Nº 1138 -  25 / V / 2013 
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OPINIÓN

El aforismo que cambió el destino de la Humanidad

Javier Pérez Pellón
 

Personalmente estoy convencido que el origen de la mayoría de las cosas de las que tenemos conocimiento y que son las que nos acompañan en la vida darían, a través de nuestra entera existencia, proceden de un atento estudio de las enseñanzas que plantea la “Mitología”, en primer lugar la griega, después su hija natural la latina y más tarde la hebrea.

Así, por ejemplo, sabemos, por la historia de la mitología, que la Diosa Moneta habitaba en lo alto del “Caput Mundi” , “El Campidoglio”, “El Capitolio” romano. Y que era, precisamente allí donde se acuñaba el dinero de libre circulación por todo el extenso territorio del Imperio. Sería muy fácil deducir que el posterior nombre de “moneta”, en español “moneda”, tiene su origen en el nombre de la mitológica divinidad que, allí, un día, habitara, en lo alto de la romana colina capitolina.

Robert Graves, el afortunado escritor británico, descubrió su paraíso, en la isla de Mallorca, en 1929, abandonado su cátedra en la Universidad de Oxford, aunque volviera, por brevísimos períodos, de dos o tres días, a su alma mater oxfordiana. En la localidad mallorquina de Deià, donde escribiría la casi totalidad de su obra, descubrió la sede ideal de paz y serenidad, arropado por luz reconfortante del cielo mediterráneo, para su oficio de poeta y escritor polifacético. Durante unos cuantos años que veraneé en Mallorca, allí a mediados de los años sesenta, visité, unas cuantas veces, a aquel gigante de casi, sino más, dos metros de altura, de nariz aplastada, a causa de una herida sufrida durante el curso de la Primera Guerra Mundial, que, a mí, me recordaba al italiano Primo Carnera, el ex campeón mundial de los pesos pesados.

Deseaba conocer a aquel autor que me había fascinado con la lectura de sus “Mitos griegos” y “Los mitos hebreos”, introduciéndome en los senderos de mundos desconocidos, y de la saga, histórico literaria del “Yo Claudio” y “Claudio el dios y esposa Mesalina” que, en una serie para la Tv, interpretaría, con su habitual maestría, el actor británico Charles Laughton. Libros que leí, en apenas dos exhaustivas jornadas y que, después, he releído no sé cuántas veces más.

Tengo un recuerdo imborrable de aquellas jornadas veraniegas en la casa mallorquina de Robert Graves. Yo preguntándole mil cosas, que, antes de mí, seguramente, le habían repetido otro millar de veces. La amplia casa de Deià era una continua peregrinación de sus conciudadanos ingleses, veraneantes en la Isla de Mallorca, que deseaban visitar, por unos minutos, a tan ilustre compatriota cuyos escritos tenían millones de lectores en el mundo entero. Españoles, excepto el que esto escribe, no ví nunca a nadie. Aunque, por supuesto, no lo excluyo y renuncio a la exclusividad de estas experiencias. Sólo quiero constatar, que siempre me acogió con exquisita amabilidad y cortesía, con ese su perfecto castellano envuelto en el celofán de un refinado acento oxfordiano.

Debo decir que la lectura, años más tarde, de sus memorias “Adiós a todo” es la que más amargamente me ha impresionado de toda su vasta obra, de la que creo conocer, sino toda, sí la mayoría. Las memorias son un desgarrador relato de sus experiencias en las trincheras francesas durante la Primera Guerra Mundial, exento de lirismo, a no ser que se llame lirismo al supremo sacrificio y degrado de la condición humana, en medio del lodo contaminado por el orín y la sangre de los camaradas muertos y el aire irrespirable por los efectos de los gases asfixiantes.

Yo recomendaría la lectura de muchos de sus libros, a parte de los ya citados, casi todos ellos, creo, traducidos en un impecable castellano. Señalaría, no obstante, “El Conde Belisario”, “La hija de Homero” y “Jesús Rey”, dramático y original relato de la vida del Nazareno y de la tragedia del Calvario. Que iguala, sino supera, “La vida de Jesús” del filósofo alemán Hegel.

Hoy la casa de mallorquina de Robert Graves, fallecido en 1985, se ha convertido en un museo repleto de recuerdos y de objetos que reviven a una las máximas luminarias, poética histórica literaria con las que nos han obsequiado las letras del siglo XX.

La casa de Robert Graves coincide, en una poética casualidad, con estar muy cerca de la Cartuja de Valdemosa, donde la escritora francesa, George Sand, pasó “Un invierno en Mallorca”, conmovedor diario de su paso por la isla, acompañada de dos de sus hijos, desde finales de 1838 hasta febrero de 1839. Allí cuidó, amorosamente de su amante, el compositor polaco Fryderyk Chopin, casi ya en los últimos días de su existencia a causa de una grave afección tuberculosa que le llevaría, en brevísimo tiempo a la tumba.

Existe, en la actualidad que, a su modo, ha seguido los pasos de Robert Graves. Se trata de un ingeniero electrónico, con un puesto de relevancia en la IBM que abandonó, de un día para otro, hace más de treinta años, para dedicarse a filosofía, a la divulgación de sus principios esenciales, así como a explicar, con un gran toque de humor, típicamente napolitano, y al alcance de cualquier lector, la intrigante aventura de la “mitología greco latina”. Se llama Luciano De Crescenzo, nacido el 18 de agosto de 1928 y cuyo primer libro, “Così parló Bellavista” (“Así, habló Bellavista”) alcanzó la tirada de 600.000 copias vendidas en todo el mundo y se tradujo hasta en el Japón y creo que, también, en España.

Ha publicado veinticinco libros de los cuales ha vendido diez y ocho millones de copias en el mundo entero, siete millones de ellas sólo en Italia. Su poliédrica actividad le ha llevado a ser intérprete y director de largometrajes cinematográficos y series televisivas.

En un divertido escrito, de hace unos años, De Crescenzo afirma, para empezar, que los Sabios de Grecia no fueron siete, sino veintidós. Esta confusión no debe maravillarnos: si los sabios de los que hablan los textos clásicos son tan numerosos es por culpa de los historiadores de la filosofía que nunca consiguieron ponerse de acuerdo sobre sus nombres o lo fueron sólo para los cuatro primeros de ellos, esto es para Thales, Pitacco, Biante y Solón.

La característica de todos ellos era la ser gente de pocas palabras: lacónicas, como se suele decir. “Sabiendo, calla”, de Solón. El “Odia el hablar deprisa”, de Biante. “Se ávido de escuchar y no de hablar”, de Cleóbulo. “Tu lengua no debe correr antes del pensamiento”, de Kilón, nos dan idea de cómo en aquellos tiempos la sabiduría anduviera al mismo paso que la parsimonia en el hablar. Por esta su capacidad de síntesis los Sabios griegos pueden ser considerados como los inventores de los proverbios. Algunas de sus máximas están aún en circulación en nuestra vida diaria, como el de “escoge mujer entre tus iguales” que en Italia subsiste aún con “Moglie e buoi, dei paesi tuoi” (“La mujer y el buey de tu pueblo”) o el “Trata con las personas que te convengan”.

Gracias a las máximas, esto es, a los proverbios, la fama de los Siete Sabios corría de ciudad en ciudad, tanto en Atenas como en Esparta y, a pesar de la ausencia del mass media, no había nadie, en el mundo griego, que no conociera vida, muerte y milagros de Thales y demás camaradas de sabiduría.

¿Qué papel desarrollaron estos hombres en la sociedad de aquella época? Para contestar a esta pregunta De Crescenzo propone un relato demasiado divertido e instructivo como para andar, ahora, a controlar su autenticidad. “Parece que un día los siete líderes de la sabiduría decidieron hacer una excursión y se dieron cita en Delfos, la sede del oráculo de Apolo y que una vez llegados a este punto de encuentro fueron recibidos, con todos los honores, por el más viejo de todos los sacerdotes del templo. Éste, al ver reunidos la flor y nata de la sabiduría griega, aprovechó la ocasión para pedir, a cada uno de ellos, esculpir una máxima sobre los muros dl templo. El primero en aceptar la invitación fue Kilón de Esparta que esgrimiendo un pequeño cincel esculpió su famosa máxima: “Conócete ti mismo”. Uno a uno todos los otros le imitaron. Cleóbulo y Periandro esculpieron sus famosos proverbios, “Óptima es la medida” y “La cosa más bella del mundo es la tranquilidad”. Solón, en señal de su proverbial modestia esculpió, en un rincón un tanto oscuro, “Aprende a obedecer y aprenderás a mandar”. Pitacco, excéntrico como siempre, se arrodilló y esculpió sobre el pavimento su un tanto incomprensible “Restituye el depósito”.

Sólo faltaba Biante que se excusó que aquel día no tenía nada que decir, pero, ante la insistencia de sus compañeros, esgrimió el cincel y dejó grabada la invectiva más deletérea contra la humanidad jamás escrita a lo largo de la historia de la filosofía: “La mayor parte de los hombres son malvados”. Leyéndola deprisa parecería un frasecilla cualquiera. Y, sin embargo, es el veredicto más dramático expresado por la filosofía griega. Es como una bomba capaza de destruir cualquier ideología. Sería como entrar en un supermercado y coger, de una pirámide de latas de mermelada, una confección de la base: se derrumbará todo. Se viene abajo el principio de la democracia, el sufragio universal, el marxismo que se convertirá en una ideología feroz y sanguinaria, el cristianismo que acabará, como el Vulcano goyesco, devorando a sus propios hijos, con sus horrendas cazas de brujas, su implacable Inquisición, sus “Autos de Fe”…la templanza del budismo, cuya última degeneración han sido los “jemeres rojos”, la sabiduría del confucionismo del cual es directa heredera la tortura china, la regresión del Islam y el nacimiento extremista, irracional y maniqueo del terrorismo internacional. Y cualquier otra doctrina basada en el amor hacia el prójimo.

Pierde Russeau y gana la partida Thomas Hobbes con su slogan “Homo, homini lupus” (“El hombre lobo del hombre”). Sé que nuestro noble corazón rechaza el aceptar el pesimismo de Biante, aunque después admitamos que de razón le sobraba a aquel viejo loco. Quien haya frecuentado alguna ve un estadio de fútbol se habrá dado cuenta de lo que significa el verdadero rostro de la multitud. No es casualidad que en la antigua Roma, el gladiador derrotado esperaba, sólo, en la gracia del emperador, jamás en la espectador. Para el cual el veredicto justo era sólo el del pulgar hacia abajo. El “cives romanus” iba al Coliseo, acompañado de su familia, con la precisa finalidad de ver matar cuantos más hombres mejor. Con las debidas proporciones, es cierto que todas estas últimas consideraciones están, aún, de ardiente actualidad.

No creo que existan razones como para sospechar del hecho de que el hombre sea el animal más cruel de la creación. La única esperanza nos la proporciona Bergson cuando dice que la humanidad, lenta pero inexorablemente, llegará a ser, siempre, más bondadosa. Y fija la fecha del retorno a los paraísos perdidos del Edén bíblico ¡!en el año 3.000!! que nos deja, no sólo a nosotros, sino a los nietos de los nietos de nuestros nietos…un poco a desmano, sin descartar que hasta entonces una gran explosión nuclear o la caída de un gigantesco meteorito devuelva a las galaxias al planeta Tierra en forma de aquella inmensa bola de fuego que fuera en el principio de los tiempos.

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