Serán los bruscos cambios de temperatura, en esta medio primavera-invierno, será mi naturaleza un poco inestable, recuperándome después de una intervención quirúrgica, será ¡quién sabe que será! El caso es que me he sentado en el banco de un boulevard madrileño y, por un momento, me he sentido como traspuesto, como cuando Stendhal se sentó en un banco de la plaza florentina de la “Santa Croce”, afectado de “aquello que los alemanes llaman nervio” después de haber visto las sibilas pintadas por Volterrano, decorando la bóveda de una pequeña capilla de la iglesia que tenía de frente. Este desfallecimiento del gran escritor francés, narrado en un capítulo de su “Viaje a Italia”, ha pasado a la historia con el nombre de “Síndrome de Stendhal” y yo mismo he visto a más de una turista, inglesa o americana, recuperándose de estos pasajeros trastornos psíquicos considerados por la medicina moderna como una auténtica enfermedad del alma, derivada de un atracón contemplativo del arte y llevadas de urgencia al “Hospital de Santa María Nuova”, uno de los más antiguos de la capital de la Toscana que ya ejercía su caritativo quehacer desde principios del siglo XV.
Así es que me ví, no ofuscado por un empacho contemplativo del arte, sino tal cual era muchos años atrás recorriendo el mundo y, como enviado especial de TVE, asistiendo al degrado a las miserias de la degradada condición humana y tratando de enderezar las estupideces con las que, a diario, nos obsequia la TV, pública o privada que sea.
Antes de nada me gustaría recordar a enviados y enviadas, corresponsales y corresponsalas, aquellos que escribió Antonio de Nebrija, presentando su gramática castellana en enero de 1492, en el “Campamento de San Fe”, de frente a las puertas sitiadas del Reino moro de Granada, “Ala mui alta i así esclarecida princesa doña Isabel la tercera de este nombre Reina i señora natural de España i las islas de nuestro mar”. Para continuar diciendo: “así tenemos de escrivir como pronunciamos i pronunciar como escribimos porque en otra manera en vano fueron halladas las letras”.
Por ejemplo, digo yo, ¿por qué corresponsales y corresposalas, enviados y enviadas, no aprenden de memoria, como hacíamos antaño, los textos de las once líneas, cinco segundos por línea, en total sesenta segundos, un minuto, tiempo máximo, como mucho, para la dicción esbelta y rápida de una noticia y no perder la mirada arriba o abajo, hacia el infinito, tal que parecen bizcos leyendo como cotorras los textos que les ponen delante? Aunque tuvieran que repetir la toma más de una vez ¿qué importancia tendría si se gana en una espontaneidad más sincera y mayor impacto hacia el televidente? ¡Qué también Billy Wilder tuvo que repetir muchas veces el “ciak” antes de que Marilyn Monroe diera la respuesta satisfactoria en “Faldas a lo loco”, sin que por ello se hundiera el mundo! Que tampoco hace falta tener entre las manos esos enormes micrófonos, antiestéticos y gigantescos mamotretos, americanada de horrendo gusto que hacen sombra a toda la escena donde se describe la noticia. Que el mundo de la técnica ha dado pasos asombrosos y hoy existen micrófonos inalámbricos casi invisibles.
Y, digo yo ¿acaso no es una ofensa a la gramática de Nebrija eso de repetir continuamente “en tiempo real”? ¿Acaso conoce alguien algún tiempo que no sea real? Si ello sucediera querría decir, por su propia definición, que la irrealidad no existe, que es la definición absoluta de la nada. Y procede de una mala traducción del inglés, cuyo “reality time o real time” significa inmediato, lo que en lenguaje televisivo llamamos en directo.
Y puesto a cazar “gazapos” que, sobre todo en las damas, casi exclusivas dominadoras de la información televisiva en España observo que abundan las que cometen faltas de ortografía hablando, por no decir los destrozos que causan en la oración gramatical, interrumpiendo su cadencia natural dónde y cómo caprichosamente les parece. Por ejemplo: “En la ciudad (pausa) americana de (pausa) Chicago (pausa) donde se (celebrará) la cumbre… (y siempre con un tonillo in crescendo hasta terminar en una especie de falsete como si estuvieran cantando “La tabernera del puerto” y gritando como si el telespectador fuera sordo de nacimiento. Y lo peor es que se copian las unas a las otras en esta dicción aberrante, tal que parecen hechas en calco, imposible de distinguirse entre ellas. Algo que sólo sucede en la TV patria y que en otro países como Italia, Francia, Alemania, Inglaterra o en los dos hemisferios de las Américas, donde no han leído a Nebrija, “assí tenemos de escrivir como pronunciamos i pronunciar como escribimos…”.
Y ahora que “Pueblo de la libertad” de Berlusconi y la Liga Norte de Umberto Bossi han sufrido serias derrotas en las recientes elecciones municipales, celebradas el pasado domingo, 21 de mayo, me acuerdo de aquello que una vez escribió Indro Montanelli el 8 de mayo del 2001: “Espero que Europa trate a Berlusconi con la indignación y el desprecio que se merece”. Entre otras cosas porque su histriónico modo de gobernar Italia ha hecho no sólo un irreparable mal a su país y, con ello a toda Europa, sino porque aún detenta, en Italia y en España, el poder y la propiedad personal de lo más degradante de la justamente llamada “telebasura”, como “el gran hermano” o la increíble horterada de “Sálvame”, sostenidas con más del 60% o 70%, en sus insaciables manos millonarias, de la total publicidad (Publiespaña) televisiva de nuestro país.
Y mientras me medio adormilaba en el banco del boulevard madrileño, me vino en sueños la bellísima y espectacular “Grand Place” de Bruselas, y el gracioso y meón “Manneken Pis” hace las delicias de los turistas que, siempre, abarrotan los alrededores de este típico duendecillo de bronce y, de forma improvisada, se me ha aparecido un pequeño Rubalcaba de bronce y del mismo tamaño del “Manneken Pis”, metiéndose su ya famosísimo índice acusador, en lo profundo de su propio culo. Así que los turistas no sólo podrán mearse de risa con el “Manneken Pis”, sino, por el mismo precio, cagarse de la risa con la indecencia del mini Rubalcaba.
Y cuando estaba a punto de despertarme he aquí que se me aparece la silueta de Rosa Díez con su siniestro rostro rencoroso, pero el auténtico que por tanto tiempo nos ha tenido escondido, engañándonos ingenuamente, de social-comunista, aliada de lo peor de una izquierda obsoleta y autoritariamente fascista.
Otra visión que he tenido ha sido la de contemplar todo Madrid empapelado de carteles con el escrito “Wanted”, como en las películas del Oeste, y la siniestra efigie de Zapatero en su centro, incitando a la ciudadanía a que devuelva el botín con el que ha arruinado a España y las prebendas y pensiones millonarias con que los españolitos continuamos pagándole con nuestros impuestos. Y de otro “Wanted”, empapelando Madrid y varias capitales hispanoamericanas se me ha aparecido el rostro gordinflón de Felipe González, el, una vez, Jefecillo de Centuria del Frente de Juventudes, hoy multimillonario, para recordar que presidió el gobierno más corrupto que ha tenido España desde los tiempos de Godoy y que ha sido el principio de la interminable cadena de corruptelas en la administración pública; sin olvidar que, también, a este individuo el españolito de pie continua pagándole, con sus impuestos, una pensión de oro, escolta y coche oficial.
Al fin me he despertado y me he levantado del banco del boulevard madrileño. Había sido sólo un mal sueño o una pesadilla o momentánea pérdida de la razón de entre aquellas que producen monstruos y me he encontrado con esta crónica de opinión de “republica.com”.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
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