Nº 1163 -  19 / VI / 2013 
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OPINIÓN

Buen año de brevas

José Javaloyes
 

“Quiera Dios que no conozcas un buen año de brevas”, dicen por si sedienta tierra de Elche, quizá porque la falta de lluvias que le es tan propia, a la par que tan necesaria para la abundancia y más plena maduración del primer fruto de la higuera, traduce en esplendidez de ésta el ruinoso resultado que espera al resto de las cosechas. Y este año, en la higuera de mi casa rozeña, por primera vez en los veinte años transcurridos desde que la planté con un esqueje traído desde allí, la cosa pinta de muy brillante y amenazador  modo. Han sobrellevado las brevas brotadas los fríos tardíos, y casi orondas ya parece que corren por la Meseta hacia San Juan y Sanpedro.

Otras noticias habría preferido uno, por aquende y por allende, cuando mayo acaba. Al otro extremo del Mediterráneo, por Siria, la primavera árabe de hace año y medio se sigue estrellando en sangre por localidades de Siria. En vísperas del regreso a Damasco del mediador Kofi Annan, comisionado de la Liga Árabe, en Al Olua , el último episodio: casi un centenar de muertos, niños un tercio de ellos. Dice el Gobierno sirio, y esta vez puede que diga verdad, la autoría del atentado corresponde a Al Qaeda, puesto que ésta es organización terrorista del sunismo, mientras que la secta islámica gobernante en Siría es una variante enemiga, la alauí, del chiísmo.

Tampoco queda está muy claro que digamos cual será el signo político final de las elecciones presidenciales egipcias, cuya primera vuelta, celebrada la pasada semana, no trajo un vencedor definitivo, aunque sí una derrota en toda regla del espíritu político que representaron los manifestantes de plaza Tahir. Un islamista, de una parte, y un hombre de Mubarak, de la otra, se alzaron con las posiciones de ventaja bastante para poderse presentar a la segunda vuelta, que se celebrará  en unos 15 días. En cualquier caso, poco o nada representan uno y otro, el islamista y el continuista, ese cambio democrático que exigieron los manifestantes, y que pareció prender por todos los meridianos de la Tierra.

También prendió entre los votantes españoles del 20 de Noviembre la espera y la esperanza de que el cambio que vendría barrería el caos esperpéntico en que braceaba la economía española y, entre el silencio cómplice de los sindicatos, naufragaba el empleo como nunca lo había hecho en la España democrática; tampoco – en términos como el suyo – la Unión Europea. La victoria absoluta no dio paso a que la opción vencedora diera paso a las dos condiciones o principios que el historiador griego Tucídides ( no confundir la Grecia de entonces con el caos de ahora) estableció para el éxito político en términos democráticos: conquistar el poder y saber explicar la política que va a seguirse. Ese comunicar el propósito que se tiene y el programa que se propone resulta obvio que aquí no se ha conseguido.

Pero hay más. En estas concitadas condiciones para la tormenta perfecta y el espectro del rescate, es ocasión para otra cita, aunque no de ninguna estrella de la Hélade, sino del tiempo más brillante de la Historia de España. Corresponde a una expresión del César Carlos refiriéndose a cómo los ritmos y los plazos son determinantes en la lucha y para el éxito en la política. Posiblemente tomando como estribo la herencia genética de Fernando de Aragón, su abuelo materno (propuesto como paradigma por Nicolás Maquiavelo en “El Príncipe”, al igual que César Borgia), dijo aquello de “El tiempo y yo contra otros dos”. Pues eso. Ejercer el poder es decidir en el tiempo correspondiente.

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