Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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OPINIÓN

El poder desgasta a quien no lo tiene

Javier Pérez Pellón
 

Citando a Talleyrand  “El poder desgasta a quien no lo tiene” es la frase que con mayor acierto define a Giulio Andreotti, el “Divo Giulio”,  como alguien le calificó para subrayar la “sacralidad” de la política italiana, aludiendo al   título con el que el pueblo aclamaba al emperador Giulio Cesare (Julio César) y con el que me une una particular amistad desde que le hiciera la primera entrevista, – después ha seguido una larga lista de ellas – , allá por el 1975 siendo, entonces, ministro del Tesoro.

Siete veces presidente del Consejo de Ministros, la primera en 1972 y la última desde el 12 de abril de 1991 hasta el 28 de junio de 1992, ocho veces ministro de Defensa, cinco ministro de Asuntos Exteriores, tres de Participaciones Estatales, dos de Finanzas y dos del Tesoro, Giulio Andreotti, está presente en la política italiana desde 1945 en las asambleas legislativas  de la Consulta Nacional, cuando Italia, potencia del “Eje” había sido derrotada en la Segunda Guerra Mundial, – en 1943 el Mariscal Badoglio había firmado un armisticio con los ejércitos aliados y era todavía un Reino. Entra, por primera vez, en el Parlamento en 1948, después de que los votos de un referéndum popular, de 1947, inclinaron el resultado de las urnas, con un margen de 700.000 papeletas, a favor de la República y con el consiguiente derrocamiento de la dinastía de la Casa de Saboya, obligando a sus principales miembros al exilio de por vida; algo que, al final, después de muchos años, no llegó a cumplirse.

Giulio Andreotti ha conservado su estrado en la Cámara de Diputados hasta el 1991 y, desde entonces es senador vitalicio en la cámara alta del Parlamento italiano.

Su experiencia política le ha llevado a ser intermediario entre los Estados Unidos y la ex_Unión Soviética en momentos delicados entre ambas potencias, preconizando con mucha antelación la importancia que cobraría China en el concierto de las naciones, sobre todo en el económico.

Logró convencer a Pío XII, allí donde habían fallado su Secretario de Estado y futuro papa Pablo VI  y Aldo Moro, para no admitir en una coalición política a miembros del antiguo partido fascista.

Católico practicante, no falta ni solo un día a la celebración de la misa, entre las seis y media y siete de la mañana, en una iglesia, a la que acude a pie, muy cerca de su domicilio en la céntrica calle del Corso de Vittorio Emanuele, punto equidistante entre el poder espiritual el Vaticano y el poder “laico” del Parlamento. La segunda cita, de sus tempraneras mañas es con el barbero que le repasa la barba con la clásica navaja “a la antigua” y de ahí, con la escolta de dos policías,  que conozco desde hace treinta años y que siempre que con ellos me cruzo me saludan amablemente, al despacho que ocupa en la sede del Senado de la República.

Muy joven fue secretario de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana) cuyo presidente era Aldo Moro y el asistente eclesiástico Giovanni Battista Montini, Sustituto en la Secretaría de Estado del Vaticano, número tres en la jerarquía de la Santa Sede y futuro papa Pablo VI,  siendo, por entonces, Pontífice Romano Pío XII.

Durante los dramáticos días del secuestro de Aldo Moro, en 1978, Andreotti, que presidía el gobierno de Italia, extraía, de la manga de su ingenio, una operación política que sólo podría suceder en la patria que viera nacer a los grandes ingenios del Renacimiento, desde Maquiavelo, del que alguien le indicado como su reencarnación, hasta Guicciardini, hasta el cardenal Mazzarino, dando vida a un gobierno de “solidaridad nacional” que conseguía la  abstención del Partido Comunista de Enrico Berlinguer, no como colaboración, sino con algo mucho más difícil que se definió “la non sfiducia”, la no desconfianza; algo tan etéreo y sutil que era como decir “no te doy la confianza, pero tampoco te la quito”, pero que salvó la dificilísima situación política, al borde del colapso, aunque no pudo, por desgracia, ahorrar la vida del presidente de la Democracia Cristiana, Aldo Moro, asesinado, vilmente, por las Brigadas Rojas, esa rama, desgajada y violenta, connatural con las esencias del comunismo internacionalista.

Un día le pregunté, sin preámbulo alguno, y ante las sospechas de las que se hacía eco algún medio informativo de su pertenencia al Opus Dei, tranquila y rotundamente me contestó que no, aunque reconocía su simpatía hacia la obra de Monseñor Escrivá. Y esto porque Andreotti es un romano-católico-apostólico al estado puro. Durante la Segunda Guerra Mundial y debido a su precaria salud “ya entonces me dieron como próximo candidato para irme al más allá” pasó su tiempo en la Biblioteca Vaticana haciendo estudios históricos sobre la “Marina mercantil de la Santa Sede”. Allí conocería a Alcide De Gasperi, su mentor político, que se había acogido, como refugiado político, a la extraterritorialidad del Estado de la Ciudad del Vaticano.

De Gasperi depositó en aquel joven abogado de venticinco años “hubiera preferido ser médico, pero no quería hacer pesar más sobre mi madre, que percibía una precaria pensión el peso de toda la familia”. Indro Montanelli decía que, cuando ambos asistían a la misa, mientras que De Gasperi hablaba con Dios, Andreotti lo hacía con el cura”.

En el 2003 se le condenó por el presunto delito de “concurso externo con asociaciones mafiosas”, incluyendo  la de haber besado en la boca al padrino de la mafia siciliana. “Lo excluyo totalmente en alguien que, como mucho, habrá besado a su mujer dos o tres veces en la vida”, diría Montanelli.

Asistió, casi diariamente al juicio, sentado en el banquillo de los acusados, no sin antes saludar, con cortesía al juez que le acusaba de tan nefandos delitos. Le entrevisté en aquellos amargos días y se sentía decepcionado de que el  principal testigo presentado por el ministerio fiscal fuera Di Maggio, un mafioso “arrepentido” convicto y confeso de haber participado, personalmente, en, al menos, veinte asesinatos a sangre fría, entre ellos algún agente el orden. Salió absuelto de todos sus cargos aunque con una fórmula ambigua  en la que se afirmaba que algunos de sus presuntos delitos habían caído en prescripción. La fría tozudez de Andreotti tiene interpuesto recurso ante la Alta Corte de Cassazione (Tribunal Supremo) para obtener la plena absolución porque los hechos de los que se les acusara un día no han existido.

En Val Pustería, carretera que bordea la frontera con Austria, en el pleno de los Alpes Dolomitas, existe una desviación que conduce al encantador Lago de Braies, a 1.500 metros de altitud. Allí existe un delicioso hotel, único en todas las cercanías del lago, que fue hospedaje de los oficiales del ejército austríaco del emperador Francisco José y cuyos senderos, hacia lo alto conducen a pequeños glaciares de nieves perpetuas. Lugar donde, con mi familia,  he pasado diez o doce veranos de los treinta y cinco que resido en Italia. Giulio Andreotti, lo hacía en Merano, espléndida ciudad, de la provincia de Bolzano, en el alto Adige y hasta final de la Primera Guerra Mundial, como todo este territorio del norte de la península italiana, perteneciente al Imperio Austro-Húngaro.

En muchas ocasiones, Giulio Andreotti y su encantadora esposa Livia, han ido a almorzar al restaurante del Hotel del Lago de Braies, donde conocía a su propietario y hemos pasado juntos largas y espléndidas sobremesas donde el “Divo Giulio” siempre nos sorprendió con su ingenio, ironía y grandísima cultura.

“Me siento culpable, – decía Montanelli – , de sentir simpatía por Andreotti. Es el más divertido de todos. Me divierte su cinismo, que es un verdadero cinismo, una particular filosofía con la cual ha nacido. Es indiferente, frío y tiene hielo en la sangre. Es auténticamente culto, esto es de los que creen que la cultura ha comenzado con la sociología y ha terminado allí”.

Yo no conozco a nadie que le haya oído jamás gritar o mostrarse agitado. “Una vieja tía mía me enseñó a mirar las cosas con una cierta indiferencia”.  A Giulio Andreotti, le gusta leer novelas del llamado “género negro”, es un perdido “tifoso” de la Roma, su equipo de fútbol preferido. Es aficionado a las carreras de caballos y es capaz de pasarse enteras tardes jugando a las cartas. La actriz de cine preferida en su juventud fue la rubia americana Carol Lombard y colecciona sellos y campanillas de 1870, año de la Unidad Italiana.

Ahora yace hospitalizado en el Policlínico Gemelli de Roma. Al oír que le habían asignado la habitación número 17 que en Italia es como en España el 13, ha sonreído diciendo: “No me importa, no soy supersticioso”. Ahora parece que está fuera de peligro. Estoy seguro que, también esta vez, vencerá a la parca. En Italia no nos acostumbraríamos a la ausencia del “Divo Giulio”. Soy de los pocos privilegiados que poseen un número telefónico, al que siempre contesta personalmente, que no revelaría a nadie ni bajo amenaza de tortura. En cuanto pueda le llamaré.

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