Nº 1549 -  10 / VII / 2014 
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OPINIÓN

El sinvivir de las apariencias

Daniel Martín
 

“La España del siglo XX ha buscado el lugar exacto que le correspondía en el concierto de las naciones. El hecho de que no lo haya encontrado, que haya sacrificado tantas fuerzas estériles, no debe hacer desesperar del futuro que su pueblo merece, y que, en cierta media, le está prometido por la situación estratégica privilegiada que ocupa en el mundo. Tal vez la experiencia de los últimos tiempos haya mostrado a todos los españoles que el divorcio surgido en 1808 entre tradición y progreso, unidad y diversidad, ortodoxia y disidencia, es algo superado: que, partiendo de la más simple normalidad, es posible reconstituir las bases económicas y pedagógicas que asegurarán una era de vastas realizaciones sociales y culturales”.

Así concluye el espléndido ensayo “España contemporánea (1814-1953)” que, en esa última fecha, escribió Jaume Vicens Vives. Salvo por el optimismo latente, se podría haber escrito hoy mismo. España continúa inmersa en empresas estériles que impiden que alcance en el mundo una posición más lógica con su potencial, algo que ahora tan solo ocurre con las apariencias.

La semana pasada se celebró en Munich un torneo 250 de la ATP. Mientras los tenistas jugaban, un flamante BMW, destinado al vencedor, presidía la competición. Esta semana, en Madrid, se celebra un torneo Master1000 mientras el Gobierno se ve obligado a nacionalizar la cuarta entidad financiera del país. No solo eso. En Barcelona se celebra un torneo 500. Y hemos colocado a cinco equipos en las semifinales de las competiciones de la UEFA aunque nuestra liga profesional de fútbol sea la más endeudada de Europa.

Aparentemente, todo parece ir a las mil maravillas. Pero la realidad, en cifras, datos y evidencias, es bien diferente.

Tenemos más facultades y universitarios que nadie. Pero apenas hay dinero para costear tanto campus y nuestros títulos carecen de prestigio. Incluso, como si fuésemos un país caribeño, los últimos ajustes hacen menudear las huelgas estudiantiles y de profesores como si eso no perjudicase, sobre todo, a los propios huelguistas. Nadie se preocupa de que, siempre que se hace alguna encuesta, caigamos constantemente en el ridículo en cuanto a los resultados de la incultura general que impera en el ambiente. Algo que cumple con la lógica de un país que, como dice Vicens Vives, “de todas las grandes naciones surgidas del Renacimiento, España es la única que se preguntó si existía”.

En algún momento del partido nos daremos cuenta de que, mientras barremos en fútbol, tenemos a Nadal, celebramos a los Gasol y nos asombramos antes las hazañas de Fernando Alonso, ya ni siquiera somos capaces de crear intelectuales de la talla del historiador catalán, de Unamuno, Marañón, Ortega, Madariaga, etc. Apenas podemos pagar las cuentas públicas, pero continuamos permitiéndonos tres o cuatro aparatos administrativos donde sólo debería existir uno.

Vicens Vives, al hablar del catalanismo de principios del siglo XX, escribe que “reflejó esencialmente un profundo deseo de salvar a Cataluña –y, a través de ella, a España– del desastre al que la conducían, en su conjunto, la parodia gubernamental, la ineficacia administrativa, el desorden económico, la incompetencia de la ciencia oficial, la mediocridad libresca de los políticos, de los escritores y de los pensadores”. Salvo el intento de salvar a España, lo demás continúa, cien años después, describiendo a la perfección lo que es este país, tan amante de las apariencias aunque aún no se haya comenzado a construir los cimientos.

dmago2003@yahoo.es

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