Nº 1663 -  1 / XI / 2014 
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Retablos financieros

Bankia, banco público, gestión privada

Primo González
 

La parsimonia y la cachaza con la que el Gobierno, fiel al estilo de su primer mandatario, se está tomando los asuntos relacionados con la crisis financiera y en particular con la quebrada salud del cuarto más importante entre sus componentes, Bankia, está pasando a palabras mayores. La prima de riesgo se ha disparado por encima de los 450 puntos básicos y los tipos a largo se han asentado por encima del 6%, niveles que no son propios de una economía bien gestionada. La conducción de la economía tiene cuyo máximo responsable desde el primer momento el propio Rajoy y mientras no se diga lo contrario él es el máximo responsable del desaguisado que se está cocinando, que ni Zapatero en sus mejores tiempos logró superar.

Así lo manifestó él mismo al explicar las razones por las que no había un vicepresidente económico, hecho insólito en la reciente historia española, que desde Fuentes Quintana hasta nuestros días, y apenas sin interrupción, ha contado con una cabeza visible de la economía, por lo general gente técnicamente muy competente (ha habido alguna excepción), quizás para descargar al líder del Ejecutivo de la pesada tarea que implica torear un asunto complejo, cargado de matices, que requiere una cierta especialización (no es asunto de “dos tardes”, como diría un ínclito colaborador de Zapatero, que pronto se quitó de en medio) pero en el que se juegan bazas de importancia esencial en la supervivencia del partido gobernante y desde luego en el bienestar ciudadano. Rajoy está decididamente ausente de la economía y tiene además un pulso en su proceder que está facilitando sobremanera las cosas a los mercados, en especial a los elementos más peligrosos y especulativos.

Decimos en España eso de que más vale ponerse una vez colorado que ciento amarillo. La historia de la gestión económica de Rajoy en los cuatro meses recién transcurridos le sienta como un guante a este dicho. Dejando de lado el asunto de las patentes contradicciones entre lo prometido y lo realizado (se le puede perdonar a un líder que acierte en sus decisiones si estas desdicen su ideario o lo prometido en los panfletos de las campañas electorales), está claro que este Gobierno está yendo grotescamente por detrás de los acontecimientos en lo que a las cuestiones económicas se refiere.

Y mucho más, bastante más, en lo que atañe al sector financiero. Y en especial en lo que toca a la solución de Bankia, una entidad que ahora está en la pelea por la nacionalización cuando es el banco español con mayor densidad y proporción de cargos públicos o representantes de las instancias públicas en sus órganos de dirección. Más aún, se trata de representantes que cubren todo el amplio arco parlamentario e ideológico de la vida pública española. ¿A qué nacionalizar una cosa tan estatalizada como Bankia, a la que le salen los políticos por las orejas y los funcionarios y sindicalistas por todas las costuras? No deja de resultar grotesco que una entidad financiera tan densamente infiltrada por funcionarios y políticos tenga que acabar siendo saneada con dinero público y, para hacer eficiente la operación y garantizarse el buen fin del dinero utilizado, se encomiende la tarea a un gestor privado quien al parecer ha tenido el buen gusto de pedir a los representantes de los diversos estamentos públicos que se vayan a su casa y le dejen trabajar tranquilo. ¿Qué hacían todos estos aficionados a banqueros en sus puestos de la caja, con los salarios que han estado percibiendo?

El asunto del dinero público en la banca es todo un ejercicio de esgrima, cinismo y, finalmente, rectificación. Naturalmente que habrá dinero para la banca, dinero público se entiende. El dinero público para sanear al sector financiero es esencial, bien medido y oportunamente administrado, para mantener la estabilidad de la economía y para garantizar el pago futuro de la sanidad y la educación (a pesar de que Rubalcaba haga con estas cuestiones demagogia impropia de una persona intelectualmente solvente, cosa que empieza uno a dudar de algunos de nuestros políticos de primer nivel de responsabilidad), entre otros menesteres. Y es, además, un empleo cargado de legitimidad no sólo por la autoridad democrática de quienes lo deciden, sino porque es uno de los pocos dineros públicos que suelen retornar a las arcas del Estado previo pago de intereses, que además suelen ser bastante elevados.

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