Nº 1465 -  17 / IV / 2014 
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Crónica Taurina
Fernando Fernández Román

Crónica taurina

Crónica de una pendejada

Fernando Fernández Román
 

Las Ventas del Espíritu Santo, antes que solar de asiento de la plaza de toros más afamada del mundo, fueron lugar de mercadería de baja estofa, o séase lo que hoy en día viene a ser un mercadillo gorilero. Dicen las crónicas de la villa y corte que por allí se desparramaba la gente de perra chica, a la caza de gangas comerciales o de alimentación casera con que llenar la olla. Las ventas, como tales tenderetes de ocasión, desaparecieron nada más traspasar la raya de los años 20, con los desmontes que se iniciaron en las proximidades del caz del Abroñigal, para muy aína levantar esa joya  de caravista que encierra el ruedo más temido por toreros, ganaderos y todo aquél que aspire a conquistar fama y fortuna en la cosa del toro.

 

De haber persistido (acondicionadas y puestas al día, por supuesto) esas ventas, ayer en los aledaños de Las Ventas se ventearían aromas de tortillas de maíz y frijoles, fajitas de vacuno y todo lo  puede olerse y degustarse en las taquerías de urgencia que pululan ante la fachada principal del coso de Insurgentes, tal era el ambiente mexicano que respiraba desde Manuel Becerra a la calle 30. Clientela había para ello.

Vienen a torear este año a Madrid varios toreros mexicanos, y los mexicanos, sean toreros o no, son muy suyos, muy fieles, muy identificados con lo nacional. Podría decirse que son legión abanderada de lo propio, lo cual no deja de despertar en los de acá un sentimiento que mezcla estupefacción primero, por inhabitual, y envidia después, por constatación de la lógica. Torean en la feria de San Isidro cinco matadores mexicanos y ya han aterrizado un nutrido grupo de aficionados, periodistas especializados y gente de coleta más o menos en activo que no quieren perderse el previsible acontecimiento de  revitalizar en la cuna de la “madre patria” la figura de un nuevo Gaona, Armillita o Arruza, pongo por caso.

En la novena de abono toreaba Arturo Saldívar, joven espada que triunfó a golpe cantado la pasada temporada en España y no le hicieron ni puñetero caso. Vuelve tras arrollar en la “México” y Aguascalientes, y vuelve con vitola de torero importante. Primer contratiempo: la corrida anunciada de Manolo González fue desechada en su totalidad y se bajó del camión a toda pastilla una de Bohórquez, casi sin tiempo para que los toros tuvieran noticia de que habían salido de Fuente Rey. Una pendejada.

Esta será, pues, la crónica de esa pendejada, sin que tengamos certeza de quién o quienes deberían ser llamados al orden. ¿La empresa? ¿El ganadero titular? ¿El que se presta a parchear a toda prisa el desaguisado?  En todo caso, debemos dejar libres de causa a los toreros, que aceptarían sin rechistar las componendas de rigor, con tal de tener liados el capote de paseo  a las siete de la tarde.

Otra cosa cierta es la curiosidad que despertó entre la afición volver a ver a los legítimos “murubes” en liza y en la primera plaza del mundo en un festejo que no es de rejones. Antaño, desde Carmen de Federico a sus hijos, Antonio y Carlos Urquijo, era “bocato di cardinalli” para los toreros mandones. Hoy, apenas se ven sino siguiendo la baticola de los caballos que montan los astros de chaqueta de paño y sombrero con barbuquejo. ¿Y cómo salió el ganado? Un castizo lo definiría chipén: de uno en uno.

Nobles, nobilísimos, como primero, segundo y sexto, con el poderío medido al límite y alguno, como el tercero, con cierto malage. Por lo demás, con su perfil acarnerado, su pelo zaino y sus hechuras de toro normal de toda la vida. Excepto el quinto, un zambombo que se fue al corral porque no tenía motor para desplazar casi 600 kilos de murube.

¿Y cómo se comportaron los toreros? Pues verán, los tres les pegaron pases a sus toros. Lances de capa y muletazos de correcta ejecución, con la derecha y con la izquierda y el público reconocía con resignada cordialidad que estos chicos saben torear. Abellán, por supuesto, el que mejor sentido del temple y del mando exhibió, que para eso es hombre curtido y tiene ameritada una larga trayectoria; pero Miguel es torero malquerido de un reducido sector del público de esta plaza, y le hacen un marcaje parecido al de Gentile a Maradona en el 82 (verdad, querido Julián?). El nuevo torero segoviano Víctor Barrio tuvo enfrente  el murube más arisco, el tercero, y el más bravo y boyante, el sexto, pero su avaricia de espacios terminó acortando el viaje del animal. Y Saldívar toreó mucho y a veces correctamente (otra cosa es torear bien, sentido y profundo), especialmente al segundo toro, que era más “buena gente” que la mar, y se descompuso con el sobrero cinqueño de Encinagrande, muy protestado; aunque para protestón, el toro. Arturo se cruzó y se recruzó con él, muy “en Arruza”, después de librarse de un percance cuando fue arrollado por el toro.

Para hilvanar el epílogo de esta tarde de toros habría que volver a tomar el hilo de las ventas con sabor a taquería y olvidarse de la pendejada de corrida que se encontraron nuestros compadres de allende la mar. La crónica no da para más. Podría echarle flores picantes (banderillas, al fin y al cabo) a la brillantez rehiletera del Chano y Miguel Martín. Dicho queda, pero no dejará de ser una crónica de casi nada.

Madrid. Feria de San Isidro. 9ª de abono.

Toros: Fermín Bohórquez, disparejos de presentación, flojos y  nobles en genera. Peor el tercero. El quinto fue devuelto y sustituído por uno de Encinagrande, también flojo, galopón y descompuesto.

Toreros: Miguel Abellán (de barquillo y oro), gran estocada. Ovación. Estocada fulminant.e(Silencio); Arturo Saldívar (de tabaco y oro), estocada tendida y trasera.(Aviso y ovación), pinchazo y media (Aviso y palmas).Victor Barrio (de añil y oro), estocada y descabello (silencio) y estocada (palmas). Casi lleno.

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