el modelo de Estado”. Siendo Núñez Feijóo, como es sin duda, un hombre serio y cabal está claro que así lo ve y entiende; pero, sospecho, se equivoca. España es un problema poliédrico que arranca de su propia historia y que, tras la muerte de Francisco Franco, en aras del posibilismo que le dio razón de ser a la Transición, se ha dado una Constitución que es, en sí misma, el germen de una nueva faceta en el amplio muestrario de los problemas nacionales.

Desde los tiempos del desarrollismo franquista, cuando tres millones de españoles tuvieron que emigrar a Europa para poder sobrevivir, España es un vivero de parados. Incluso en los días de mayor bonanza, cuando Carlos Solchaga, en alarde de frivolidad socialista decía que somos el país “más rápido” para poder enriquecerse, nuestra tasa de paro superaba el doble de la media en la Unión Europea. En tiempos de José María Aznar, cuando los de la gaviota sacaban pecho por el éxito de su política económica, el paro andaba por estos pagos por encima del diez por ciento, el doble de la media continental y el cuádruplo de Alemania.

El paro, aparte del producido por la crisis global y el específico que ha generado la llamada burbuja inmobiliaria,  es una consecuencia de la deformidad estructural del Estado y de la atomización de nuestros mercados y escenarios productivos. No es el problema en sí mismo, sino una consecuencia del problema principal: el modelo de Estado.

La degeneración partitocrática de nuestra democracia, que ya era de baja calidad en razón del “precio” de la Transición, “de la ley a la ley”, ha establecido una catarata de vicios con un común denominador, el desmedido gasto publico. Basta pensar, para dimensionarlo, en que desde la aprobación de la Constitución vigente a nuestros días el número de funcionarios y empleados públicos se ha multiplicado por cinco.

Ahora vamos dando tumbos, de improvisación en improvisación – tal y como marcó el funesto método político de José Luis Rodríguez Zapatero –, sin un plan concreto y férreo al que atenernos. Siempre que señalo esta carencia, suele avisárseme que estoy en el error. Que el plan existe. ¿Alguien lo conoce? Rajoy, de viernes en viernes, nos envía a Soraya Sáenz de Santamaría para que, como una paloma mensajera, nos dé una mínima dosis informativa con la tesela que, algún día – y eso con suerte –, podremos colocar en el sitio correspondiente del mosaico total rajoyano. Si es que existe.

A tal punto llega el secretismo del presidente del Gobierno que, cuando España atraviesa un momento especialísimamente grave y tras una reunión de tres horas con el jefe de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, no tuvo la deferencia cívica de informarnos de su contenido y de los acuerdos, o desacuerdos, habidos en el encuentro.

Aquí y ahora todos parecen ocupados en algo distinto de lo fundamental. A los socialistas, como si no fueran parte protagonista en la responsabilidad de la situación presente, lo que les preocupa, en uno de sus acostumbrados e históricos disimulos anticlericales, es que la Iglesia pague el IBI. Los nacionalistas centrífugos están más atentos a la intensidad de los pitidos al himno nacional español y al Príncipe de Asturias, que del pan que necesitan sus vecinos. Y así sucesivamente.

El Gobierno, también en lo accesorio y con un presidente emboscado, funciona por espasmos y complejos. La crisis del sistema financiero es una prueba de ello. El “caso Bankia”, por ejemplo, ¿cursa sin responsables? El mangoneo y la incapacidad, mezclados en distintas proporciones según la Autonomía de que se trate, se han enseñoreado de, por lo menos, la mitad del sistema financiero que no tendrá cura, por dinero que se le eche encima, mientras los responsables de la catástrofe no estén ante el juez de guardia.

Los ministros, en su mayoría – de Justicia a Educación –, hacen posturitas para salir en las fotos, pero nada de fundamento. En un país que tiene más universidades y aeropuertos que cualquiera otro de Europa, es decir del mundo, ¿se puede continuar con cataplasmas y sin atreverse a la acción quirúrgica?

Un Estado gigantesco, elefantiásico, con metástasis en las diecisiete autonomías es un problema. El problema. El paro es una de sus consecuencias. No la más grave.


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