Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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Retablos financieros

Prisioneros de Grecia

Primo González
 

Europa, la Eurozona, sigue siendo rehén de Grecia. El próximo día 17 de junio los griegos vuelven a las urnas y ese día los inversores, los políticos y los analistas financieros estarán pendientes del resultado electoral en el que una vez más puede quedar condicionado el futuro del euro debido a la incapacidad manifiesta de un pequeño país situado en el extremo del Continente para dotarse de un Gobierno de mayoría, capaz de gobernar al país y atender a sus más elementales compromisos, tanto de puertas hacia adentro como frente a sus acreedores internacionales.

Hasta ese 17 de junio, los mercados mantendrán posiblemente la incertidumbre sobre qué va a pasar con el proyecto europeo, cuánto va a costar adicionalmente el quebranto griego si este país decide abandonar y declara su plena y absoluta insolvencia, quiénes serán los principales damnificados (aparte, claro está, de la propia población griega), tanto de forma directa como inducida (es decir, los acreedores y los que no siéndolo con cifras significativas tendrán que soportar una factura de cuantías similar o incluso superior, caso de España y de Italia, debido a que la desconfianza sobre Grecia se hará más extensiva aún a países como los mencionados, vía encarecimiento de la financiación y racionamiento de las facilidades crediticias.

En todo este largo proceso degenerativo de la situación griega, la Eurozona y sus líderes no han sido capaces de blindar a la organización frente a los quebrantos griegos. Es una cuestión que merecería la pena analizar con detalle ya que la dimensión del país en crisis no puede paralizar a todo un continente, aunque solo sea por la desproporción de las cifras. Pero lo cierto es que el descarrilamiento de Grecia tiene altamente preocupados a muchos agentes económicos europeos que en su día actuaron convencidos de que la UE era un “paraguas” protector que haría imposible o al menos muy difícil la quiebra de alguno de sus componentes. Los bancos franceses, por ejemplo, tienen altísimos compromisos en Grecia y los alemanes, algo menos pillados, están también en posición delicada, incluso después de haber encajado la impresionante quita que se negoció hace unos meses para condonarle a los griegos una parte sustancial de su deuda externa.

Se hacen pocas comparaciones entre el quebranto inmobiliario español, que ahora está en boca de todo del mundo, y el riesgo país de Grecia, es decir, los activos que tienen en sus balances los bancos europeos que han estado financiando durante todos estos años al país heleno, en la creencia de que los socios de la UE custodiaban la calidad de sus inversiones en Grecia. Ya se ha visto que no ha sido así. Y ahora se contempla con horror que una nueva vuelta de tuerca puede aparecer en escena si los griegos siguen mostrando a partir del 17 de junio su incapacidad para gobernarse y, por lo tanto, para sostener compromisos internacionales.

El áspero lenguaje que los políticos europeos están desempolvando cuando hablan de Grecia en las últimas semanas parece cada vez más grotesco y crece la convicción de que Grecia y sus dirigentes pueden seguir haciendo lo que les dé la gana que Europa seguirá poniendo el dinero y sufragando la fiesta. Ninguna medida procedente de Bruselas, ninguna admonición obra de dirigentes alemanes o franceses, han servido hasta ahora para meter al país en la vereda de la sensatez. ¿Acaso hay alguna solución viable, alternativa a la de seguir pagando sus errores y mantener una paciencia infinita mientras se suceden todos los plazos? En una asociación de gente civilizada, Grecia debería haber sido expulsada hace mucho tiempo, cuando fueron evidentes sus engaños. Lejos de ello, Europa se ha metido cada vez más en el problema, de forma que la relación entre deudor y acreedor se ha invertido. Ahora es el acreedor el que está en manos del deudor. Es este el que tiene la sartén por el mango, lo que convierte casi en irresoluble el problema.

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