Dando por buenos los resultados de los últimos/primeros sondeos antes de que se cerran los colegios electorales francesas, creo de añadido interés a ello mismo, la crónica previa sobre las expectativas y valoraciones sobre el fondo del suceso, que abre inflexiones en el gran debate político sobre la crisis económica que atenaza a la Unión Europea, más a unos que a otros, y que adelanta cambios ciertos en el discurso de Alemania sobre los que es ya el problema de los problemas para la UE. Y con ello, una mirada de obligado cumplimiento sobre las propuestas – desde la derecha de Samaras – que han prevalecido en los votantes griegos, potencialmente comprometedoras para los ajustes exigidos por la Unión en el segundo rescate del país.
Cuando en la tarde de este domingo, a sólo tres horas del cierre de las urnas electorales francesas, la participación se elevaba a casi el 72 por ciento de los votantes – mientras al mediodía se quedaba aun en un porcentaje del 30,6 – y ello era un dato que se solapaba con la inflexión a la baja de la distancia con que Hollande aventajaba al candidato presidente, medraba la incertidumbre sobre el desenlace final en la áspera segunda vuelta de los comicios presidenciales franceses.
¿Cuánto de desplazamiento de votos llevaba sobre sí la llegada de la marejada participativa, desde el Frente Nacional hacia Sarkozy y desde el centrismo estricto hacia el candidato socialista? En esa pleamar de la media tarde, la especulación sobre los desenlaces hacía surfismo a lo grande. Cabía de todo entre las hipótesis que cundían en ese espacio crítico del desenlace electoral: el peso de la intención no aflorada en las encuestas de semanas y días antes, eso que cabría llamar “efecto Andalucía” y que segó en flor, para beneficio del PSOE y de la otra izquierda coordinada por el PC, la cantada mayoría absoluta del Partido Popular; el trasvase hacia el centroderecha sarkozyano desde la derecha dura del Frente Nacional y, en sentido contrario, la migración de votos desde el centrismo estricto de hacia el centroizquierda de Hollande, destino residual, por otra parte, de los más de los sufragios que tenía a su babor quien representaba el cambio poco menos que en nombre de la socialdemocracia europea?
Allá en el fondo del horizonte electoral francés cabía intuir un segundo debate, de naturaleza ideológica y política, que venía a contrastar con el gran asunto en que se ve comprometida tanto la Eurozona como el entero destino de la Unión Europea. Es decir, la dogmática del equilibrio fiscal, indispensable para la estabilidad, y la urgencia de asegurarla por el otro lado mediante dosis terapéuticas de crecimiento, para cortarle el paso a la depresión que se siente llegar reptando desde la recesión.
Ese segundo debate, ideológico y político, tiene según percepciones de sociólogos y moralistas, y aun de teólogos de la política, anclajes en modelos y paradigmas que la profundidad de la crisis económica ha hecho aflorar con todas sus exigencias, aristas y rigores. La primera de todas, posiblemente, la evidencia de que, nacionalmente, no sólo hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades económicas sino también más allá de los límites propios de nuestra contextura e identidad cultural, tanto en lo que toca a nuestras opciones individuales como en nuestras manifestaciones y compromisos colectivos. Y menos desde actitudes conscientes como desde manifestaciones variablemente inconscientes.
Cuando lo sostenidamente radical de esta crisis económica convierte nuestro tiempo europeo en espacio de tan abiertas batientes, sucesos como el de las elecciones francesas resueltas a favor de la izquierda, por su instalación axial en la realidad europea, rebasan sus límites nacionales y llevan el radio de su interés a los 27 polos de soberanía incardinados en el compromiso sobre el que reposa la Unión Europea.
La Cumbre Europea de Junio se cruza como escenario de amortiguación de los efectos (¿traumáticos?) en el eje franco-alemán de la victoria de Hollande. Acaso sea pronto todavía para decir que la rigidez de Berlín en su discurso de la estabilidad tiene sus días contados y que en consecuencia, las terapias del crecimiento, reclamadas ya al margen de la propia Francia, tengan curso a muy corto plazo, encabezadas por la propia Comisión Europea. Pero quizá no sea apresurado decir que en Europa, con el cambio en el Elíseo, ha cambiado también el viento.