Aunque no ponga ningún letrero sabes que entras en España por el desorden urbanístico.
Quiero decir que en Francia, te llama la atención que no haya un chalet en los alrededores de los pueblos, que no se haya dejado construir sin raciocinio, que se conserve todavía una cierta armonía entre el paisaje, la naturaleza y el alma de sus habitantes. Pero atravesamos la frontera.
Nosotros, en realidad, buscábamos la casa de mi bisabuela en Erbétegui, una casería de la que no teníamos más que una copia de la escritura en la que hablaba de caminos carretiles, vías férreas, terrenos manzanales, regata, y de la que no nos ha llegado nada más que estas palabras sobre el papel y alguna historia de esas que llevas desde que naces porque yo nací al poco de morir mi bisabuela.
Mi madre, embarazada de mí, estando a más de dos mil kilómetros de distancia, en lo que fuera el Sáhara español, creyó que se moría de pena en Nochebuena y cuando vino el médico pensando que se pondría de parto, todo lo que acertaba a decir mi madre es que no sabía por qué no podía dejar de llorar. Al cabo de dos días llegó un cable diciendo que la bisabuela había fallecido en Nochebuena. ¿He contado esto ya? Puede que sí porque yo llevo su nombre por delante del que uso cada día, y también las cosas que de ella siempre me contaron como que, al casar en Erbétegui, se cortaron para adornar todas las ramas de los manzanos florecidos por lo que ese año no se recolectó ni una manzana.
Tras sortear los puentes de la autopista, alcanzamos la casería donde hoy viven trece familias. Una de las dueñas, nos atendió con toda amabilidad y así supimos que la regata que pasa por allí cerca inunda el bajo todos los años y que se trata de un afluente del Urumea donde navegaban las barcas tiradas por caballos desde la orilla. No era difícil imaginar lo hermoso que fue todo esto y más aún subiendo a Santiagomendi desde donde se divisan las montañas y el mar y hay en sus laderas unos bosques de avellanos que dan una de las luces más hermosas que yo haya visto jamás entre las hojas.
Luego fuimos a Ibarra, que fuera donde naciera mi bisabuela, y yo pensando que vería un pueblecito vasco pero me encontré tal entramado de edificios, de ruido y de ríos ahogados por paseos de piedra que sólo acerté a llevarme un par de frascos de guindillas donde podría encerrar las lágrimas por ver que aquí nada es como era, o como tenía que haber seguido siendo para que yo lo viera.
Se tiene lo que se siembra, y ahora habría que decir que tenemos lo que construimos, algo parecido a un castillo de naipes que hoy se derrumba.
Nos quedarán las palabras: “piso con videoportero”, “superlujo”, “jacuzzi”, “alta gama”.
También ellas fueron antes más hermosas: camino carretil, terreno manzanal, regata…

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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