Nº 1465 -  17 / IV / 2014 
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OPINIÓN

Los excesos de Burton y Depp

Daniel Martín
 

Tras alcanzar la fama con Bitelchus, Batman y Eduardo Manostijeras, Tim Burton se convirtió en uno de los directores de referencia de los 90. A su indudable capacidad visual unía una gran creatividad que conseguía, una y otra vez, sorprender al espectador. Así, Ed Wood, Mars Attacks, Sleepy Hollow, Big Fish o Pesadilla antes de Navidad –que él solo produjo, no dirigió– son filmes muy diferentes entre sí que supusieron soplos de aire fresco en el apolillado mundo de Hollywood.

Pero, de repente, Burton, en lugar de reinventarse, comenzó a profundizar en sus cualidades más conocidas: una estética colorista rayana en la desmesura, las sobreactuaciones, guiones delirantes sin lógica interna y la necesidad de mostrarse genial en cada plano, superior a cualquier otro ser humano. Por eso, si algo caracteriza a El Planeta de los simios, Charlie y la fábrica de chocolate, Sweeney Todd o Alicia en el país de las maravillas es el exceso total, el homenaje a la propia personalidad del director, que ahora hace grandiosos monumentos que aburren monumentalmente.

En todo este embrollo donde se mezcla la megalomanía con el poder excesivo de los directores del siglo XXI, Burton ha encontrado el cómplice perfecto en Johnny Depp, antaño actor eficaz, ejemplo de mesura, pero que, después de recibir una nominación al Oscar por encarnar al histriónico Jack Sparrow, no ha dejado de gesticular hasta quedar reducido a una grotesca parodia de sí mismo. Elemento, por tanto, suficiente y necesario para comandar los grandilocuentes y exagerados proyectos de Tim Burton. Y así, como quien no quiere la cosa, Burton y Depp se han ciscado en, entre otros, Roald Dahl o Lewis Carroll, pues ellos son los únicos reyes del cuento.

Acaba de estrenarse Sombras tenebrosas, adaptación de una vieja serie televisiva, que cuenta cómo un vampiro del siglo XVIII reaparece en los años 70 del siglo pasado para salvar a sus descendientes de la terrorífica maldición de una malvada bruja. Argumento suficientemente exagerado para las ansias del gamberrismo marujil de Tim Burton. El vampiro, claro está, es Johnny Depp, y así nos encontramos con otra obra de desmesura visual, absurdo argumental y un protagonista haciendo de espíritu de Jack Sparrow cruzado con el sombrerero loco de la madre de Willy Wonka. Todo muy “burtoniano”; todo muy aburrido.

Curiosamente, lo mejor de la película, el elemento que la salva de ser un completo aburrimiento, es lo que escapa a las fórmulas habituales del director. Las actrices del filme –una encantadora Michelle Pfeiffer, la eficaz Helena Bonham Carter, la guapísima Bella Heathcote y Chlöe Grace Moretz, otra de estas niñas prodigio fabricadas para el triunfo que quedan muy bien en pantalla– parecen querer escapar de sus papeles, de las gilipolleces a las que obliga el guión, y se convierten en lo más refrescante del filme. Eva Green, por su parte, imita los disparatados excesos de Depp para, siendo la bruja mala, enseñarle que el histrionismo también puede ser un arte.

Sombras tenebrosas, mujeres al margen, muestra de nuevo a un Tim Burton desnortado. Agotada la vieja creatividad que le permitía reinventarse en cada película, se dedica a exagerar aquellas cualidades que le llevaron a la fama. Perfectamente apoyado por Johnny Depp, hace un cine que es malo a propósito. Nada curiosamente, todo lo que no sea Depp o la bien visible mano de Burton es lo más brillante de esta película que, en otras manos o, simplemente, con un productor de los de antaño, habría explotado todo su evidente y enorme potencial.

dmago2003@yahoo.es

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