Europa mece su identidad en la crisis, situada frente a la encrucijada de un liderazgo, el “Merkozy”, que hoy recibe un no a su continuidad por los electores franceses dispuestos a cambiar a Sarkozy por Hollande en medio de lo que se califica como “el peor escenario de Francia en los últimos 30 años.” El cambio de rumbo se simplifica en la dicotomía austeridad- reactivación y se le aporta dosis de ideología cuando se traduce los términos en neoliberalismo- socialdemocracia y se afirma, así lo hace la izquierda y los sindicatos en nuestro país, que lo se pretende es un cambio de modelo, enterrar el Estado del bienestar (“welfare state”) y procurar una transferencia de rentas: desde las rentas de los trabajadores a las rentas empresariales, bajo la excusa de la competitividad. Este último análisis parte también de la tesis de que la crisis tiene su origen en los tiburones financieros de Wall Street, los iconos del capitalismo, que con su codicia han provocado una auténtica tormenta que ha puesto en riesgo la economía de los Estados, el “european way of life”, y en definitiva el bienestar de los ciudadanos.
Todo este discurso, debidamente novelado, es el remedio adecuado para auto exculparse, redimirse y reclamar la política frente a la economía, aunque los números reflejen que los dirigentes de los últimos 4 años se olvidaron de mirar los instrumentos de navegación mientras animaban a cantar a la tripulación. El problema de la política europea está en su debilidad estructural, engarzada mediante la política monetaria común, pero con avances muy lentos en la construcción de un espacio económico, fiscal y jurídico que no se limite a levantar barreras de restricción a la competitividad, sino que sea capaz de adoptar decisiones colectivas en un mundo global que cambia muy rápidamente y no espera a que los eurócratas adopten un reglamento, una recomendación o una directiva.
La fortaleza del euro, difícilmente explicable en unos tiempos en los que se ha puesto en duda su supervivencia, el esfuerzo de la ampliación a los 27, con una doble velocidad real y efectiva entre la eurozona y el resto de los países, la arquitectura para la toma de decisiones centrada en los Jefes de Gobierno que deja al Colegio de Comisarios como un coro de administradores sin papel relevante – el Parlamento europeo no ha jugado ni siquiera un papel secundario en el análisis y propuestas frente a la crisis- la ausencia de un política exterior común que no existe ni en los conflictos internacionales más relevantes ni en la defensa de la política de inversión en terceros países ni en la política de emigración, forma un mosaico en el que falta un guión, una narrativa que amalgame a sus ciudadanos como cuenta la crónica de Berna G. Harbour en El País de este domingo.
Europa, los europeos, no reconocemos el cambio tan profundo que se ha producido en el mundo que ha desplazado su centro de gravedad y ha perdido su posición dominante en el reequilibrio de centros de decisión. Quieren, queremos, mantener un sistema construido desde la II Guerra Mundial que dió un salto cualitativo en la reconstrucción con el Mercado Común, la faz económica, y la alianza Atlantica con EEUU, como escudo protector frente a la amenaza de la Unión Soviética y que, decididamente, maduró con la UE y abordó su ampliación a los países del Este europeo. Pero, hoy en medio de una crisis sin precedentes, cruje la narrativa europea, sin liderazgos, inmersa en la incertidumbre y en la duda de su propia historia recorrida.
Los franceses sustituyen a Sarkozy por Hollande, con una victoria más ajustada de lo que vaticinaban las encuestas, con unas próximas legislativas que podrían reponer la cohabitación si se mantiene el crecimiento del Frente Nacional. En Grecia, la fragmentación electoral, presenta un calidoscopio político de difícil gobernabilidad.
La vía de Hollande, “Monsieur normal”, frente a la crisis puede ser una corrección de la política alemana o una incertidumbre más en la economía europea. ¿Hay realmente una segunda vía para la crisis sin reconocer que tenemos que reformar nuestro modelo europeo y que padecemos la devaluación de Europa?¿Hay realmente un dossier de medidas que conformen un pacto por el crecimiento en algún cajón de los eurocratas? Sin ningún atisbo de nuevos pasos en la construcción europea, con una vuelta a la reafirmación nacional, con evidentes signos de proteccionismo, Europa se sale del guión de la unidad y cada país buscará una salida propia a la crisis.
En España, algunos vaticinan que la victoria de Hollande será capaz de provocar un cambio estatutario en el BCE que permita le emisión de eurobonos y estabilice los mercados de deuda, una respuesta que parece todavía muy lejana dada la discrepancia alemana a solidarizar las políticas de exceso de los países meridionales y al efecto devaluatorio para los países sanos económicamente. La divergencia entre los países se reflejan en el escaso éxito de la toma de deuda española por inversores extranjeros.
La incertidumbre se adueña de la política y de la economía. El 2012 seguirá siendo el año que vivimos peligrosamente. La crisis devora todo lo que encuentra en su camino.

Pablo Sebastián
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
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José Javaloyes
Juan Chicharro
Juan Fco. Martín Seco
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Fernando Fernández Román
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