Nº 1132 -  19 / V / 2013 
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OPINIÓN

Argelia, excepción norteafricana

José Javaloyes
 

Las elecciones argelinas, ganadas por el Frente de Liberación Nacional (FLN) con una ventaja del 47,6 por ciento, rayana en la mayoría absoluta, han definido una excepción nítida y clara dentro de cuanto ha sido, desde la revolución tunecina, el acontecer político en el norte de África. Un proceso globalmente definido por la consolidación de la preponderancia islamista como el destacado primer beneficiario de la llamada “primavera árabe”. Nadie hubiera dicho cuando esa revuelta comenzó en lo que fue la antigua Cartago, llevando en las velas el viento de la modernización política, que todo desembocaría en el gran retorno al más profundo arcaísmo ideológico por toda esa crítica franja de una geografía africana y occidental.

El régimen nacionalista argelino, vertebrado sobre el partido que logró la independencia nacional frente a la metrópoli francesa, ha prevalecido frente a los empellones islamistas de todo género. Primero, con el recurso al Ejército en 1992, para un golpe de Estado subsiguiente a las elecciones ganadas por el Frente Islámico de Salvación (FIS), y luego con el desalojo de esa fuerza político-religiosa, al cabo de una muy sangrienta guerra civil en la que perdieron la vida más de 200.000 argelinos. En los dos últimos comicios se han registrado dos derrotas sucesivas de esa misma fuerza.

Pero ha sido sin embargo la apertura del Gobierno de Argel a las demandas de los manifestantes, especialmente las de tipo económico; demandas y exigencias con las que quisieron ponerle cerco, como en el resto de los países norteafricanos, durante el año pasado frente a los suyos respectivos, lo que ha determinado que el retroceso electoral de los islamistas fuera aun más significativo que en la anterior consulta. Tanto que los principales derrotados, han pretendido atribuirlo a manipulación de las urnas. La causa del retroceso islamista, sin embargo, no ha sido otra que la derivación y reparto entre las masas populares de una cantidad significativa de los cuantiosos ingresos estatales obtenidos con las exportaciones de hidrocarburos.

No quiere ello decir que la derrota islamista en Argelia haya venido a significar un premio a la ejemplaridad moral de su actual Gobierno y de su régimen nacionalista, inoculado de gérmenes totalitarios resultantes del ADN pro-soviético de quienes lo fundaron en el contexto histórico de la Guerra Fría.

Un tiempo en el que Moscú asentaba su V Flota en el Mediterráneo y hacía algo más que especular con la apertura por argelina de una ventana frente a las Canarias – y en las Canarias mismas – mediante la descolonización del que entonces era el Sahara español y con el lanzamiento por el abogado Antonio Cubillo Ferrería y su MPAIAC de un proyecto separatista para el archipiélago, alentado desde la radio argelina del dictador Huari Bumedian e instrumentado por una estrategia de terrorismo, en cuyo haber hubo de anotarse el inducido accidente en el aeropuerto tinerfeños de Los Rodeos, con una colisión de aviones de pasaje en el que perdieron la vida 583 viajeros.

Es oportuno también recordar ahora que fueron las gravísimas torpezas argelinas de entonces, haciéndole el juego al expansionismo soviético en el norte de África, lo que propició como reacción norteamericana el apoyo a las pretensiones marroquíes sobre el Sahara entonces español, descalificando al pro argelino Frente Polisario y abortando el proceso de descolonización del territorio que ya había sido iniciado por España. El peso de la Historia, tanto para lo bueno como para la contrario, aconseja siempre prestar atención suficiente a lo que pasa en Argelia. Bastante más que en el restante norte de África.

Sólo faltaba que después de su peripecia soviética, Argelia nos hubiere venido a ofrecer ahora un discurso político islamista conjuntamente con el de Marruecos, al cabo del ciclo de cambios habido en la vasta y profunda cornisa africana. Está muy bien que en el vecino país haya prevalecido la estabilidad política mediante una evolución pacífica hacia la democracia. Es decir, siendo la excepción dentro de un proceso general norteafricano que, pasando por la guerra civil en Libia, ha desembocado en el caos sirio y en el camino islamista.

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